
Un desfile triunfal. Banderas flameando, cánticos nacionalistas, flores lanzadas al paso del auto, pañuelos blancos agitados sobre la cabeza. Se cumplían cuatro años de la Marcha sobre Roma, la que lo había llevado al poder. En las calles reinaba una euforia fanática.
Él, Benito Mussolini, parado en un descapotable saludaba con simulado recato. De pronto, la confusión. Un estallido al que apaga el rugido de la multitud. Mussolini tambalea. Nadie entiende bien qué es lo que sucedió. Il Duce no quiere darle el gusto a su agresor y se mantiene de pie.
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Anteo Zamboni tuvo una muerte brutal. 19 años después, Benito Mussolini, el que se supone que él quiso matar, también fue víctima de una horda. Luego del fusilamiento, el cuerpo fue ultrajado de todas las formas imaginables.
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Hay algunas fotos del cadáver de Anteo. Está desfigurado. Sólo ver su estado permite imaginar las agresiones que sufrió. Las imágenes de los cadáveres de Mussolini y de Clara Petacci muestran algo muy similar. Demasiado similar.
Una turba se lanza encima de un chico de 15 años. Una trituradora humana. Empujados por la imitación, por el contagio violento, son decenas los que se suman, los que aportan golpes, puntadas, patadas y hasta algunos disparos. Un minuto después, Anteo Zamboni, de 15 años, estaba muerto.
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No hubo un asesino, no hubo nadie juzgado, ni siquiera se abrió una investigación. La multitud, la masa fascista había hecho su trabajo, había hecho justicia. Anteo había intentado matar a Mussolini, él fue el que terminó muerto. Con decenas de huesos rotos, con hemorragias internas, con 14 puñaladas, con signos de estrangulación y un balazo. Un linchamiento brutal.
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Era el 31 de octubre de 1926. Hacía cuatro años que Mussolini se había convertido en el presidente de Italia. La marcha sobre Roma y la amenaza de la acción violenta de las Camisas Negras había bastado. Era un nuevo tipo de líder. Bombástico, con una ideología novedosa. El uso de la fuerza, el acallamiento de los disidentes, la utilización de algunas circunstancias para para generar más poder y para limitar libertades, no eran novedades. Pero sí toda la puesta en escena. En los siguientes años su ejemplo se diseminó por Europa, primero, y después por el mundo.

El de Anteo haya sido el cuarto atentado que sufría Mussolini en menos de un año. El primero fue abortado antes de ser llevado a cabo, el segundo estuvo a cargo de una irlandesa de 50 años y la bala rozó la nariz del Duce, el tercero fue una típica bomba anarquista lanzada al paso del auto pero que explotó unos metros antes contra el pavimento. “Las balas pasan, pero Mussolini queda” se ufanaba Mussolini.
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Esa tarde en Bolonia se celebraba al líder. Decenas de miles de personas atestaron las calles. Primero, la inauguración del estadio Il Litorialle, el más grande de Italia hasta ese momento; tal vez la primera manifestación del uso desembozado del deporte de parte de Mussolini, una costumbre que llegaría al pico de intensidad durante el segundo Mundial de Fútbol disputado en ese país en 1934.
Luego de la apertura del gran estadio, la procesión para recibir las ovaciones del pueblo. No había mejor festejo de la fecha de la consolidación del régimen que alimentar aún más el culto al líder. Uno de ellos, uno de los que alimentaba la multitud era Anteo Zamboni, un chico de 15 años. No estaba especialmente politizado. Nada lo entusiasmaba demasiado, nada lo distinguía de otros miles.
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Los relatos son confusos. Demasiada gente, demasiada velocidad, demasiados intereses, demasiadas versiones. El que detuvo a Anteo fue un oficial de policía, de la división de caballería, Carlo Alberto Pasolini. Al policía, en su casa, lo esperaba su hijo de 4 años, Pier Paolo. Después de que supuestamente el Pasolini no memorable hubiera identificado e identificado al agresor, entró en acción la masa.
En ese momento nadie dudó de la versión oficial. Cuando el auto aminoró la marcha en una curva, el joven irrumpió, aprovechó una brecha en la seguridad del Duce, se separó de la gente que saludaba su paso, superó el vallado humano y le disparó aunque falló el tiro.
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La trayectoria de la bala tuvo algo de mágica. Se dirigió hacia el tórax del Duce, partió la Banda de San Marino que cruzaba su pecho, la rompió (luego se convirtió en reliquia fascista), desgarró parte de la chaqueta de Mussolini y pasó por la manga del alcalde de Bologna que estaba parado al lado.
Identificaron a Anteo, lo atraparon y sobre él cayó la justicia popular. En ese momento a nadie se le ocurrió que el final podía haber sido otro. ¿Qué otro castigo podía caberle a quién intentó asesinar a Mussolini?
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El mayor misterio de este episodio es determinar quién era Anteo Zamboni. ¿Qué fue lo que lo llevó a esas calles de Bolonia ese 31 de octubre? ¿Fue él el que disparó? Si así fuera ¿por qué lo hizo?
Lo que se puede deducir, en caso de haber sido el autor, es que nunca puede haber esperado salir con vida de esa calle. Era imposible. Así el atentado toma otro cariz. Se convierte, en cierto modo, en un ataque kamikaze. Anteo Zamboni se inmolaba a cambio de la vida de Mussolini. ¿Puede un chico de 15 años tener tanta determinación? ¿Creerse tan importante?
Una pregunta más: aquello que inició Mussolini y el fascismo, ¿se hubiera detenido con su desaparición? ¿O los movimientos totalitarios, basados en líderes carismáticos, propaganda, expansión territorial y supresión de libertades, ya habían sido sembrado y estaba germinando, sin importar los nombres que lo llevaran adelante? El sacrificio, como casi siempre cuando se trata de unir política e inmolaciones, también hubiera sido estéril.
Ninguna de las actividades previas de Anteo permitían pensar que fuera a cometer un magnicidio. Lo que se supo sobre él durante años fue lo que la policía de Mussolini difundió, las versiones acomodadas al poder de la época. Se dijo que en un allanamiento a su casa encontraron un cuaderno escondido con apuntes personales en contra del movimiento fascismo y bocetos de proclamas revolucionarias. Sin embargo, nunca le encontraron vinculación con ningún grupo anarquista ni de izquierda extrema.

Lo primero que se dijo es que era anarquista. Eso explicaba todo. Sin embargo, las investigaciones ulteriores no pudieron encontrar indicios de actividad anarquista de Anteo. No hay documentos ni testimonios que indiquen que Anteo manifestara siquiera interés político. Ese supuesto cuaderno no fue preservado.
Eso no impidió que apenas ocurridos los hechos, los funcionarios fascistas detuvieran al padre y al tío del chico. Los acusaron de haber transmitido ideas revolucionarias al chico y de ser los instigadores del intento de homicidio. Los hombres recibieron condenas de treinta años de prisión. Diez años después fueron indultados por Mussolini

Una investigación posterior abre una nueva teoría. Responsabiliza a los Anteo pero los relaciona con una interna del fascismo y no con el anarquismo. Sostiene que tenían vínculos con Leandro Arpinati, un opositor de Mussolini dentro del partido.
Si bien esos cuatro años desde la marcha a la capital de su país, le habían proporcionado una gran cantidad de seguidores que obedecían de manera ciega sus palabras, Mussolini con sus arbitrariedades, violencia y despotismo se había ganado –muy merecidamente- muchos enemigos. No sólo dentro de los desplazados o de los que estaban en las antípodas políticas como los socialistas y comunistas. También en las filas de su partido.

Cada uno de estos ataques alimentaba doblemente a Mussolini. Por un lado, crecía cada vez más su (alucinada) convicción de que nada podía pasarle, de que se mantendría intacto hasta que su plan, su designio se cumpliera, se completara: “Nada puede sucederme antes de que mi obra esté terminada”, dijo tras el disparo de Zamboni.
Por el otro, tras cada uno de ellos, endureció medidas y obtuvo rédito al cercenar derechos o acrecentar su poder. Era muy veloz para aprovechar el estado de conmoción pública. Este atentado en Bologna fue la excusa perfecta para un paquete de normas que se conocieron como Leyes Fascistísimas: pena de muerte para el que atentara contra autoridades, anulación de pasaportes, deportaciones, disolución de partidos opositores, cierre de medios y varias medidas de ese tenor.
No sorprendería que alguno de los que participaron del linchamiento de Anteo Zamboni, también hayan participado del de Mussolini. El odio, el mismo odio, consumió al que lo alimentó durante décadas.
Algunas cosas nunca cambian. Sólo pasa el tiempo.
(Una versión de esta nota se publicó en Infobae en el 2021)
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