
A comienzos de 1930, el clima que reinaba en Bolivia y Paraguay era de guerra total, pero en el primero se palpaba odio hacia Argentina, que en los papeles se mostraba neutral ante el desenlace inminente del conflicto armado pero que por debajo de la mesa era más que notoria su ayuda al Paraguay.
Los conflictos limítrofes entre estas dos naciones llevaban años, y aún no habían sido resueltos. A comienzos del 1900, los dos países ya habían levantado una serie de fortines para la defensa de un vasto territorio de miles de kilómetros cuadrados que ambos creían propio.
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El 13 de marzo de 1931, el oficial paraguayo Juan Belaieff encontró el bien más preciado del Gran Chaco: agua. Esa laguna la bautizó Pitiantuta. Al lado se instaló el fortín Carlos Antonio López. El mayor boliviano Oscar Moscoso la descubrió el 25 de abril del año siguiente y se la bautizó primero Gran Lago y luego Chuquisaca.
En ese lugar, se encendería la mecha del conflicto. El 9 de septiembre de 1932 se desencadenaron las hostilidades, por un vasto territorio de quebrachales y con un subsuelo rico en petróleo.
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Paralelamente, otra guerra comenzó a librarse a muchos kilómetros de allí.
El 15 de agosto de 1932 asumió la presidencia del Paraguay Eusebio Ayala, y designó comandante de los efectivos del Chaco al entonces teniente coronel José Félix Estigarribia. En Bolivia, Daniel Salamanca era el presidente desde el 5 de marzo del año anterior. Su jefe militar era el general Hans Kundt, un alemán que había comandado la Brigada Imperial 40 de Infantería en el frente oriental en la Primera Guerra Mundial. El tiempo le demostraría su error de haber importador sus tácticas europeas a los campos de batalla del Gran Chaco.
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Por cuestiones estratégicas, geopolíticas y por intereses económicos en común, nuestro país apoyó al Paraguay. Argentina no toleraría el plan de Bolivia de convertirse en ribereña occidental del río Paraguay -desde el río Negro al Pilcomayo- ya que afectaría sus intereses.
En una carta que el embajador paraguayo Vicente Rivarola le escribió al presidente Agustín P. Justo, calculaba que “…al Paraguay no le convenía de ningún modo que Bolivia tuviese sobre el río Paraguay ningún territorio con puerto con soberanía política, como tampoco le convenía a la Argentina; tampoco le conviene a la Argentina para el caso de una guerra con el Brasil, contando con el Brasil con la alianza con Bolivia”.
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Es más: nuestro país promovió la secesión de Santa Cruz de la Sierra para que se convirtiese en un país independiente.
Los lazos entre argentinos y paraguayos eran notorios. El presidente Ayala había sido asesor de empresas argentinas radicadas en ese país, como fue el caso de Casado y Mihanovich. Vicente Rivarola, el embajador paraguayo en Buenos Aires estaba emparentado, por su esposa, con altos oficiales del ejército argentino. Por su parte, el almirante Manuel Domecq García, de madre paraguaya, era amigo de la familia Estigarribia. El marino era el tutor de Graciela, hija del militar paraguayo.
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La guerra era un hecho y Paraguay estaba ávida de armamentos, municiones, ropa y medicinas. La ayuda argentina no se materializó a través de los canales oficiales, ya que el canciller Carlos Saavedra Lamas insistía en no comprometer la neutralidad. Pedro Segundo Casal, el ministro de Marina, tranquilizó al embajador paraguayo: “Este asunto lo debemos tratar ahora fuera de la Cancillería y entre nosotros”.

Rivarola estaba exultante: “…obtuve en diversas oportunidades préstamos efectivos por un valor de 8 millones de pesos argentinos, absolutamente libre de gastos y, sobre uno de ellos obtuve un beneficio en cambio de $626.000 que pasaron a engrosar las arcas maltrechas del Banco del Paraguay”.
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El presidente Justo estaba al tanto de la guerra a través de su ministro de Guerra, el general de brigada Manuel Rodríguez, considerado el ejecutor de su política militar. De no haber fallecido en 1936 podría haber sido un presidenciable.
Su ayudante de campo era entonces el mayor Juan Domingo Perón, de 36 años. Los testimonios aportados por el embajador Rivarola, dejaron constancia de la participación del joven oficial: “Podría venir de esa (Asunción) la persona o personas encargadas de realizarlas y comunicarse directamente con él (Perón), guardando, se entiende, toda la reserva del caso. Opino que nuestro cónsul no debe saber nada, ni ninguna persona extraña al propósito, en Formosa. Estoy seguro que con una sola ejecución feliz del plan no les quedará a los bolivianos deseos de seguir aprovisionándose de Formosa. Por otra parte las fuerzas militares que cubren la frontera no dificultarán la operación ni molestarán sino para cubrir las apariencias, a sus ejecutores, según me aseguró el mayor Perón”.
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Se sospechó el armado un incidente en el que paraguayos, vestidos con uniformes bolivianos, atacarían a argentinos en la frontera para que nuestro país se involucrase en la guerra. El presidente boliviano Salamanca tenía la misma información: “El gobierno argentino ha concentrado fuerzas en las fronteras bolivianas a fin de dar la mano al Paraguay en caso necesario, previo un incidente que se provocaría”.
Cuando una misión paraguaya llegaba a Buenos Aires, era atendida por Perón. Los embarques de armas llegaban del exterior al puerto de Buenos Aires y de ahí se enviaban por río al Paraguay.
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Muchas de las operaciones militares paraguayas se programaron en Argentina. En la sala de situación del edificio del Estado Mayor del Ejército, ubicado en la calle Paso 547, se cerraban ventanas, sacaban al personal, y se desplegaban los mapas de la zona de guerra.
Un personaje clave fue el coronel Abraham Schweizer, un correntino nacido en Esquina que hablaba con los paraguayos en guaraní. Organizó la academia militar del país vecino y sus esfuerzos en la guerra fueron recompensados: Paraguay lo nombró general honorario en reconocimiento por ser uno de los responsables de la estrategia bélica que los había llevado a la victoria.
Cuando la guerra estalló, los militares argentinos que residían en Paraguay regresaron al país. Solo quedó Schweizer en calidad de agregado militar. El hombre falleció en un accidente aéreo, junto a Eduardo Justo, el hijo del presidente, el 9 de enero de 1938, cuando su avión se desplomó en Itacumbú, al regresar de la inauguración del Puente Internacional que une la ciudad de Paso de los Libres y Uruguaiana. El presidente Justo se salvó ya que volvió en otro avión.

En Asunción, funcionaba la Casa Argentina. En agosto de 1932 un grupo de residentes argentinos tuvieron la iniciativa de crear una unidad de caballería, integrada con voluntarios. Así nació el Regimiento de Caballería 7 “General San Martín”. Se recaudaron fondos, se compraron armamentos y se alistaron voluntarios provenientes de Corrientes, Formosa y el Chaco. Fue importante la labor de recolección de fondos y convocatoria a voluntarios de Dora Gelosi, una argentina de 27 años que pasaba temporadas en Asunción junto a su padre, quien le huía al invierno.
El edecán presidencial paraguayo mayor Francisco Vargas fue nombrado jefe del regimiento y el mayor argentino Domingo Aguirre fue el segundo. También estuvieron los tenientes Aristigueta, Lezica, Barrera Flores y Ortiz, que fueron jefes de escuadrón. El teniente primero Ángel Alvarenga era el abanderado. Sin embargo, la mayoría eran paraguayos.

El 14 de noviembre, al son de la Marcha San Lorenzo, mil hombres partieron al teatro de operaciones. Lo hicieron sin los caballos, imposibles de utilizar por la falta de agua en la región. Pelearon toda la guerra, tuvieron sus muertos y el regimiento fue distinguido por el gobierno paraguayo.
Cuando los bolivianos fueron derrotados en Boquerón, participó el teniente coronel Vicente Almandos Almonacid, un aviador riojano de 49 años que había combatido como voluntario para Francia en la Primera Guerra Mundial –allá fue el precursor de los bombardeos nocturnos- y que entonces lo hizo para el Paraguay.

Desde el último piso del edificio del Estado Mayor de Ejército se captaban las comunicaciones y telegramas reservados de la embajada boliviana y, una vez descifrados, eran enviados a Paraguay. El tráfico de información clasificada, que pocos manejaban, desencadenó una denuncia de espionaje en la cual el mayor Guillermo Mac Hannaford, ayudante del jefe del Ejército general Nicolás Accame, fue acusado de colaborar con los bolivianos y terminó degradado y condenado a cadena perpetua por el cargo de traidor a la patria.
En junio de 1935 se firmó el armisticio. Habían muerto más de cien mil hombres. Muy a pesar de Agustín P. Justo, Carlos Saavedra Lamas sería galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1936 por sus gestiones en la mediación en el conflicto, aunque la historia y la realidad hayan sido otras.
Fuentes: Rogelio García Lupo – Ultimas noticias de Perón y su tiempo; Vicente Rivarola – Memorias diplomáticas. La guerra del Chaco; Adrián Pignatelli – El Traidor. La historia del único militar argentino destituido por espionaje.
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