
El principio del fin de la aventura boliviana de Ernesto Rafael Guevara de la Serna, el Che, fue un afiche pegado en las paredes de las ciudades más importantes del país.
Decía: “$b. 10.000 (diez millones de pesos bolivianos) por cada uno vivo. Estos son los bandoleros mercenarios al servicio del castrocomunismo. Estos son los causantes de luto y dolor en los hogares bolivianos. Información que resulte cierta, dará derecho a la recompensa. Ciudadano boliviano, ayúdanos a capturarlos vivos en lo posible”.
Debajo, cuatro fotos, y cuatro nombres, cada uno con una breve ficha de identidad: “Pombo – Benigno – Urbano – Inti". Y esta advertencia: “Nota.- Pueden usar barba o llevar nombres falsos”.
El 7 de octubre de 1967, dos días antes de su muerte, y luego de 22 combates librados por sus 52 hombres divididos en tres pelotones, Guevara recibe la última ayuda civil. Es una mujer de edad indefinible. Se llama Epifanía Cabrera. Es pastora de chivas. Los guerrilleros la llaman “La vieja de las cabras”. Temen que los delate. Sin embargo, les informa que están a una legua de Higueras, les da algo de comida, y se refugia en su casa del monte con su hija…

Ese día se cumplen once meses de la entrada del grupo a Bolivia. Guevara usa un seudónimo: Ramón. Le quedan apenas 17 hombres: fuerza diezmada, desconocimiento del terreno, fatiga y algunos heridos convierten la marcha en una pesadilla.
A media tarde del 9, tiroteo en la Quebrada del Yuro. Varios muertos, y el Che, herido en una pierna. Todos –incluso los muertos– son llevados a La Higuera, a dos kilómetros del lugar del combate, y tirados en el piso de una pequeña escuela.
Una vez allí, el argentino-cubano es despojado de sus pertenencias: su diario de campaña, sus documentos, un altímetro, una pistola alemana calibre 9 mm. Marca PPK Walker, una daga de acero Solingen, dos pipas, 2.500 dólares y 20 mil pesos bolivianos que los oficiales se reparten.
Ha empezado la última noche de su vida…
Tres oficiales lo tratan como a un prisionero de guerra según las normas de Ginebra: con respeto. Son el capitán Prado y los tenientes Totti Aguilera y Huerta Lorenzetti. Le dan cigarrillos, le preguntan por su familia.

Pero otros lo maltratan: el coronel Selich y los tenientes Ramos y Pérez. Selich lo insulta y le tira de la barba.
Afuera, borrachos, un grupo de soldados se burla de él. Un suboficial, Ustáriz Arce, nota que el herido respira mal, “con un ronquido”, no puede dormir, y se sienta, como si eso le permitiera llevar más aire a sus pulmones. La causa es el asma que padece desde chico, y de la que nunca se curó…
Según narra el doctor Mario (Pacho) O’Donnell en su libro Todas las vidas del Che, resultado de una minuciosa investigación, el entonces capitán de rangers Gary Prado, que habló varias horas con el prisionero, dice que Guevara se quejó:
–Me han robado mis dos relojes.
–¿Quiénes? –pregunta Prado.
–Sus hombres.
El capitán los busca, los rescata, y se los devuelve.
–Uno de ellos es el mío –explica Guevara–. El otro es de Tuma, un camarada muerto. Lo llevo para entregarlo a su familia.
–¿Cómo va a saber cuál es el suyo?
Entonces agarró una piedrita del suelo, raspó la parte de atrás, y dibujó una cruz. Según Prado, “los mandé a Cuba, pero no sé adónde habrán ido a parar”.

De pronto, furiosa, enfrenta al Che una de las maestras del pueblo, Julia Cortés, de 19 años, y le grita:
–¡¿Por qué vino de tan lejos para matar bolivianos?!
Pero luego de unos minutos de mirarlo de frente, “me pareció un hombre increíblemente bello. ¡Quedé flechada!”.
Pero mientras esto sucede, en los altos mandos del poder hay una situación tormentosa: ¿qué hacer con el Che? Porque detenido y llevado a juicio, desataría meses de protestas, manifestaciones, pedidos de libertad, etcétera. Un clavo ardiente.
Por fin, el presidente René Barrientos y el general Alfredo Ovando Candía no dudan: hay que matarlo.
La orden en clave: “Saluden a papá”.
La recibe el coronel Miguel Ayoroa Montano. La transmite al teniente Pérez Panoso. Y éste, al suboficial Mario Terán Ortuño y al sargento Bernardino Huanca: los ejecutores.
Pero, ¿cómo matarlo? Alguien sugiere que la tropa simule un motín, y en la confusión, el Che resulte muerto “por accidente”. Sin embargo, contra lo imaginado, los soldados se niegan a ser parte de esa farsa, de modo que Terán y Huanca son los únicos gatillos posibles…

También está en el escenario del final Félix Rodríguez, alias Capitán Ramos, agente de la CIA. Que entra a la improvisada celda y provoca a Guevara:
–¿Sabes quién soy?
–Sí, un traidor. –Y le escupe la cara.
Al rato suena el teléfono. Atiende Félix Rodríguez. Es el mayor Ayoroa:
–Por mandato de las más altas autoridades, cumpla con la clave 500-600.
Rodríguez, por supuesto, conoce el código secreto: 500 significa “Comandante Che Guevara”. 600, “ejecutar”. 700, “preservar la vida”.
Es la reconfirmación de la condena a muerte. De nada ha servido el argumento de Guevara al caer derrotado y herido:
–Soy el Che. No me maten. Valgo más vivo que muerto.

Testimonio de Rodríguez: “Le informé que había llegado la orden de ejecutarlo. Se puso blanco como un papel. Le dije ‘Lo siento, son órdenes del alto mando boliviano’. Calló, y un minuto después dijo: ‘Es mejor así, nunca debí haber caído preso, vivo’. Sacó una de sus dos pipas de su bolsillo. Una, de fabricación casera. Me pidió dársela ‘a un soldadito que se portó bien conmigo’, dijo. Pero en ese momento entró el sargento Mario Terán, el verdugo, y me la pidió. Pero Guevara se negó y me la dio a mí. Después siguió hablando.
–Dile a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América. Y a mi señora, que se case otra vez y trate de ser feliz.
(Nota: Esa mujer era la cubana Aleida March. La primera esposa fue la economista peruana Hilda Gadea. Los hijos del Che: Aleida, Camilo, Hilda, Celia y Ernesto).
Último acto. Terán cambia su arma por una mejor: un fusil Garand M-1, intermedio entre el de cerrojo y el de asalto, con un peine de ocho balas. Pero no se decide. Entra y sale tres veces. Sus compañeros se burlan de él…
Circulan dos versiones sobre las últimas palabras del condenado, dirigidas a Terán:
–¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va usted a matar a un hombre!
La otra:
–Dispara, cobarde, vas a matar a un hombre.
Terán retrocede dos pasos, y sin mirar al Che, dispara. Las primeras balas, en ráfaga, lo hieren en las piernas. Cae al piso gritando de dolor. Terán vuelve a tirar. La segunda tanda lo hiere en el brazo, en el hombro, y en el corazón. Unos pocos minutos después está muerto.

Hora de Bolivia: una y cuarto de la tarde.
El cadáver es llevado a Vallegrande y puesto sobre una pileta del lavadero del hospital local. Todavía tiene los ojos abiertos. El desfile para verlo dura horas. Los oficiales y soldados se reparten mechones de su pelo como botín de guerra. Al otro día le cortan las manos para identificarlo, y hacen desaparecer el cuerpo. ¿Dónde está? Enigma que dura tres décadas: sus restos y los de algunos de sus compañeros aparecen (junio de 1997) en una fosa común, cerca del aeropuerto de Vallegrande. Un mes más tarde pasan –para siempre– a una urna cubana. En Santa Clara, escenario clave de los combates contra el ejército del dictador Fulgencio Batista.
Muy lejos, el ejecutor Terán celebra una mínima victoria. Ante su insistencia casi desesperada (“¡Yo lo maté, yo la merezco!”), el hombre de la CIA le regala la pipa.
De ese día, 9 de octubre de 1967, se cumplen hoy 52 años.
Al morir, Guevara tenía 39.
Fin de la historia, comienzo del mito.
(Post scriptum. En 2017, el presidente boliviano Evo Morales, por primera vez, rindió homenaje a los soldados que capturaron al Che Guevara. Una deuda que le reclamó largamente el ejército, y que Evo cumplió… con una de cal y una de arena. Porque es un gran admirador de las ideas y la lucha del célebre guerrillero, pero no pudo darle la espalda a aquellos soldados que no sólo lo combatieron: muchos murieron en los 22 combates librados contra los más de 50 hombres del Che. Por cierto, eludió exagerar. Dijo: “Este acto es para recordar a los soldados que combatieron la guerrilla… obedientes a instrucciones internas y a la clase política de entonces, sometida a instrucciones externas”. Claro mensaje contra los Estados Unidos y la CIA. Y avanzó: “El Che vino a liberar Bolivia, tal vez a refundar, como ahora nosotros la refundamos. Ser guerrillero, si es por la patria, no es delito. Y dirigiéndose a los soldados: “Si el Che ha muerto no es culpa de ustedes. Es culpa de la CIA, y está bien documentado”. Un Evo sin fisuras).
Más sobre este tema
Últimas Noticias
Debut y despedida en Broadway: la obra que fue retirada tras una sola función y pasó a la historia como la “más fea del mundo”
El 22 de febrero de 1983, “Moose Murders” subió a escena en el Eugene O’Neill Theatre y no volvió a presentarse. El público empezó a abandonar la sala y la crítica la destrozó sin matices, convirtiéndola en un símbolo del desastre escénico

“La chica de la caja”: hacía dedo, confió en una familia con un bebé y terminó siete años esclavizada bajo su cama
En mayo de 1977, una pareja raptó a una joven de 20 años y la mantuvo encerrada en un ataúd de madera, donde fue sometida a torturas físicas y a un perverso control mental. La fachada de normalidad de sus captores ocultó uno de los casos de cautiverio más estremecedores de Estados Unidos

“Dios creó a los hombres y Samuel Colt los hizo iguales”: cuando patentaron el revólver más famoso de la historia
El 25 de febrero de 1836 quedó registrada la patente del primer revólver con un mecanismo giratorio de cinco tiros, que permitía disparar sin recargar. Por qué fue el arma preferida de los pistoleros del Oeste y la fama que le dieron las películas de Hollywood

La noche que el Congreso debatió el futuro de Isabel Perón: la trama de una pedido que fracasó y podría haber evitado el golpe
Mientras los precios y la desocupación iban en aumento, mientras crujían las internas tras el lockout patronal del 16 de febrero, la noche del 25, en el Parlamento se tejieron alianzas y traiciones. Esa noche, la Cámara de Diputados abordó la solicitud de tratamiento sobre tablas del pedido de juicio a María Estela Martínez de Perón. La maniobra no prosperó, pero la suerte de la presidenta estaba echada

Lucha libre, locura y un crimen a sangre fría: el millonario paranoico que mató de tres balazos a un campeón olímpico
John du Pont es el único millonario de la lista de Forbes que fue preso por homicidio. Estrafalario, obsesivo por los deportes y los pájaros, su vida terminó cargada de violencia




