
Si el “gurú” Swami Prakashanand Saraswati esta vivo en algún lugar del planeta, hoy tendría 94 años y suman 12 los que llevaría prófugo para evitar una condena de 280 años de prisión por abuso sexual infantil y abuso de mujeres, dictada en ausencia por un tribunal texano el 25 de abril de 2011.
Ni el FBI, que lo tiene en su lista de personas buscadas, ni Interpol ni la policía de la India, su país natal, saben dónde está. Se sabe que huyó desde los Estados Unidos a México en marzo de 2011, después de que su abogado lo disculpara por no presentarse el día de la sentencia del juicio en su contra. La excusa fue razones de salud.
Estaba en libertad bajo una fianza de 200.000 dólares a la espera del juicio y la justicia le había retenido el pasaporte para evitar que se escapara, algo que no funcionó.
La última hipótesis que manejaron las autoridades federales estadounidenses es que, después de esconderlo durante unos meses en México, algunos discípulos que aún le eran fieles le consiguieron un pasaporte falso y lo subieron a un avión con destino a la India, donde literalmente se esfumó.
Tenía por entonces 82 años y todo el aspecto y los gestos del típico maestro espiritual hinduista. Había escrito diez libros y contaba con seguidores en India, Inglaterra, Irlanda, Singapur, Nueva Zelanda y Australia.
Después de años de guiar espiritualmente a los fieles la institución religiosa Radha Madhav Dham, fundada por el mismo, Prakashanand Sáraswati había pasado de la categoría de santón a la de demonio casi de la noche a la mañana.
Primero fueron las denuncias por abuso sexual y después la comprobación de que, además de eso, toda su vida – tal como la contaba él – era un cúmulo de mentiras.

La vida es verso
Prakashanand Saraswati nació en el seno de una familia de la casta brahmán el 15 de enero de 1929, y su llegada al mundo ocurrió en Ayodhya, una ciudad ubicada sobre la orilla del río sagrado de Sarayu en el norte de la India.
Muchos años después, ya instalado como gurú diría que la cercanía de ese rio lo había predestinado en la vida. Sus primeros años son un misterio y lo que se llegó a conocer de su adolescencia y primeros años de la adultez salió solamente de su propia boca y terminó siendo casi todo falso.
Contaba a sus discípulos, en 1950, cuando tenía 21 años, había renunciado al mundo y adoptado la orden de sanniasi, palabra que quiere decir precisamente “renunciante”.
Según su relato, apenas dos años después de eso y debido a su sorprendente crecimiento espiritual, se le había ofrecido convertirse en el Shankaracharya Jagadguru – líder de monasterio – de Yiotirmat, pero que él se había negado al honor porque se sentía atraído por el amor de la divina pareja Radha-Krisna, es decir, la del dios con la principal de sus esposas.
Por eso, renunciando a los honores pero no a los deberes espirituales – seguía contando –, había pasado los siguientes veinte años en el Himalaya y en algunos bosques de la India, para llegar a los niveles más profundos de meditación.
Ese supuesto período pasado en bosques y montañas, que se habría prolongado entre 1952 y 1972, fue una de las falsedades comprobadas cuando se investigó su vida, ya que hay registros de que a mediados de la década de los ‘60, el bueno de Prakashanand Saraswati ya se movía entre los Hare Krishna, discípulos del bengalí Bhaktivedanta Swami Prabhupada.
Los números del relato autobiográfico del maestro no cierran.

Contaba que, en 1972, para continuar con su crecimiento espiritual, se instaló primero en Vridavan, el centro de adoración del dios Krisna, y después en Varshana, donde se adoraba a la diosa Radha.
En una y otra parte comprobó que, en vista de la cantidad de europeos y norteamericanos que visitaban esos centros y participaban en actividades religiosas, los Hare Krisna estaban pisando fuerte en Occidente y vio que ahí había un destino para él.
En 1975 fundó la Sociedad Internacional del Amor Divino, donde empezó a enseñar algo que fascinaba a los discípulos occidentales: los aspectos esotéricos del raganuga bhakti, una doctrina dualista centrada en el amor a dios.
La idea era salir de la India difundiendo esa enseñanza para pisar territorio occidental gracias a la difusión de sus enseñanzas que harían sus discípulos. Y lo logró: en 1978 creó una sede de su sociedad en Nueva Zelanda y dos años más tarde llegó a los Estados Unidos, donde fundó un áshram cerca de Austin, Texas.
El templo se convirtió en un centro de peregrinación espiritual, los seguidores de Prakashanand Saraswati, que se hacía llamar también Shree Swamiji, se multiplicaban como los panes en otra creencia.
Muchos peregrinaban hasta allí un par de veces año y unos sesenta vivían allí de manera permanente.
Durante casi treinta años, el templo estadounidense del gurú fue un lugar insospechado. Allí se meditaba dos veces al día, se plantaban árboles, se construían alojamientos para los discípulos y los visitantes y se cuidaba a la madre tierra.

Cadena de denuncias
En abril de 2008 el silencio de la meditación se vio turbado por el grito de la primera acusación pública. Una ex seguidora de Prakashanand Saraswati, que había vivido en el áshram hasta mediados de la década de los ‘90, venció sus propios reparos y denunció por abuso sexual al gurú.
La denuncia llegó a los medios de comunicación y también a la Justicia. Entonces se produjo una reacción en cadena: en un lapso de pocos meses, otras cinco mujeres denunciaron por abusos sexuales al maestro espiritual. También aparecieron denuncias de abuso infantil contra hijos de antiguos seguidores.
Prakashanand Saraswati decidió contraatacar a través del director norteamericano del templo, Peter Spiegel. El hombre llamó a conferencia de prensa y aseguró que se trataba de una conspiración para “interrumpir” las actividades del áshram.
“Nunca lo he visto hacer nada remotamente relacionado con estas falsas acusaciones. Siempre está rodeado de varias personas. Nunca he escuchado a nadie hacer ningún reclamo de incorrección sexual. Creo que estas acusaciones son un completo invento”, dijo.
Indignadas por la desmentida, las víctimas – de entre 20 y 50 años, algunas menores de edad cuando ocurrieron los hechos – volvieron a hablar.

Una de ellas – casi todas conservaron el anonimato ante los medios pero no en la justicia – relató que le había llevado años de terapia atreverse a contar sus experiencias en el áshram. Otra relató las maniobras de Prakashanand Saraswati para manosear a niñas y niños, incluso delante de sus padres.
Una tercera relató que si se habían atrevido a contar sus experiencias fue porque antes las había compartido entre ellas y decidieron formar un grupo para apoyarse mutuamente.
Otra contó que uno de los colaboradores del gurú se le acercó y le dijo que Saraswati quería verla esa noche en su habitación y que cuando preguntó que pasaría allí, el hombre le respondió: “Tenés que ir con la mente abierta, será como estar con tu marido. Cortate las uñas, bañate bien y no lleves joyas”, le respondió.
Kate Tonnessen habló frente a los periodistas dando su nombre y apellido. “He perdido mi vida y mi historia. Sri Swamiyi utilizó su posición de confianza para aprovecharse de nosotras. Él empezó a manosearme cuando yo tenía 12 años. Yo sentía que estaba mal. Ese fue mi primer beso con un hombre. La primera vez que alguien me tocó los pechos fue Prakashanand. Cuando le conté a un adulto acerca de estos incidentes, me dijo que el manoseo tenía un propósito más elevado. Me dijo que era una prueba y que si yo no la superaba iría al infierno. A otras niñas se les decía que esto era la gracia del gurú”, contó.
Después de esos testimonios, Prakashanand Sáraswati solo respondió con un comunicado: “(El gurú) niega vehementemente las afirmaciones hechas y expresa su decepción de que el American-Statesman publicara una historia basada en acusaciones falsas y maliciosas hechas por unas pocas personas anónimas”, decía.

El juicio y la fuga
Días después de la publicación de los testimonios y de su ratificación por parte de las víctimas ante la justicia de Austin, Texas, Prakashanand Saraswati fue detenido.
No pasó muchas horas entre rejas. Peter Siegel, su número dos en el áshram y además empresario californiano de gran fortuna, desembolsó once millones de dólares de fianza para que esperara el juicio en libertad.
Además de fijar la fianza, la corte retuvo el pasaporte del gurú y le prohibió acercarse al áshram.
La sentencia estaba prevista para la mañana del lunes 7 de marzo de 2011, pero el acusado no asistió. Se había fugado la noche anterior, con la certeza de que sería declarado culpable.
No se equivocaba: el 22 de abril, el jurado le fijó una pena de 208 años de prisión efectiva por abusos sexuales y abuso de menores.
Para entonces, el maestro espiritual que había mentido su propia biografía para conquistar seguidores en Occidente estaba escondido en México. Temiendo que lo encontraran, en noviembre de 2011, sus más cercanos seguidores lo subieron con un pasaporte falso a un avión con destino en la India.
Desde entonces no se sabe nada de Prakashanand Sáraswati. Interpol todavía lo busca, aunque a esta altura no se sabe si está vivo o pasó a otro plano espiritual.
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