
El sábado pasado en el Hipódromo de Longchamp de París se presentaron los Rolling Stones. La prensa inglesa y francesa se rindieron, una vez más, ante la performance de la banda. Naturalmente, lo que más llama la atención, es el despliegue físico y la intensidad de Mick Jagger. Canta, corre por el escenario con sus sprints característicos, baila de manera permanente. Se mueve como Jagger.
No importa la edad. Tampoco la cirugía coronaria que le practicaron en 2019 en la que le reemplazaron la válvula aórtica. Ni siquiera influye el Covid que lo postró unas semanas atrás y lo obligó a postergar algunas fechas. Ahí en el escenario, como siempre, invicto, está uno de los más grandes performers de la historia del espectáculo.
La vestimenta es la habitual. Pantalones achupinados, remera negra, la chaqueta colorida con vivos rojos. Alguien que no supiera de quién estamos hablando, podría imaginarse un cuadro patético: un anciano disfrazado como un joven. Pero no. Con Jagger no sucede eso. Sólo provoca fascinación y devoción.
Para explicar este estado físico sobrenatural se recuerda su entrenamiento exhaustivo que incluye gimnasia, varios kilómetros de running, yoga, pilates, entrenamiento vocal y largas sesiones de baile con una frecuencia de cinco o seis días por semana. A eso se le debe agregar una alimentación sana, balanceada que no se permite desvíos. Tampoco se puede desdeñar el factor genético: el padre de Mick fue gimnasta, profesor de educación física, que practicó deportes hasta pasados los ochenta años y que murió a los 93.
En 1969 un periodista le preguntó a un MIck Jagger pletórico, de apenas 25 años, cómo veía su futuro. Mick, muy seguro de su respuesta, dijo: “Me voy a retirar cuando cumpla 33. Es el momento adecuado para que un hombre se dedique a otras cosas. No quiero ser una estrella de rock toda mi vida”.
Pocas veces Jagger estuvo tan equivocado.

Hoy Mick Jagger cumple 79 años. Imposible adivinar su edad si se lo ve en el escenario. Imposible era creer, años atrás, que los Rolling Stones seguirían convocando multitudes en cualquier lugar del mundo ya entrada la segunda década del nuevo milenio. Imposible suponer, en medio de su éxito inicial, tamaña longevidad. A los seis años del inicio de la banda uno de los miembros originales había muerto y el dúo creativo se debatía entre las drogas, romances tormentosos y cruzados y los problemas con la justicia. Con ese panorama no parecía que iban a durar demasiado. Nadie podría haber calculado que más de medio siglo después seguirían en actividad. No como una banda para nostálgicos tocando para un centenar de canosos anclados en el tiempo, sino agrandando, año a año, su base de fans, constituyéndose casi en un símbolo de la juventud (eterna).
La vigencia de Jagger no se alimenta sólo de pasado glorioso y de leyenda. En él conviven las contradicciones. Rocker furioso y bisabuelo; rebelde y sagaz empresario; convicto y caballero británico; exitoso líder de la banda de rock más grande de todos los tiempos y solista sin demasiada fortuna; rey de los excesos y talibán de la vida sana y el entrenamiento.
Mick junto a Keith Richards conforman una de las grandes duplas del rock & roll. Un binomio creativo que se mantiene vivo desde hace casi sesenta años. Pocos lograron componer juntos tantos clásicos como ellos. Y casi nadie ha logrado atravesar tantas vidas adolescentes. Al principio compañeros fugaces en el primario, se reencontraron años después en una estación y ya no se separaron.
Las diferencias entre Mick y Keith son notables. Han tenido peleas épicas y se han distanciado por largos años. Pero la sociedad sobrevive. Jagger es el responsable de haber acercado las grandes marcas, del costado empresarial de la banda. Lejos de ser una crítica, habla de una capacidad para mirar el estado de situación, para entender los cambios de época y conseguir que los Rolling Stones se mantengan vigentes.
Juntos comandaron el grupo todo este tiempo. Es cierto que hace ya muchos años, décadas para ser precisos, que no producen un gran álbum. Se convirtieron en una banda de estadios con discos (muy) irregulares con algún gran tema. Sin embargo no hay demasiados creadores que puedan ostentar una tetralogía como la que pergeñaron entre 1968 y 1972. La seguidilla Beggars banquet, Let it bleed, Sticky fingers y Exile on Main St. es admirable y es casi insuperable. Esa es la cima de su arte aunque después todavía hayan sido capaces de grabar Some girls o Tatoo you.

Richards se quedó con el lado salvaje. Al menos, para la leyenda. Es el rebelde eterno, el que se esnifó las cenizas del padre, el soporte musical, la Norma Iso 9000 de rock sobre el escenario. Vida, su libro de memorias, es muy divertido y es un extraordinario ajuste de cuentas con su compañero de toda la vida. Habla de sus enfrentamientos, de sus diferencias de visión y se entretiene contando algunas maldades sobre Mick. Alguna de ellas sobre su dotación viril: “Marianne (Faithfull) no tenía cómo divertirse con su pequeño amiguito. Sé que tiene unas bolas enormes pero no puede llenar el vacío entre ellas”.
Otra diferencia con Richards es su postura frente a la realeza. Sir Mick Jagger. Ser Mick Jagger incluye, entre otras muchas cosas, ser Caballero de la Corona Británica. El yerno que nadie deseaba, la figura satanizada por los medios, el roquero peligroso y rebelde se convirtió en un hombre honrado por la realeza, homenajeado por la Reina.

Las novias y conquistas de Jagger fueron variadas, ininterrumpidas y, la mayoría de las veces, simultáneas. Actrices, cantantes, modelos, bailarinas, groupies. Chrissie Shrimpton, Marianne Faithfull, Marsha Hunt, Bianca Jagger, Jerry Hall, la brasileña Luciana Morad, L’Wren Scott (que se suicidaría mientras estaba de novia con él), Melania Harwick, Carla Bruni, Carly Simon, la Princesa Margarita, Margaret Trudeau (en ese entonces esposa del primer ministro canadiense), Angelina Jolie, Uma Thurman, etc (un largo etcétera). Sin olvidar algunas novias de sus compañeros de banda como Anita Pallenberg o una de Brian Jones a mediados de los sesenta. La lista nunca puede ser taxativa, sólo ejemplificativa, una enumeración trunca.
Las notas periodísticas que hablan de récords sexuales echan mano a dudosas estadísticas y ponen la cifra -incomprobable- en cuatro mil mujeres. El número es incierto pero a nadie le pueden quedar dudas que sus conquistas amorosas son más que las de cualquier mortal puede imaginar para sí mismo. La gran mayoría de las mujeres que compartieron su vida han declarado que fueron menospreciadas por él, abandonadas en los momentos críticos, que en la mayoría de las oportunidades hizo gala de un olímpico machismo. Más que parejas, muchas parecen haber sido víctimas.
Su catálogo de conquistas es probable que incluya, también, varios hombres. Tal vez la historia más famosa al respecto sea la que lo tiene como coprotagonista a David Bowie. Angela Bowie, luego de su divorcio (y en especial después de que se haya vencido el plazo de confidencialidad a la que la obligaba el convenio firmado en la división de bienes) contó que un día encontró a su ex marido con Jagger en la cama. Con los años, Angela Bowie brindó diferentes versiones del episodio -que negaron con gracia los dos intérpretes- e intentó a su modo (uno bastante peculiar) de morigerar la versión. Por ejemplo en una entrevista televisiva dijo: “No encontré a nadie teniendo relaciones sexuales. Entré a la habitación y había dos personas durmiendo en mi cama. Sólo que estaban desnudos, y resultó que eran Mick Jagger y David Bowie. Tampoco es para tanto. Eso no significa que hubieran tenido una aventura”.
Ya que estamos es una buena ocasión para desmentir que Angela Bowie haya sido quien inspiró Angie, el célebre tema de los Stones. Rod Stewart cuenta en sus memorias que a principios de la década del setenta, Mick que estaba en pareja con Bianca, le propuso al escocés (de novio en ese entonces con la modelo Dee Harrington) un intercambio de parejas. Rod declinó, al menos en esa oportunidad, de la experiencia swinger.
Mick tuvo ocho hijos con cinco mujeres diferentes. Varios de estos hijos los debió reconocer luego de procesos judiciales por paternidad. Su último hijo, nacido hace 6 años, es dos años y medio menor que su primera bisnieta. Jagger se convirtió así en el primer (y quizá único) bisabuelo del rock.

En los años ochenta a Mick se lo notó algo perdido. Dos discos solitas consecutivos, un video con Bowie haciendo un cover de Motown, alguna colaboración con Tina Turner. Esa desorientación de Jagger en los años en que el pop arrasaba no es motivo suficiente para ensañarse con él. Ni fue lo más grave que sucedió en esos años: nunca se debe olvidar que Bob Dylan usó hombreras.
A pesar de su enorme atracción, de su fama y del carisma, cada intento solista -desde los flojos discos iniciales hasta el muy bueno Wandering Spirit-, o la creación de Superheavy, un súper grupo con el ex Eurythmics Dave Stewart, Joss Stone y un hijo de Marley, o los papeles en el cine, tuvieron un aire a fracaso. Ninguno de sus proyectos por fuera de los Stones logró generar un gran interés. El público ama a Mick al frente de su banda.
La perdurabilidad de su carrera, los largos años en la cúspide, hacen ver todo con otro prisma. Sin embargo, la longevidad y el magnífico estado físico no deben hacer olvidar todo lo creado y construido antes, durante décadas.
Se podría afirmar que el gran aporte de Jagger (más allá de la imagen rebelde y salvaje que los Stones cristalizaron como el ideal del rock) al espectáculo moderno sea el haber delineado al frontman prototípico de una banda de rock. La sensualidad, la furia, el despliegue atlético, la actitud desafiante, los pasos propios, la presencia hipnótica, la entrega total. No hay cantante contemporáneo o líder de una banda que no esté influido por el estilo Jagger.

Su fortuna está calculada en varios cientos de millones de dólares. Sin embargo, no se detiene. Tal vez su carrera no avance, quizá no tenga donde ir más allá. Pero mientras tengas fuerzas, sabemos, que Jagger, casi octogenario, bisabuelo, seguirá batallando.
Lejos de esa iracundia que irrumpió para dar vuelta todo hace medio siglo, parecía que en las últimas dos décadas los Rolling Stones nada podían producir de interesante, que sólo eran una máquina aceitada y espectacular para generar millones con rutilantes pero estandarizados shows de estadio. Estos señores de casi ochenta años, ya son Charlie Watts, siguen sorprendiendo, en una nueva vuelta de tuerca. Ventajas de la longevidad.
Que hagan lo mismo que hace treinta años es disruptivo. Nadie puede creer que el que salta, corre y canta durante dos horas y embruja multitudes (haciéndoles creer que son cófrades de una sociedad secreta integrada nada más que por millones de personas) tiene 79 años. Tiene, nadie puede negarlo, algo de aventura, de riesgo. Probablemente eso, hoy, a pesar de lo que creíamos unos años atrás, también sea rock. El rock siempre fue lugar de jóvenes, un espacio de rebelión, contracultural, de resistencia. ¿Qué puede aportar un alguien de esa edad en ese espacio? Una hipótesis: tal vez, esta versión de los Stones, comandada por Jagger, sea de lo más revolucionario que el rock nos puede ofrecer en la actualidad: estos hombres bien llegando a los ochenta yendo contra el orden biológico, seduciendo masas cada vez más jóvenes, haciendo lo mismo que cincuenta años atrás.
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