
Tenía quince años cuando el fotógrafo Jeff Dunas la descubrió en una fiesta de Hollywood y le pidió hablar con sus padres para iniciarla como modelo publicitaria. Apenas unas semanas más tarde, Cameron Diaz tenía un contrato con una de las agencias top que construyeron a las grandes supermodelos de los 90.
Linda Evangelista, Cindy Crawford, Tyra Banks, Heidi Klum y Gisele Bündchen son sólo algunas de las diosas de la época que representaba Elite Model Management y no era casual que también se fijaran en ella: a simple vista, era la típica californiana rubia y bronceada que surfeaba en las playas de Malibú. Pero su sonrisa perfecta, sus ojos redondos y azules y su cuerpo longilíneo pero curvoso era el resultado de una mezcla tan única como salvaje: sus abuelos paternos, de ascendencia española y cubana, se habían asentado en Tampa, Florida, antes de mudarse a Los Ángeles, donde nació Emilio, su padre; su madre, Billie tenía raíces angloalemanas y cherokees.
Hasta entonces, había sido una simpática porrista del secundario politécnico de Long Beach, donde sus compañeros la llamaban Skeletor porque era “demasiado flaca y larga, pura cabeza y con una enorme hilera de dientes siempre a la vista”. Compartía el colegio con el rapero Snoop Dog, un año más grande que ella, a quien todavía recuerda haberle comprado marihuana en los recreos.
Después de firmar contrato con Elite, su vida, hasta entonces apacible y esforzada, cambió radicalmente. Nacida el 30 de agosto de 1972, había tenido una infancia feliz junto a sus padres y su hermana mayor, Chimene, aunque el dinero no sobraba. Alguna vez le contó a SBSNews que eran “lo contrario de privilegiados” y juntaban latas de gaseosa para reciclar “porque esos US$20 significaban mucho” en su casa. Sin embargo, siempre dijo que sus padres fueron geniales y que verlos trabajar duro –Emilio era capataz en una compañía petrolera y Billie vendía productos importados– le enseñó a valorar cada cosa y a ser austera, incluso muchos años más tarde, cuando se convirtió en una de las actrices mejor pagas de Hollywood.
Con una cara que parecía hecha para posar, al poco tiempo la adolescente ya era la imagen de las campañas de Calvin Klein, Levi’s y Coca-Cola. Por supuesto también pasó a ser la portada obligada de la revista que consumían todas las teens del momento: Seventeen. Por entonces, aunque soñaba con ser bióloga o veterinaria y dedicarse a la zoología, imaginaba que toda su carrera sería el modelaje. Pronto comenzó a viajar por el mundo, e incluso se instaló un tiempo por trabajo en Japón y en Australia. Como le dijo a Naomi Campbell hace unos años en el programa No filter with Naomi: “Fue la manera que encontré para salir de Long Beach. Como modelo lográs viajar, hacés plata y cosas que nunca habías pensado que ibas a vivir, vas a lugares a los que nunca imaginaste que irías… Y yo realmente le saqué el jugo a todo eso”.
Algo de aquella época, sin embargo, le trajo más tarde algunos problemas. A los 19 y aburrida de posar siempre igual para los catálogos comerciales, quiso probar algo más vanguardista y se dejó hacer unas fotos más subidas de tono para el fotógrafo John Rutter. Quince años después, en pleno éxito de su carrera como actriz, Rutter intentó chantajearla por millones para no difundir el material. Ella lo demandó y dejó claro en el estrado que si bien no estaba avergonzada por la producción, no iba a permitir la extorsión. La Justicia le dio la razón.
Fue su representante de Elite quien la alentó para que se presentara en la audición de La Máscara (1994). Tenía 21 años y ninguna experiencia previa, pero se tomó el asunto con la seriedad que había aprendido en su casa: tomó lecciones de actuación antes de presentarse al casting donde finalmente se quedó con el papel de la cantante Tina Carlyle. La película, con Jim Carrey, fue un rotundo éxito de taquilla, y Cameron se transformó inmediatamente en un nuevo tipo de sex symbol: algo ingenua, algo cercana, y de todos modos deslumbrante.
Desde entonces, ya no paró de participar en films de aceptación dispar donde pese a eso, lograba destacarse. El siguiente éxito por el que cosechó elogios de la crítica fue La Boda de mi Mejor Amigo (1997), una de las películas más románticas de las últimas décadas, donde hacía de la contrafigura de la amada Julia Roberts y brillaba con luz propia como la prometida rica y dulce decidida a conservar a su novio.
Pero su consagración definitiva llegó con su protagónico en el clásico Loco por Mary (1998), como el disputado objeto de deseo de Ben Stiller y Matt Dillon –con quien tuvo un breve romance–. La reseña de The Austin Chronicle, dijo por ejemplo entonces: “Como la Mary en el centro de la historia, Diaz realmente exuda ese ‘algo’ expresado en el título (por el original en inglés, Something about Mary). En otras películas como La Boda de mi Mejor Amigo y Vida sin reglas (1997), Diaz ya había mostrado que era una comediante versátil. Pero acá eso no sólo está claro, sino que justifica por qué todos esos hombres se arrojan a sus pies”.
Loco por Mary fue un batacazo mundial: una producción destinada a pasar sin pena ni gloria, que terminó siendo la que más recaudó en el año, además de valerle a Diaz su primera nominación a los Golden Globes como Mejor Actriz con sólo 26 años. Había llegado y, de ahí en más, siguieron los grandes títulos y los protagónicos en superproducciones. En la aclamada ¿Quieres ser John Malkovich? (1999), de Spike Jonze, probó que además podía ser mucho más que una cara –extremadamente– bonita, como una esposa desaliñada y reprimida: el pelo castaño y ondulado y una mirada oscura y apagada. Pero su papel dio que hablar sobre todo por su capacidad actoral. La chica californiana demostró así que su talento no tenía límites. La nominaron como Mejor Actriz de Reparto para el Golden Globe, el BAFTA, y los premios de la SAG.
Después volvió a romper la taquilla con un rol mucho más a tono con su imagen como una de las tres Ángeles de Charlie (2000). La película le dio muchas cosas, pero sobre todo, una amistad inquebrantable con Drew Barrymore, de cuyo casamiento sería dama de honor en 2012. A su vez, la actriz de ET fue la dama de honor de Diaz cuando se casó con el músico Benji Madden a sólo siete meses de conocerlo, en 2015. Las actrices se habían conocido durante la adolescencia, pero comparti el set las hizo inseparables y encarnan hasta hoy una de las amistades más sólidas de Hollywood.

Siempre dicen que se sienten como hermanas porque comparten los mismos valores, “ninguna se dejó arrastrar por los caprichos de la fama ni la vanidad, apenas queremos actuar y vivir nuestras vidas”, explicó Barrymore en una entrevista con PopSugar. En 2001 compartió cartel con Tom Cruise y Penélope Cruz y deslumbró con lo que la crítica no dudó en llamar una “sensualidad loca”, “aterradora y conmovedora a la vez, como una nueva versión de Atracción Fatal”. Otra vez recibió mçultiples nominaciones como actriz de reparto.
El primer cimbronazo mediático en su carrera, fue en 2005, cuando el National Enquirer publicó un extenso reportaje en el que aseguraba que la actriz había engañado a su novio del momento, Justin Timberlake, con el productor de su documental Trippin para MTV, que para colmo estaba casado. El medio tuvo que retractarse cuando ella presentó una demanda por calumnias: se probó que lo único que había ocurrido entre ella y el productor Shane Nickerson había sido un abrazo de despedida. Su relación con Timberlake siguió hasta 2007, cuando se separaron en buenos términos, aunque en medio de rumores de que el artista la había engañado con Scarlett Johansson.
Con En sus Zapatos (2005), junto a Toni Collette, se metió con un tema del que hasta entonces se hablaba poco: hacía de la hermana hermosa pero disléxica y mostraba de cerca el sufrimiento de sentirse diferente. Para muchos fue uno de los mejores papeles de su vida. Luego participaría en la comedia romántica El descanso (2006), con Kate Winslet, Jude Law y Jack Black: fue una receta infalible para un suceso mundial. Mientras tanto le había puesto la voz a la Fiona de Shrek en todas sus secuelas. Otra vez la diosa californiana jugaba a ser fea y salía airosa.

Para 2010 Forbes la nombró la celebridad femenina más rica, en el número 60 de un ranking de 100 figuras. Tres años después publicó su primer libro –The Body Book: Feed, Move, Understand and Love Your Amazing Body– en coautoría con la escritora Sandra Bark, y volvió a dar consejos de salud y autoconocimiento en The Longevity Book: The Science of Aging, the Biology of Strength, and the Privilege of Time (2016).
Ya estaba casada con Madden cuando lanzó su marca de vino orgánico Avaline, en 2020. Los había presentado Nicole Richie, íntima de Diaz, que estaba casada con el mellizo del músico. Cuando en 2019 tuvieron a su hija Radixx por medio del método de subrogación de vientre, la actriz anunció que daría un paso al costado frente a sus compromisos en la industria. Eligió enfocarse en la crianza de la beba y en la producción de Avaline, así como en su activismo contra el cambio climático. No era una decisión tan simple para quien entonces se había transformado en la actriz mejor paga de más de 40 años.
Lo explicó sin demasiadas vueltas en una entrevista con USA Today: “Cuando hacés algo que sabés y que hiciste bien y sabés cómo funciona y le dedicaste tu vida por tanto tiempo, es lindo poder decir ‘¿Sabés qué? Déjenme bajarme un segundo, mirar la película completa y poder elegir con qué cosas comprometerme. Y eso fue lo que hice”. En otra conversación con su amiga Gwyneth Paltrow, fue todavía más clara: “Estoy en paz, porque finalmente puedo cuidarme. Ser una estrella es exponerte todo el tiempo a una energía sobrecogedora que yo sentí que necesitaba para mí y para mi familia”. ¿Si extraña actuar? No tanto como su público la extraña a ella. A los 51, asegura estar retirada, aunque le sobran proyectos.
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