Perry Smith, uno de los asesinos con los que entabló una relación Truman Capote para su libro A sangre fría (Sundance TV)
Perry Smith, uno de los asesinos con los que entabló una relación Truman Capote para su libro A sangre fría (Sundance TV)

“Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”. Deuteronomio 19,21. La ley del Talión. Rigió por siglos. Las sociedades modernas han pretendido superarla. Con complejos sistemas jurídicos, órganos jurisdiccionales, entes de contralor y diversos medios punitivos. A pesar de eso la pena de muerte se ha aplicado ininterrumpidamente desde hace milenios. La costumbre persiste. Creencias religiosas, fundamentos éticos y argumentos racionales se han opuesto a su aplicación. En algunos países se ha erradicado. En otros se sigue aplicando.

Hasta fines de la Segunda Guerra Mundial, las ejecuciones se celebraban públicamente. El escarmiento debía ser conocido por todos. Era un espectáculo que el estado brindaba. Un espectáculo con mensaje al ciudadano: “Acá mando yo y a usted le puede pasar lo mismo”. En los últimos 50 años, los testigos de estas ejecuciones son escasos y están vinculados a las víctimas (del delito y de la pena capital) y a los ejecutores. Ningún estudio ha podido demostrar fehacientemente los efectos disuasorios de la pena capital. En ningún país del mundo, su instauración provocó bajas en los índices de criminalidad.

Los métodos de ejecución se sofisticaron con el correr de los años. Lapidación, guillotina, horca, fusilamiento, envenenamiento, silla eléctrica, cámara de gas, inyección letal.

Una de las cuestiones más debatidas de la filosofía del derecho es la naturaleza de la pena. ¿Qué finalidad tiene una pena? Las respuestas posibles son conocidas: la retribución, el castigo, la prevención, la sanación y hasta la venganza. Pero cuando se trata de la pena de muerte, la cuestión se vuelve más delicada todavía. Lo que se cercena no es una de las facultades y atributos del hombre –su libertad-, sino directamente se le quita la vida. La decisión es irreparable y no admite revisión posterior.

Una ejecución no es simplemente muerte (…) añade a la muerte una ley, una pública premeditación conocida por la futura víctima, una organización que, en sí misma, es una fuente de sufrimiento moral más terrible que la muerte –escribe Albert Camus-. La pena capital es el más premeditado de los asesinatos, que no puede ser comparado con ningún acto criminal, por más terrible que sea”.

Truman Capote y Norman Mailer compitieron toda su vida. Ambos tenían el don de la escritura y del escándalo. Capote, homosexual, chismoso, paralizado con sus Plegarias atendidas durante dos décadas. Mailer, abonaba a cada paso el mito del macho bravío, sus borracheras legendarias, el entrenamiento de boxeador, trabajador denodado, escritor prolífico. Mailer y Capote escribieron, cada uno, su libro de asesinos ejecutados. Dos obras maestras de la non fiction. Capote se atribuía la invención del género, Mailer se llevó el Pulitzer.

En A sangre fría, Capote relata el crimen de una familia sureña, de Holcomb, a manos de dos delincuentes que finalmente son apresados y condenados a la pena de muerte. Capote se trasladó al lugar de los hechos y entabló una relación con los dos convictos. En especial con uno de ellos, Perry Smith.

El sistema judicial norteamericano ostenta un complejo sistema de apelaciones que permite que luego de la condena, con abogados hábiles, puedan pasar varios años antes de que se haga efectiva. Aun cuando la Corte Suprema rechace los recursos, los abogados pueden presentar otros y nuevamente la rueda comienza a girar, permitiéndole al reo alargar su vida. Siempre queda una última alternativa, el pedido de clemencia al gobernador. En el caso de Richard Hickock y Perry Smith, su ejecución se postergó en tres oportunidades. Llevaban ya dos mil días confinados en el Pasillo de la Muerte. Los frágiles nervios de Capote no soportaban la incertidumbre. Le había tomado estima a Smith, pero su libro estaba primero. Sin lugar a dudas. Y ese libro, su libro, su obra maestra requería un final, aceptaba un solo final: la muerte de los dos asesinos.

Richard Hickock (Sundance TV)
Richard Hickock (Sundance TV)

El día llegó. 22 de junio de 1965. Un tinglado despojado, a la medianoche. Al fondo, una tarima y las dos sogas atadas de una viga. Veintiún invitados, entre ellos Capote. El verdugo, con traje oscuro cruzado, sombrero texano y traído desde Missouri a cambio de 600 dólares de honorarios.

El primero en entrar fue Hickock. Lo de rigor, la lectura de la sentencia, la oración del sacerdote. Hickock preguntó algo al guardia más cercano. Lo hizo en un susurro. El guardia le contestó en voz alta: no había ido nadie de la familia de las víctimas, los Clutter. Capote apunta: “Al contestarle que no, el prisionero pareció contrariado, como si pensara que el protocolo de aquel ritual de venganza no hubiera sido respetado”. Después Hickock pronunció sus últimas palabras: “Solo quiero decir que no les guardo rencor. Me están enviando a un mundo mejor de lo que éste fue para mí”. Se abrió la trampa a sus pies. El cuello se fracturó. Veinte minutos después, el médico de la prisión confirmó su muerte.

Quince minutos pasaron e ingresó Perry Smith. Masticaba un chicle. Se lo veía desenvuelto y malicioso. Tomó aire y dijo tímidamente, como reflexionando, buscando las palabras: “Pienso que es una cosa infernal quitar la vida de este modo. No creo en la pena de muerte ni legal ni moralmente. Puede que hubiera podido contribuir en algo… No sirve de nada que pida perdón por lo que hice. Hasta está fuera de lugar. Pero lo hago. Pido perdón”. Luego, solo abrió la boca para escupir el chicle. Subió los escalones y puso dócilmente el cuello entre la soga anudada.

El asesino al que se dedicó Norman Mailer en La Canción del verdugo se llamaba Gary Gilmore. La ejecución se llevó a cabo el 17 de enero de 1977 en la Penitenciaría estatal de Utah. Gilmore gozaba de libertad condicional y en esos nueve meses de libertad cometió varios delitos, entre ellos dos homicidios atroces. La notoriedad de Gilmore no se debió a sus crímenes, ni a su juicio. Después de la condena hizo lo que ningún otro condenado a muerte. Desechó toda posibilidad de apelación. Él no iba a pasar por el Pasillo de la Muerte.

Gary Gilmore (AP)
Gary Gilmore (AP)

Un salón a oscuras. La única luz apuntaba directamente a una pequeña tarima con una silla destartalada. Amarrado a ella, Gary Gilmore. Frente a él, una mampara con orificios. Por ahí iban a dispararle. Los tiros no tenían autor. A las espaldas de Gilmore, un colchón para evitar el rebote de las balas. Habían improvisado el lugar para la ejecución (como en todas las ejecuciones, en cualquier lugar, en cualquier tiempo). Gilmore estaba animado. Bromeaba con los guardias y saludó con una sonrisa y un guiño a los que llegaban a presenciar su muerte. No les podía estrechar la mano, estaba atado.

El público no podía superar una línea blanca pintada en el piso para acercársele. Pidió hablar con uno de los periodistas presentes. Se lo acercaron. Con un leve movimiento de cabeza le señaló uno de sus bolsillos. El periodista metió la mano y sacó un reloj. Gilmore pidió que se lo hiciera llegar a su novia, Nicole. “No sé qué estoy haciendo acá”, le dijo el periodista. “Ayudarme a escapar”, le contestó. No rieron. Ninguno de los dos. El periodista sabía a qué se refería Gilmore: que él, Norman Mailer, contara su historia con total honestidad.

Un guardia repartió algodón para los oídos de los presentes. Nadie se los puso hasta que le preguntaron al condenado si deseaba decir sus últimas palabras. Gilmore dijo una última palabra. Solo una: “Procedamos”. Como siete años antes dijera un general argentino secuestrado.

Todo era silencio y espera. Hasta que sonó el teléfono que colgaba de la pared. Era la última confirmación.

Alineémonos. Uno. Dos. Tres.

La cabeza de Gilmore cayó sobre su pecho. La sangre se deslizó por sus piernas y formó un pequeño charco oscuro alrededor de sus zapatillas.

Para la pena capital se prescribe un ritual previo para los ejecutados. La visita de sus seres queridos, una última cena en la que elige el menú, un último cigarrillo, la asistencia espiritual. La historia y la literatura recuerdan pocos casos de individuos que hayan entrado en pánico en el momento final. Pero sin duda los ha habido. Es natural. Otro rito es el de las últimas palabras.

James Randall Rogers
James Randall Rogers

Están quienes hasta el último instante conservan intacta su capacidad de raciocinio lógico. Y su sentido del humor. Como James Randall Rogers, condenado a muerte por el crimen y tortura de una maestra retirada de 75 años. Luego de apagar el habano que le concedieran como gracia y cuando fue consultado frente al pelotón de fusilamiento, cuál era su última voluntad, no dudó en responder: “Un chaleco antibalas, por supuesto”.

Otro buen ejemplo, fue el de Crawford Goldsby, conocido como Cherokee Bill, quien al pie de la horca al preguntársele si deseaba decir algo contestó: “No. No vine a hacer un discurso. Vine a morir”.

Esta historia que sucedió en el sur de la Argentina la da a conocer Osvaldo Bayer en su monumental La Patagonia Rebelde. Juan Esteban tenía quince años y era correo de los huelguistas. Lo apresaron soldados del 10 de caballería. Ese regimiento lo comandaba el capitán Viñas Ibarra. De nada valieron los pedidos de clemencia de los pobladores, ni la corta edad del chico. El capitán ordenó el fusilamiento inmediato. Juan Esteban conservó el temple. Lo único que aumentó fue su sensación de injusticia y la furia. Parado ante el pelotón, clavó sus ojos en la figura de Viñas Ibarra. Cuando éste dio la orden de disparar, Juan Esteban le gritó, con todas sus fuerzas: “¡Asesino!”. Un balazo le partió la lengua.

Arthur Koestler en su Reflexiones sobre la pena capital cuenta el caso de otro chico: “En 1801, Andrew Brenier, de once años, fue ahorcado en público por introducirse en una casa forzando la entrada, y robar una cuchara. El juez explicó así las razones por las cuales rehusó toda conmutación de pena: ‘Todas las circunstancias de esta estafa demuestran, por parte del culpable, una destreza e inventiva muy por encima de su edad. Por consiguiente, aunque condenar a un niño de once años pueda parecer cruel, hay que hacerlo porque el ejemplo que significa tal castigo servirá para impedir a otros niños a cometer crímenes semejantes”.

Dos damas que pasaron por el patíbulo fueron Ana Bolena y María Antonieta. Ambas demostraron que aún en los peores momentos conservaban su femineidad y elegancia. Ana Bolena se dirigió respetuosamente al verdugo que la iba a decapitar: “Señor, me han dicho que usted sabe muy bien su oficio. De todos formas, no le daré trabajo, tengo un cuello muy fino”. Por su parte, María Antonieta había llegado a la guillotina acusada de traición. Su frase final fue: “Perdóneme, señor”. Se la dirigió al verdugo. Lo había pisado sin querer mientras se dirigía a ser decapitada.

Ana Bolena (La Otra Reina Maldita de Cristina Morató)
Ana Bolena (La Otra Reina Maldita de Cristina Morató)

Los revolucionarios franceses despedían en la guillotina a los enemigos de la Revolución. La actitud del aristócrata Henri de Xavière no tuvo demasiados imitadores en esos tiempos de odios y venganzas. Ya sobre el patíbulo, le preguntaron si deseaba tomar una copa de vino como última voluntad. La rechazó. “Muchas gracias, pero no debo. Cuando tomo pierdo la cabeza con facilidad”.

En la misma época, un detenido en La Bastilla fue llamado para ser ejecutado. Pidió unos minutos más para finalizar un capítulo del libro que estaba leyendo. Le fue concedido. Ya con los carceleros en la puerta de su celda, se levantó con calma de su catre para acompañarlos, no sin antes doblar la punta de la última página del libro que estaba leyendo para marcar hasta donde había llegado en su lectura.

A Robespierre, el principal impulsor de esta depuración, con el cambio de los vientos políticos también le llegó su turno. Intentó suicidarse de un balazo antes de ser apresado. Pero el disparo no fue lo suficientemente preciso; sólo consigue partirse los huesos de la mandíbula. Sus captores lo llevaron a la guillotina el día siguiente junto a otros veintiuno que habían impulsado el terror. De Robespierre (que había dicho que la muerte es el comienzo de la inmortalidad) no se conocen últimas palabras. Solo un alarido brutal de dolor luego de que el verdugo arrancara con violencia las vendas que sostenían precariamente su mandíbula.

Las ejecuciones de los condenados a muerte en los Estados Unidos aportan profuso material. El asesino serial Carl Panzram fue fiel a sí mismo. Y no pudo dejar de lado su oficio en sus palabras de clausura. Le dijo a su verdugo, que se demoraba con la soga: “Apurate, idiota. Con lo que tardás, yo habría ahorcado ya a una docena de hombres”.

En Oklahoma, en 1966, James French fue condenado a la silla eléctrica por múltiples homicidios. Se dirigió a los periodistas presentes: “¿Qué les parece este titular para los diarios de mañana? French Fries (papa fritas)". Y largó su última risotada.

Francis Dos Pistolas Crowley era un reconocido gángster. Su destino final: la silla eléctrica. Su despedida mezcla amor y odio. Antes que bajaran la llave del interruptor llegó a decir: “Transmítanle mi amor a mi mamá… ¡Hijos de las re mil putas!”.

En la misma línea se adscribió John Garret, ejecutado en 1992: “Quiero agradecer a mi familia por todo el amor y cuidado que me brindó. El resto se puede ir a la mierda”.

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