
A lo largo de todo su papado (2013-2025), el papa Francisco se refirió muchas veces a las personas de edad. En particular durante el año 2022, dedicó varias de sus catequesis a hablar de la vejez y del rol de los adultos mayores en la sociedad.
En un mensaje titulado La vejez, recurso para la juventud despreocupada señalaba el riesgo de que las ocupaciones y preocupaciones de la vida cotidiana llevaran a una indiferencia ante las guerras, la pobreza y la injusticia.
Partiendo de la tarea que Dios encomienda al patriarca Noé, se preguntaba: “¿La vejez salvará el mundo? ¿En qué sentido? ¿Y cómo salvará el mundo la vejez?"
Había comenzado su mensaje citando palabras de Jesús (Lucas, capítulo 17): “Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos”.
Comer, beber, casarse, son “cosas muy normales y no parecen ejemplos de corrupción”, decía Francisco. “¿Dónde estaba la corrupción, allí? En realidad, Jesús destaca el hecho de que los seres humanos, cuando se limitan a disfrutar de la vida, pierden incluso la percepción de la corrupción, que mortifica la dignidad y envenena el sentido”, aclaró.
“Cuando se pierde la percepción de la corrupción, y la corrupción se vuelve una cosa normal: todo tiene su precio, ¡todo! Se compra, se vende, opiniones, actos de justicia…”, siguió diciendo y ponía como ejemplo el pedido o la oferta de dinero para acelerar procesos u obtener determinados resultados.
“El mundo de la corrupción parece parte de la normalidad del ser humano; y esto es feo”, dijo.

Y apuntaba contra la indiferencia ante esto, el mirar para otro lado: “Mientras la vida normal pueda estar llena de ‘bienestar’, no queremos pensar en lo que la vacía de justicia y amor. ‘¡Si yo estoy bien! ¿Por qué debo pensar en los problemas, en las guerras, en la miseria humana, en cuánta pobreza, en cuánta maldad? No, yo estoy bien. No me importan los demás’. Este es el pensamiento inconsciente que nos lleva a vivir un estado de corrupción”.
Lamentaba que la corrupción pudiera volverse normal: “Se puede respirar el aire de la corrupción como se respira el oxígeno”, y explicaba que el camino hacia esta indiferencia es “la despreocupación que se dirige solo al cuidado de sí mismos: este es el pasaje que abre la puerta a la corrupción que hunde la vida de todos”.
También aseguraba que la corrupción sacaba “gran ventaja de esta despreocupación”, porque “cuando a una persona le parece todo bien y no le importan los demás, esa despreocupación ablanda nuestras defensas, ofusca la conciencia y nos hace —incluso involuntariamente—cómplices”.
Son los adultos mayores los que están “en condiciones de captar el engaño de esta normalización de una vida obsesionada por el disfrute y vacía de interioridad: vida sin pensamiento, sin sacrificio, sin interioridad, sin belleza, sin verdad, sin justicia, sin amor: esto es todo corrupción”, decía.
Consideraba entonces que los ancianos, por su “sensibilidad especial” hacia ”las atenciones, los pensamientos y los afectos”, son los que deben dar “el alerta” y decir: “Estad atentos, que esto es la corrupción, no te lleva a nada”.
“La sabiduría de los ancianos es muy necesaria, hoy, para ir contra la corrupción”, insistía. “Las nuevas generaciones —decía— esperan de nosotros los mayores una palabra que sea profecía, que abra las puertas a nuevas perspectivas fuera de este mundo despreocupado de la corrupción, de la costumbre de las cosas corruptas”.
Francisco alentaba entonces a cada uno a preguntarse: “¿Qué sentido tiene mi vejez?”
Y su respuesta era: “Ser profeta de la corrupción y decir a los otros: ‘¡Deteneos, yo he hecho ese camino y no te lleva a nada!’ Nosotros ancianos debemos ser profetas contra la corrupción, como Noé fue el profeta contra la corrupción de su tiempo, porque era el único del que Dios se fio”.

Cuestionaba a los adultos que no han madurado “y se vuelven mayores con las mismas costumbres corruptas de los jóvenes”. “Con una vejez así no seremos capaces de ser profetas para las jóvenes generaciones”, advertía.
Noé es el ejemplo de una vejez que no es corrupta sino generativa. “Noé no hace predicaciones, no se lamenta, no recrimina, pero cuida del futuro de la generación que está en peligro. Nosotros ancianos debemos cuidar de los jóvenes, de los niños que están en peligro”.
Noé construyó un arca en la cual acogió a hombres y animales, cuidó la vida en todas sus formas, cumpliendo el mandamiento divino. “Y nosotros, mujeres y hombres de una cierta edad —por no decir mayores, porque algunos se ofenden— no olvidemos que tenemos la posibilidad de la sabiduría, de decir a los otros: ‘Mira, este camino de corrupción no lleva a nada’. Nosotros debemos ser como el buen vino que al final envejecido puede dar un mensaje bueno y no malo”.
Y concluía: “Hago un llamamiento, hoy, a todas las personas que tienen una cierta edad (...). Estad atentos: vosotros tenéis la responsabilidad de denunciar la corrupción humana en la que se vive y en la que va adelante este modo de vivir de relativismo, totalmente relativo, como si todo fuera lícito. Vamos adelante. El mundo lo necesita, necesita jóvenes fuertes, que vayan adelante, y ancianos sabios.”
También propuso una “alianza entre jóvenes y ancianos” para que “la savia de los que tienen a sus espaldas una larga experiencia de vida pueda regar los brotes de esperanza de los que están creciendo”.
“Los ancianos. Nunca hemos sido tan numerosos en la historia humana —decía en sus catequesis—. El riesgo de ser descartados es aún más frecuente: nunca tan numerosos como ahora, nunca el riesgo como ahora de ser descartados.”
Consideraba que la vejez era “una de las cuestiones más urgentes que la familia humana está llamada a afrontar en este tiempo”, porque “está en juego la unidad de las edades de la vida: ¿hay amistad, hay alianza entre las diferentes edades de la vida o prevalecen la separación y el descarte?”
Mencionaba el fenómeno de la masificación de la longevidad y del “invierno demográfico”. También cuestionaba el hecho de que “la cultura dominante” tenga “como modelo único el joven-adulto”. “¿Solamente la juventud tiene el sentido pleno de la vida, mientras que la vejez representa simplemente el vaciamiento y la pérdida? La exaltación de la juventud como única edad digna de encarnar el ideal humano, unida al desprecio de la vejez vista como fragilidad, como degradación o discapacidad, ha sido el icono dominante de los totalitarismos del siglo XX. ¿Hemos olvidado esto?”, preguntaba.

Cuestionaba el prejuicio de considerar a la vejez como “una edad que no tiene contenidos especiales que ofrecer, ni significados propios que vivir”.
Y denunciaba que, “para una edad que ya es parte determinante del espacio comunitario y se extiende a un tercio de toda la vida, hay —a veces— planes de asistencia, pero no proyectos de existencia”. Sostenía que ello se debía a “un vacío de pensamiento, imaginación, creatividad”, por el cual “los ancianos entran como material de descarte.”
“La juventud es hermosa —seguía diciendo—, pero la eterna juventud es una alucinación muy peligrosa. Ser ancianos es tan importante —y hermoso— como ser jóvenes. Recordemos esto. La alianza entre las generaciones, que devuelve al ser humano todas las edades de la vida, es nuestro don perdido y tenemos que recuperarlo”.
Y advertía que “si los abuelos se repliegan en sus melancolías, los jóvenes se encorvarán aún más en su smartphone”. “Los ancianos tienen recursos de vida ya vivida a los cuales pueden recurrir en todo momento. ¿Se quedarán de brazos cruzados ante los jóvenes que pierden su visión o los acompañarán calentando sus sueños?”, preguntaba.
“La vejez es un don para todas las edades de la vida. Es un don de madurez, de sabiduría”. Por eso subrayaba la importancia de que “el anciano ocupe el lugar de sabiduría que tiene, de historia vivida en la sociedad" y que también “haya un coloquio, que hable con los jóvenes”.
“Los jóvenes deben hablar con los ancianos, y los ancianos con los jóvenes —insistía—. Y este puente será la transmisión de la sabiduría en la humanidad”.
Y volvía a una metáfora que reiteró varias veces en mensajes a lo largo de su pontificado: “Los ancianos son como las raíces del árbol: tienen toda su historia ahí, y los jóvenes son como las flores y los frutos. Si no viene esta savia, si no viene este ‘goteo’ de las raíces, nunca podrán florecer. No olvidemos a ese poeta (Francisco Luis Bernárdez) que he citado tantas veces: ‘Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado’. Todo lo hermoso que tiene una sociedad está en relación con las raíces de los ancianos. Por eso, en estas catequesis, yo quisiera que la figura del anciano se destaque, que se entienda bien que el anciano no es un material de descarte: es una bendición para la sociedad”.

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