
“Aquel que cree disturbios en su casa heredará el viento, y el tonto se convertirá en el sirviente del sabio de corazón” (Libro de los Proverbios 11:29, palabras del Rey Jacobo)
Como cada día de junio, Dayton, Tennessee, dos mil almas, amaneció ese lunes de 1925 como envuelto en un vaho de plomo fundido.
A las diez de la mañana, el maestro de escuela secundaria John Thomas Scopes, de 24 años, profesor de biología, álgebra, química y física, desplegó en el pizarrón de su aula en el Rhea Country Central High Schooluna una lámina que mostraba la evolución del hombre desde un pequeño simio que reptaba sobre sus cuatro extremidades hasta un espécimen mayor, erguido y caminante, de evidente e indiscutible parecido a un ser humano.
Incluso, parecido a cualquiera de los habitantes de Dayton, aunque muchos ellos, a partir de ese día, dudosamente se asemejarían al homo sapiens. En especial, por la segunda palabra…
Casi siete décadas antes, en 1859, el científico y naturalista inglés Charles Robert Darwin (1802–1889) sacudió la colmena humana con su libro El Origen de las Especies, que postulaba la evolución y la selección natural –adaptación al medio, supervivencia de los más fuertes– como clave de cuanto ser vivo nacía, crecía, se reproducía y moría en el planeta Tierra.
Sin saberlo, el inocente Scopes violó esa mañana el Butler Act, que consideraba "ilegal en todo establecimiento educativo del estado de Tennessee cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del Hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores".
Tres días más tarde, Scopes estaba preso, y lo esperaba el banquillo de los acusados. Pero nadie, en el ignoto Dayton y en el mundo, imaginó que aquella clase y aquella lámina eran el principio de un huracán.
El juicio enfrentó a dos abogados de lujo: William Jannings Bryan, tres veces candidato presidencial –y fanático religioso– por la acusación, y una estrella de su tiempo, Clarence Darrow, por la defensa, notorio por sus victorias ante casos perdidos de antemano. Casi un mito del foro.
El juicio empezó el 10 de julio de 1925 sin que el brutal verano diera tregua. Ya en el tribunal, y contra la rígida costumbre de la época, ambos abogados lograron permiso del juez de la causa, John Raulston, para despojarse de sus sacos y recibir, desde el perezoso y vetusto ventilador de techo, una brizna de aire…
Juez que enfrentó otro problema inicial y no menor. Partidario, como casi todo el pueblo, de William Bryan, le otorgó el título de coronel honorario de la milicia local. ¿Qué menos para el caballero cruzado que defendería la Palabra Sagrada contra el diabólico ateísmo sembrado por Scope en el aula y las almas de sus alumnos?
Por supuesto, Darrow protestó:
–¿Por qué este privilegio? Para el jurado y el público, el “coronel” Bryan es alguien superior a su rival. Lo enaltece, al mismo tiempo que disminuye mi figura.
El juez vaciló unos minutos ante el irrefutable argumento, y sacó de la galera la leyenda del rey Salomón y las dos mujeres que se atribuían la maternidad de un niño:
–Bien. Entonces, por el derecho que me asiste, nombro también coronel honorario de la milicia local… ¡al abogado Darrow!
Y reinó (aunque por poco tiempo), la paz…
Afuera, entretanto, las calles y las plazas se convertían en un circo. Los gritos de vendedores de helados y de limonada se confundían con los hosannas y aleluyas de los místicos, los insultos contra Scopes y Darrow… “¡enviados del demonio!”, los cánticos religiosos a coro, y el agitar de carteles con monos burdamente pintados y la leyenda “Este no es mi padre”. Alguien, incluso, se atrevió a pasear, enjaulado, a un pobre mono flagelado por los gritos y el calor…
Ante la insólita noticia –no había en la historia del país un antecedente semejante–, un diario de Nueva York designó a un enviado especial encargado de escribir sobre el caso, y transmitir por teléfono cada instancia del proceso, que en el otro lado de la línea, y conectado a un parlante, llegaba al público –cada vez más numeroso– reunido en la calle.
Para entonces, el caso Scopes, ya bautizado y entrando en la historia como “El juicio del mono”, era una guerra sin armisticio posible entre quienes creían ser hijos de la evolución, y los creacionistas, que se negaban a admitir que habían salido “de una inmunda charca, un pestilente caldo de insectos y gusanos, y no de las dulces manos de Dios nuestro señor”, como se oyó decir a uno de los testigos.

En realidad, el juicio fue una farsa, una trampa armada para derrotar a Darrow, “el mayor ateo del país” (novedoso título adquirido durante los debates) y demonizar al maestro desde furiosas pancartas: “¡Scopes, arderás en el Infierno!”.
El juez fue cómplice absoluto de los creacionistas. Prohibió comparecer a los científicos, biólogos, geólogos y cuantos expertos presentó la defensa, mientras la muchedumbre –trescientos adentro, más de mil afuera– vitoreaba el nombre de Dios.
Pero Darrow, también defensor de pobres, obreros, homosexuales, víctimas del poder, sacó su último as de la manga:
–Muy bien, Bryan. Entonces jugaremos en su terreno.
Y ante el asombro de todos, lo llamó al estrado.
–¿Usted es experto en la Biblia?
–Absolutamente. Conozco todas y cada una de sus palabras.
–Ante una duda, ¿qué hace?
–Consulto al Señor, y él me responde.
-Señores… ¡Dios habla con Bryan! ¡Les presento al profeta de Nebraska!
Se oyeron algunas risas…
–¿Todo cuanto dice la Biblia debe ser interpretado literalmente?
–Así es.
–(Mostrándole un objeto) ¿Qué edad tiene esta piedra? La ciencia dice que algunos millones de años…
–No me interesa la edad de las rocas sino la Roca de las Edades. Pero es imposible. Tiene menos de seis mil años, porque el buen obispo James Usher fijó la fecha de la Creación: el 23 de octubre del 4004 antes de Cristo a las nueve de la mañana.
–¿Hora del este o del oeste?
Más risas en la sala.
–¿Ese primer día tuvo veinticuatro horas?
–La Biblia dice que fue un día.
–Pero era imposible medir el tiempo. ¿Un día de veinticuatro horas, de treinta, de un mes, o de millones de años?
–No lo sé. Fueron períodos.
–¿Pudieron abarcar mucho tiempo?
–Tal vez…
Darrow vio la luz del triunfo. Le preguntó a su rival si era posible, según la Biblia, que el sol se hubiera detenido.
–Si el Señor quiso que se detuviera, se detuvo.
–Pero si así fue, los mares se hubieran enloquecido, y hasta las montañas se hubieran chocado entre sí. ¿Cómo se les escapó esa catástrofe? ¿Por qué la Biblia no lo menciona?
El duelo entre los dos abogados –amigos desde hacía muchos años–, siguió inclinándose a favor de Darrow con preguntas sobre la leyenda de Jonás y la ballena, el Diluvio Universal y otros misterios de respuesta imposible. En un cuarto intermedio, Bryan abandonó el estrado. Era diabético, comía con hambre de náufrago, y puesto que para los creacionistas era el paladín de Dios en la Tierra, lo invitaban a constantes agasajos y comilonas que agravaron su estado.

El martes 25 de julio de 1925, Scopes fue declarado culpable por un jurado de absoluta mayoría creacionista. Pero ante la ausencia de antecedentes –era el primer caso de ese tenor–, no fue a prisión. Se lo penó con una multa de cien dólares, más tarde reducida… apenas a un dólar. Con un triste final. Cinco días después, domingo, Bryan se acostó para dormir la siesta, y pasó del sueño a la muerte.
El papelón había sido demasiado grande, y cruzó fronteras: en los últimos tramos del juicio hubo periodistas europeos y norteamericanos. Costaba entender una pugna semejante entre Fe y Ciencia… a 472 años de las primeras hogueras de la Inquisición contra “herejes, brujos, hechiceros”, 292 del juicio contra Galileo Galilei por sostener la teoría de Copérnico (“La Tierra gira alrededor del Sol”), y 242 de los veinte ahorcados en Salem, Massachusetts, por “brujería y tratos con Lucifer”.
Scopes siguió enseñando hasta su muerte, en 1970. Fue enterrado en Louisiana con el rito católico por voluntad de su mujer y sus dos hijos. Porque tal fue la paradoja. En Dayton, ese pequeño pueblo sureño, jamás antes hubo un conflicto entre creyentes y ateos. Todos, casi sin excepción, eran devotos del Señor, más allá de los matices entre mormones, Testigos de Jehová , episcopales, adventistas, etcétera. El mismo Scopes, la víctima propiciatoria puesta en la picota por exhibir una lámina sobre la evolución, era cristiano, y también lo era el grupo de alumnos que lo defendió y fue marginado por el ciego fanatismo del resto.
Lo que fue apenas un malentendido pueblerino, acabó en un gran grotesco incluso con episodios de violencia: palos, piedras y puños de los enemigos de Darwin –aunque el ochenta por ciento de las almas de Dayton ignoraba su existencia– contra los “diabólicos” evolucionistas.
(Post Scriptum: el caso Scopes, el juicio del mono, inspiró una obra de teatro: Heredarás el viento, de Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee, estrenada en Broadway en enero de 1955. En 1960, el director Stanley Kramer la adaptó fielmente para el cine, con el mismo título, y Spencer Tracy y Frederic March como los abogados. Candidata a cuatro Oscar, generó en 1999 una versión para tevé con Jack Lemmon y George Scott. Ambas, más que recomendables: imprescindibles)
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