
Una infancia difícil con padres que no lo tuvieron como prioridad, un destino encontrado casi de casualidad, la intención de tener una vida repleta de aventuras que mutó en éxito internacional pero en días confinado detrás de un escritorio inventando esas aventuras que alguna vez quiso vivir.
Se convirtió en espía pero ese mundo no era lo que él había pensado, lo que mostraban las películas y los libros. Era más chato, aburrido y al mismo tiempo peligroso de lo que imaginaba.
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Las posibilidades de perder el rumbo moral eran altas, en ese ambiente en el que todos traicionaban. Ser espía era muy diferente a manejar descapotables y cargar en los bolsillos de un saco a medida el último gadget. Decidió mostrarlo a través de la literatura.
Y el pretendido hombre de acción se convirtió en un hombre de letras. Y adoptó un nombre que fue conocido en todo el mundo: John Le Carré, el escritor que vino del espionaje.
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David John Moore Cornwell nació en Inglaterra el 19 de octubre de 1931, hace 90 años. Su infancia fue complicada. Su padre era, según lo describió muchos años después, “manipulador, poderoso, carismático, inteligente, poco confiable”.
Esa personalidad desbordada y una ambición por el dinero fácil convirtieron al señor Cornwell en un hábil estafador que avanzaba y retrocedía en la vida mientras pasaba de fraude en fraude. Algunas veces salía airoso, en otras era atrapado. Una vida apostando, caminando por el abismo de la ley que hizo que algunas veces cayera en prisión.
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Según su suerte delictiva la vida de la familia era muy acomodada o con las necesidades apenas satisfechas. Pasaban de tener chofer y viajar en el auto más caro del mercado a esconderse de los acreedores y de la policía que buscaba con denuedo a su padre. Cada tanto un oficial de justicia entraba a la casa familiar y decomisaba todos los bienes para ser rematados. “A lo largo de mi vida no conocí situación más humillante que esa: que ingresen y siendo un niño te saquen hasta los juguetes”, declaró Le Carré cuando ya era un escritor consagrado.
Todo empeoró cuando su madre dejó la familia y se casó con otro hombre. John tenía 5 años. Recién se volvió a encontrar con ella quince años después. “La única figura por la que sentía afecto y por la que me sentía protegido era mu hermano mayor”, escribió.
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Tal vez su vida como espía tuvo origen en una emulación del padre. Fue su manera de seguir sus pasos enmascarando identidades, haciéndose pasar por otros, engañando gracias al encanto, quedándose con cosas que los demás ni siquiera sabían que estaban entregando.
En su infancia para justificar ante sus amigos la ausencia de sus padres (definitiva la de la madre, temporales pero muy extensas las del padre) les decía que eran agentes secretos que estaban en complicadas y confidenciales misiones.
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Apenas pudo se fue de su casa. Se dirigió a Berna para estudiar literaturas europeas. Tenía 16 años pero necesitó independizarse. El día que se dirigió a la embajada británica por un tema de su visa cambió su vida para siempre. Lo hicieron esperar más de lo habitual. Él creyó que habría un problema con su edad, que tal vez lo obligarían a regresar a Inglaterra.

La Segunda Guerra había terminado hacía poco. Una señora que rondaba los cuarenta años lo hizo pasara su despacho. La mujer se veía segura. Le ofreció ser parte del Servicio Secreto Inglés, que espiara para el M.I. 5. El joven se sintió fascinado y halagado por la propuesta. Se convirtió en uno de los espías más jóvenes. Aunque sus tareas en ese momento eran muy sencillas, casi un che pibe, un cadete del servicio secreto.
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De a poco sus tareas fueron creciendo. Al tiempo se trasladó a dar clases a Eton en Inglaterra dónde permaneció dos años. Tanto allí como en Suiza informaba regularmente sobre estudiantes y profesores y sobre actividades sospechosas, sobre posibles agentes soviéticos. Luego fue enviado como diplomático a Alemania, a la parte occidental de Berlín. También trabajó en Munich y en Bonn.
Allí ejerció su mayor tiempo como espía, estaba en el epicentro de las intrigas. Intervino teléfonos, concurrió encubierto a distintos actos, habló con informantes, siguió a sospechosos, interrogó a dobles agentes, elaboró informes sobre militantes de izquierdas y sobre supuestos comunistas e infiltrados enviados por la Unión Soviética.
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También allí comenzó con un hábito que sería clave para el cambio de vida que haría pocos años después. Cada noche empezó a tomar nota en un cuaderno de las actividades. En esos cuadernos y libretas, la vida del espía tomaba forma. Al principio oficiaba como un pasatiempo, como una manera de aflojar la muñeca y de luchar contra el olvido. Luego se fue entusiasmando.
Sus superiores lo autorizaron a publicar sus primeras novelas. Eran totalmente ficcionales, aunque basados en las circunstancias reales de la Guerra Fría y en los pequeños personajes que poblaban ese mundo subterráneo del espionaje. La única condición que le pusieron fue que utilizara un seudónimo. Eligió el de John Le Carré. El John era su segundo nombre pero respecto al apellido sobreviven las dudas sobre los motivos que lo llevaron a elegirlo. Él fue el mayor responsable de ello brindando numerosas y contradictorias versiones sobre la cuestión. Tanto es así que en su años finales si le preguntaban sobre el tema reconocía que había cambiado tantas veces de justificación que le era imposible recordar cuál era la real.
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Durante un tiempo tuvo un triple oficio, una triple identidad. Diplomático en esa Berlín dividida, espía británico y escritor oculto.
La gran explosión, el éxito mundial llegó con el tercer libro, El Espía Que Vino del Frío. Después llegaron decenas de novelas más, la fama, las adaptaciones cinematográficas (que no siempre le hicieron honor a sus textos).
Ese suceso hizo que Le Carré abandonara su oficio de espía. Se podía dedicar a la escritura a tiempo completo. Pero, por otro lado, no tenía demasiada opción. Su nombre fue dado a conocer por el doble agente Kim Phillby a los soviéticos. Y hasta un diario inglés develó su identidad. Pasó a ser el espía más conocido del mundo: un oxímoron.
Los escritores suelen iluminar partes del mundo a sus lectores. Miran y escuchan mejor que los demás. Pero en el caso de Le Carré esto se potenciaba porque el mundo que él describía era uno secreto, al que las personas comunes no tenían acceso. Eso duplicaba el interés.
Tomó un género popular (y considerado menor) y lo convirtió en arte. Las novelas de espías no fueron lo mismo después de John Le Carré. Además logró conectar con su tiempo, entender cómo era el mundo en el que vivía, el de la Guerra Fría.
Las tramas complejas, exigentes, poco complacientes estaban plagadas de personajes tridimensionales que enfrentaban dilemas a cada paso, que debían lidiar con sus decisiones morales y hacer equilibrio entre la conveniencia, las tentaciones, la traición y los riesgos.
Más allá de las innegables virtudes literarias (son muchos los escritores prestigiosos que lo reconocieron como el mejor novelista inglés de la segunda mitad del Siglo XX), Le Carré logró mostrar el mundo gris y hasta sórdido del espionaje.
Si el inconsciente colectivo asociaba a los espías con James Bond, los Aston Martin, los Martinis batidos, las mujeres, el glamour y en especial con buenos y malos bien definidos, Le Carré mostró la cara real. Soledad, traiciones, dudas morales, un mundo confuso, con matices, repleto de morosa burocracia, de presupuestos acotados, de incertidumbre y en el cual ni siquiera los propios protagonistas logran saber de qué lado están.
Mostró que de ambos lados de la contienda, de ambos lados del muro, había bajezas, crímenes, intereses creados y oscuridad. De todas maneras, él hacía una distinción tajante: “No es lo mismo ser espía para una nación democrática que para un estado autoritario”, afirmaba.
A pesar de eso en algún momento renegó de su antiguo oficio. Decía, con razón, que cada vez que se lo mencionaba, antes de su condición de escritor, se recordaba que había sido espía. Nunca pudo dejar de ser un ex espía (esta nota podría ser un buen ejemplo de ello, una manera de darle la razón póstumamente) a pesar de sus probadas virtudes literarias.
Hubo otra consecuencia no deseada de su éxito mundial. Su padre reapareció. No había cambiado. Seguía en busca del negocio salvador, de la estafa perfecta, del mecanismo que lo convirtiera en millonario en un instante. Ronald Cornwell lo contactó varias veces para pedirle dinero. Él también se cambió el nombre. Se hacía llamar Ron Le Carré (para un estafador siempre es oportuna una nueva identidad). Cansado de las exigencias y de los disgustos ocasionados por su padre, John impidió cualquier contacto ulterior con él. Cuando Ronald murió, su hijo pagó los gastos del funeral. Sólo puso una condición para hacerse cargo del costo monetario: no tener que concurrir a despedirse de su progenitor.

En 1989 con la caída del Muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética muchos apostaron a que el escritor se había quedado sin tema. Pero él respondió con gracia: “¡Qué suerte! Ya estaba podrido de escribir sobre lo mismo”.
Y escribió sobre África, sobre Rusia y las nuevos países desprendidos de la U.R.S.S., sobre los problemas en Centroamérica, sobre narcos. Un hombre que pese a la edad siempre estuvo conectado con su tiempo. Hace unos años publicó Volar en Círculos, una especie de memorias fragmentarias en las que narraba una treintena de historias sobre su vida.
Smiley, el protagonista de sus primeras novelas, tenía una esposa llamada Ann. La mujer engañaba al agente cada vez que podía, replicando uno de los grandes temas de Le Carré: la traición. Su esposa en la vida real también se llamaba Ann. Sin embargo cuando el matrimonio se separó ya entrada la década del setenta, se debió a que ella, la Ann verdadera y no la de ficción, no soportaba ya las infidelidades de su marido. Un año después se volvió a casar. Tuvo en total cuatro hijos.
A principios de diciembre de 2020 se cayó en su hogar. Fue internado por las lesiones y por los problemas de salud que ya arrastraba. Muy debilitado, murió diez días después, el 12 de diciembre de 2020, por una infección pulmonar.
Como toda buena historia la de John Le Carré tiene su circularidad. Cuando se dio a conocer la noticia, uno de los miles que lo despidió desde las redes sociales fue Richard Moore, el jefe del MI6 -dónde el también trabajó-, quien escribió un tweet explicitando la marca que sus novelas habían dejado en el servicio secreto inglés.
Respecto a lo real o lo que era fruto de la imaginación en sus ficciones, Le Carré siempre insistió que él escribía historias probables. Algo similar a lo que ocurrió con El Padrino: las personas que se movían en ese mundo del espionaje adoptaron tics y modismos creados por Le Carré, así como los mafiosos imitaron frases imaginadas por Coppola y Mario Puzo.
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