Antes de asesinarlos, Hitler ofreció vender medio millón de judíos a 32 países

Fue la insólita forma que encontró el líder nazi para obtener un rédito económico para expulsarlos de Alemania. Casi todas las naciones rechazaron esto. El führer continuó con sus macabros planes: su régimen asesinó a seis millones de personas en los campos de concentración

Adolf Hitler, el hombre que ordenó el asesinato de seis millones de judíos. Shutterstock
Adolf Hitler, el hombre que ordenó el asesinato de seis millones de judíos. Shutterstock
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“Se vende hombre, mujer o niño judío en 250 marcos; hombre judío en 250 dólares; familia numerosa: mil dólares”

Este aviso apareció en los diarios alemanes en pequeña tipografía y en esos rincones que nadie suele mirar... la pequeñez era parte del misterio.

La oferta era horrorosa: medio millón de judíos al mejor postor.

Y fue directa: en una carta de Adolfo Hitler a Franklin Roosevelt.

Este, extrañamente, reenvió copias a treinta y dos naciones: todas la rechazaron, excepto algunas piadosas familias que adoptaron a los niños.

En realidad, la suerte del pueblo de Moisés ya estaba echada.

Al principio de los años veinte, un millonario obeso, alcohólico y fanático, Rudolf von Sebottendof, era todavía la cara invisible de Hitler. Dedicaba todas sus horas al ocultismo, y en especial al origen de la raza aria, encarnación de los mitos y leyendas escandinavos (el huevo de la serpiente).

Rudolf von Sebottendorf
Rudolf von Sebottendorf, el hombre que potenció a Hitler, en 1920

Pero no sabía cómo llegar a las almas alemanas: carecía absolutamente del don de la oratoria.

Herr Adolf necesitaba un enemigo y lo encontró en los judíos. Sebottendorf descubrió en Hitler, jefe del partido nazi, a su hombre providencial.

El partido nazi ya había tenidos sus horas de gloria, pero ahora estaba en decadencia, con su führer preso por incitación a la violencia, y convertido en un harapo.

Sebottendorf aprovechó los tumultos callejeros para liberarlo. Al salir de entre rejas era no menos que un vagabundo. Pero todo tenía arreglo... Lo vistió con ropas nuevas y elegantes, cambió su peinado -ahora como recién salido de la mejor peluquería- y usó sus dotes de orador fanático y sus gestos de loco para cautivar otra vez al pueblo.

En una conferencia secreta del partido nazi a orillas del lago Leman, el primer punto decía: “Eliminar a los judíos. Sólo deben vivir en Alemania los alemanes arios por razones de higiene pública. En consecuencia, ningún judío puede ser ciudadano”.

Con el correr de los años, en lo más profundo de un bosque y en una mansión a todo lujo, volvió a tratarse el tema.

Con disidencias: algunos no concebían el plan de “Exterminación de los judíos en toda Europa”. Pero los carniceros se impusieron a los moderados por mayoría.

Decisión irrevocable, sí. ¿pero cómo concretarla?.

El más entusiasta era Hitler: según él, antes de matar a ese medio millón, lo mejor era sacar de ellos el mejor resultado económico.

Falló, como uno más de las decenas de errores tácticos civiles y militares de su tiranía.

Los campos de concentración se extendieron por el territorio controlado por el régimen de Adolf Hitler
Los campos de concentración se extendieron por el territorio controlado por el régimen de Adolf Hitler

Opciones: sacarlos de Alemania por la fuerza... y después se verá.

El primero de abril de 1933 empezó la detención y el asesinato de judíos. Se creó la llamada Estación de las urnas. Cada esposa recibía las cenizas de su marido con una carta: “Ha muerto de una crisis cardíaca. Debe 350 marcos por gastos de expedición”.

En octubre de 1938 nació la primera deportación en gran escala: doce mil judíos polacos, previo saqueo de sus casas, muebles, cuadros, recuerdos familiares.

El engaño está todavía en las puertas de Auschwitz: “El trabajo dignifica”, fue la sombría lápida de seis millones de ese pueblo que había soportado las mil y una persecuciones y matanzas desde que huyeron de la esclavitud en Egipto, afrontando más calamidades y sacrificios humanos.

Y los tres hombres ideales estaban allí, en esa mesa de criminales: Himmler, Eichmann y Goebbels.

Eichmann, el que años después fue capturado en un suburbio de la provincia de Buenos Aires por el Mossad, el servicio secreto israelí, juzgado y ahorcado, era el jefe de oficina: organizaba la red de trenes, rutas y horarios hacia los campos.

Himmler trazó el plan de apresamientos y traslados de judíos en vagones de ganados, e inventó “métodos para matar a más en menos tiempo”.

Y Goebbels, un joven que quería vestir uniforme a toda costa, pero rechazado por su notoria renguera, se convirtió en el siniestro jefe de propaganda.

Adolf Hitler saluda a las tropas alemanas durante un desfile en Viena, Austria, su país de origen. theconversation.
Adolf Hitler saluda a las tropas alemanas durante un desfile en Viena, Austria, su país de origen. theconversation.

El primer día de octubre de 1946, en Nuremberg, un alto tribunal internacional condenó a la horca a once nazis de la plana mayor.

Terminaron colgando de una soga: una de las imágenes que más los excitaba en los aterradores campos de la muerte, los aterradores campos que nunca, nadie, ni en la peor de las pesadillas, fue capaz de imaginar.

Post scriptum: se calcula que al menos un tercio de judíos ostentan otros tantos premios Nobel, sobre todo en física, química, medicina y literatura. ¿A cuántos más se llevó el odio? ¿A cuántos posibles genios los enterraron las topadoras cuando solo eran piel y huesos?

Fuente: los trabajos del escritor y periodista húngaro-americano Hans Habe.

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