Showgirls: un director afamado, el guión más caro de la historia y una estrella juvenil que después del fracaso no consiguió representante

A cargo de la dupla que había hecho un gran éxito con Bajos Instintos y protagonizada por una actriz en ascenso. Un coctel destinado a romper la taquilla que se transformó en uno de los más estruendosos desastres de Hollywood

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Showgirls, Elizabeth Berkley
Elizabeth Berkley en Showgirls- Shutterstock

Nada podía fallar. La fórmula parecía perfecta. Un director prestigioso y con gran habilidad narrativa, el guionista mejor pago del mundo, un gran estudio, una estrella juvenil dando el salto a la adultez, un presupuesto enorme, una trama de alto voltaje y mucho sexo. Tal vez por eso, por urdir una fórmula demasiada perfecta, demasiado calculado es que todo salió mal. Seamos precisos: lo que ocurrió fue una catástrofe. Showgirls, la película que estaba destinada a ser un suceso, se convirtió en el peor fracaso del cine de Hollywood del último cuarto de siglo. Pocas veces -muy probablemente nunca- hubo tamaña unanimidad crítica, en el momento del estreno, para lapidar un film. Las pérdidas fueron catastróficas. Las carreras de todos los involucrados tambalearon (sólo pudo recuperarse de manera total Paul Verhoeven, su director). Pero hay una manera perfecta para resumir en una sola imagen el tamaño de la tragedia artística: el manager de Elizabeth Berkley, la actriz principal, no quiso ser más su representante desde el preciso momento en que terminó la función privada en que vio la película. En las siguientes semanas, casi una decena de representante artísticos rechazaron aceptar a Berkley como su cliente.

Pero el tiempo ha hecho su trabajo y ahora Showgirls fue reconsiderada por la crítica y por el público. Su camino fue lento y laborioso y pasó por las estaciones lógicas de estos derroteros. De denostada viró en placer culpable para terminar convertida, a 25 años de su estreno, en clásico de culto.

Joe Ezsterhas era el niño malo de Hollywood. Era, también, el guionista más conocido del mundo. Uno de los pocos con nombre propio, conocido por aquellos que no eran iniciados. Su estilo era exuberante. Se hacían notar en cada aparición pública. Él mismo era su propio producto y su mejor agente de prensa. Sus historias era impactantes. Mezclaban tensión con sexo y hacían hablar por meses de sus temas al público y a la prensa. Sus comienzos fueron como periodista de la Rolling Stone. Una de sus crónicas hecha libro se convirtió en finalista de los National Books Awards. Luego pasó al cine. Escribió el guión de F.I.S.T. dirigida por Norman Jewison y protagonizada por Sylvester Stallone. Después del estreno, le pagaron casi 100.000 dólares por hacer lo inverso a lo que se suele hacer: escribir la novela basada en el guión (misteriosamente era una práctica usual y bastante efectiva en los años setenta). De ahí en más, la carrera de Ezsterhas despegó. Su consagración llegó con el guión de Flashdance en 1983. Su estilo estentóreo llamaba la atención. Su especialidad serían los thrillers con carga sexual. Al filo de la Sospecha, Traicionados, Sliver. La fórmula a veces funcionaba mejor y a veces no tanto pero el público respondía a sus historias tensas y de alto impacto. Una de sus mayores habilidades era la de negociar excelentes contratos. Conseguía que los productores pagaran mucho por sus guiones pero también por sus ideas. Llegó a vender drafts de apenas un par de páginas por más de un millón de dólares. Eso, claro está, después de su gran éxito: Bajos Instintos. A partir de esa película se convirtió en el Rey de Hollywood.

Showgirls, Elizabeth Berkley
Gina Gershon (cuyo papel iba a ser para Maddona) y Elizabeth Berkley - Shutterstock

Hasta allí los guionistas eran personajes marginales de la meca del cine. Aquellos que estaban para ser descartados, artesanos respetados y hasta admirados, o a lo sumo los que protagonizaban buenas historias en sus pujas con los productores. Como Herman Mankiewicz del que habla la reciente Mank. O como Ben Hecht del que se cuenta que logró que Lois B. Mayer le pagara 5.000 dólares por semana -en tiempos en que una buena casa en Los Ángeles salía 20.000 dólares-, un salario a la altura de las grandes estrellas; Hecht también exigió y obtuvo porcentaje de las ganancias de sus películas y exigió una última cláusula que el magnate del cine aceptó: Mayer no podía dirigirle la palabra, si eso sucedía el contrato quedaba rescindido y debía ser pagado en su totalidad. Para el cumpleaños de Hecht, Lois B.Mayer lo llamó por teléfono. El productor lo saludó y le aclaró que no era una charla laboral sino social; Hecht le dijo que había incumplido el contrato y cobró todo el dinero sin trabajar.

Eszterhas podía protagonizar anécdotas de este tipo (y otras más borders también), negociaba sus contratos con el mismo salvajismo pero además había logrado salir en las tapas de las revistas. Su mejor negociación fue por Showgirls. Cobró 4 millones de dólares, una cifra récord para un guionista. Pero no sólo consiguió eso: su nombre aparecía primero en los créditos. Algo también inédito.

Ese exceso de poder, ese exhibicionismo hizo que los prejuicios hacia la película fueron múltiples. Alguien escribió un tiempo después: “La verdadera polémica de Showgirls, lo que intrínsecamente molestaba de ella no eran la carga sexual, los desnudos o las actuaciones. Lo que molestaba era el lugar de estrella superada del guionista”.

Showgirls, Elizabeth Berkley, Paul Verhoeven
Elizabeth Berkeley y el director Paul Verhoeven- Shutterstock

La dupla Verhoeven-Ezsterhas parecía invencible. Pero ninguno de los dos estaba demasiado convencido de volver a trabajar con el otro después de Bajos Instintos. Habían tenido varios roces y ambos querían el protagonismo para ellos solos. Cuando todo parecía encaminado, el día en que el productor brindaría una gran fiesta en su casa de Beverly Hills con sushi, champagne francés y una banda de mariachis, Eszterhas y Verhoeven se juntaron a almorzar en un hotel de lujo de Los Ángeles. La charla fue amable, ambos reían y recordaban viejas anécdotas hasta que Verhoeven objetó algunas líneas argumentales del guión. Eszterhas le dijo que no se tocaba ni una coma. Verhoeven le recordó que él era el director y que si se negaba pediría al estudio que otro guionista metiera mano. Eszterhas se ofendió y, levantándose de la mesa, le dijo que retiraba su guión. El productor enterado del fracaso del almuerzo y de que su proyecto agonizaba estaba preocupado por algo más urgente: los mariachis ya estaban contratados y el sushi comprado. La fiesta se hizo igual aunque no hubiera película para anunciar. Entre los invitados había estrellas, mujeres jóvenes que buscaban una oportunidad y varios periodistas. Eszterhas y Verhoeven, también presentes, se evitaron durante toda la noche. Cada uno estaba en una punta opuesta de la mansión. Hasta que el alcohol hizo efecto y el director se acordó al guionista para ofrecerle hacer las paces. Con los mariachis de fondo se abrazaron y Showgirls comenzó su camino pero con un detalle que produciría consecuencias: el guión no se tocaba.

Con el casting siguieron los problemas. Cada nombre que era tirado sobre la mesa no conseguía más de un voto. A veces era Verhoeven, a veces Eszterhas, en ocasiones el estudio. Cada uno quería imponer su visión o su capricho. La lucha de egos continuaba. Pero no parecía importar. ¿Qué podía salir mal? Era la dupla creativa de Bajos Instintos reunida otra vez con mucho sexo de por medio. Para el papel que finalmente recayó en Gina Gershon la candidata era Madonna. Pero el guionista no la aceptó porque la diva quería también retocar el guión. Para el protagónico se barajaron los nombres de Drew Barrymore y de Sharon Stone. A Drew la rechazó el director porque no sabía bailar. A Sharon, todos. Querían demostrar que el éxito les pertenecía; que lo que hicieron con ella, la manera en que se encumbró no era mérito suyo, sino del vehículo que ellos dos le habían proporcionado.

Showgirls, Elizabeth Berkley
Kyle Maclachlan y Elizabeth Berkley, la pareja de Showgirls - Shutterstock

La elegida fue Elizabeth Berkley, una joven y hermosa actriz que había sido una estrella juvenil a través de su papel en el suceso televisivo Saved by the Bell. Para ella Showgirls era una enorme oportunidad. Creía que le permitiría en un solo movimiento superar dos obstáculos casi insalvables para la mayoría de los actores. Por un lado confirmar como adulta lo que consiguió de adolescente; por el otro, superar un éxito televisivo y convertirse en figura del cine. El mejor camino parecía además hacerlo a través de un papel con fuerte carga sexual: ya nadie la confundiría con una cándida adolescente, se la tomarían en serio. Pero ya sabemos cómo terminó todo. Las críticas fueron especialmente crueles con su labor. No sólo atacaron su actuación. Se burlaban de sus movimientos, de los pretendidamente sensuales movimientos de labios y de cualquier otro gesto que ella hiciera en pantalla. Todo parecía sobreactuado, una mala parodia de una stripper que intentaba afirmarse en Las Vegas. En el tornado de negatividades en el que se convirtió Showgirls ni siquiera se salvó su incontrastable belleza. Este fue su único protagónico. Su carrera se desmoronó. Siguió (sigue) batallando con pequeños papeles en series o en películas menores. Pero su posibilidad de ser una figura se difuminó en la estela del desastre de Showgirls. Es probable que la más perjudicada haya sido ella. Verhoeven, en un gesto noble, se atribuyó los problemas actorales de Elizabeth. Dijo que ella sólo hizo lo que él le había pedido.

Antes del estreno hubo tiempo para una polémica más. La película fue calificada como NC-17, la categoría que reemplazaba la antigua X. Sólo para adultos. Una categoría que suele ser un pésimo augurio para la carrera comercial de un film. Tanto es así, que Showgirls era la primera gran producción que se estrenaba con un NC-17. Pero los productores no se preocupaban. Era una táctica más. Para ellos eso demostraba que el nivel de las escenas sexuales, el tenor de lo prohibido de su producto no había sido alcanzado antes. Creyeron que no necesitaban más que eso. Que habían obtenido lo que buscaban: publicidad intensa y gratuita.

Sin embargo, la ilusión no pasó del día de estreno. De nada sirvió el sugerente afiche, los antecedentes de la dupla creativa ni el gancho de las escenas sexuales. Las críticas fueron contundentes. Se dividían entre las malas, las terribles y las atroces.

Uno de los críticos para hablar del nivel del guión recordó el origen húngaro del guionista: “En este película quedó claro que el inglés es tan sólo el segundo idioma de Ezsterhas”, escribió con iguales dosis de ingenio y maldad. Hubo quienes no trataron de ser originales pero sí contundentes: “La peor película de la década”, “Un bodrio incomprensible”, “Es imposible ser más bajo, vulgar y rastrero” (esta frase es de la crítica de la influyente Variety). Alguien se preguntó cómo se pudo haber filmado (y llegado a estrenar) algo así.

Paul Verhoeven en los Globos de Oro de 2017, cuando ganó con Elle a la Mejor Película Extranjera. REUTERS/Mario Anzuoni
Paul Verhoeven en los Globos de Oro de 2017, cuando ganó con Elle a la Mejor Película Extranjera. REUTERS/Mario Anzuoni

Kyle MacLachlan, el protagonista masculino, vio la película por primera vez el día del estreno. Sus sensaciones mientras avanzaba Showgirls debe ser inédita en la historia del cine: “Estaba atónito. Me decía a mí mismo: ‘Esto es horrible, esto es horrible’. Me iba hundiendo en la butaca. En la primera escena pensé que era una pésima escena pero me convencí que después sólo le quedaba mejorar. Pero sólo empeoraba. Más y más. Fue una sensación extraña, muy extraña”.

Después del estreno y del escarnio, una periodista le preguntó a Ezsterhas que se sentía ser la persona más vilipendiada de todo Estados Unidos. “¿Más que O.J.Simpson?”, preguntó él sinceramente intrigado. “Al menos a él lo declararon inocente”, respondió la mujer.

Eszterhas tampoco pudo recuperar su carrera. Ya no consiguió éxitos. Dirigió algún proyecto fallido y sus guiones ya no escandalizaron a nadie y dejaron de interesar a los directores (y al público). Verhoeven se recompuso rápido con Starship Troopers. Luego, volvió a sus años holandeses con The Black Book y Elle, otras dos grandes películas

Toda la polémica generada a través de la calificación, de la figura estrambótica de Eszterhas, de los desnudos, de las escenas sexuales en vez de potenciar al film lo hundió. No logró ni siquiera recuperar su costo: nadie estuvo interesado en ver la película. En realidad esa frase necesita reformularse: nadie estuvo interesado en ver la película en el cine. Porque el film batió records en lo que recolectó por alquileres hogareños. En ese rubro sus ingresos duplicaron los 45 millones que se habían invertido en el presupuesto original.

Joe Eszterhas
El guionista Joe Eszterhas y su esposa Naomi en 1997. Shutterstock

La trayectoria de la película, su vida después del fracaso estrepitosa en las salas fue lenta pero ascendente. Pasó por distintas etapas. Consumo irónico, placer culpable, reconsideración crítica, hasta llegar a su status actual de clásico de culto.

El año pasado se estrenó You don´t Nomi, un documental que con material de archivo relata el extraño derrotero del film. El periodista Adam Nayman contribuyó a la reconsideración crítica con un libro simpático e inteligente al que gráficamente tituló It doesn´t suck. Showgirls (algo así como No es una mierda. Showgirls).

Pasado un cuarto de siglo, asordinada la polémica y olvidados los avatares de su producción, Showgirls no parece ni tan mala como la crítica asentó con unanimidad ni tan buena como sostienen sus fanáticos. Unos y otros, como suele suceder, surgieron de la atracción que provocan las posiciones extremas más que de la propia película, de sus debilidades (en este caso excesos) y virtudes.

Joe Eszterhas tiene razón. Tal como afirma en su muy entretenido libro de memorias Hollywood Animal, Showgirls hizo historia en Hollywood. Está en un lugar muy especial, un sitio al que accedieron muy pocas películas: Ishtar, Cleopatra, Waterworld o Heaven´s Gate. Son muy pocas películas las que logran transformarse en colosales, magníficos, inolvidables desastres.

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