
Corría el año 1974 y un joven estadounidense, sin estudios específicos ni dinero suficiente, tomó la decisión de sacar a su abuelo de un asilo de ancianos y llevarlo a su pequeño departamento, para cuidarlo como este lo había hecho cuando él era un niño.
Dan Jury era joven, no tenía ni carrera ni garantía alguna de poder lograr su objetivo, pero ver a su abuelo de 81 años internado en una institución donde solo recibía cuidados básicos pero nada de afecto lo decidió a emprender esta aventura.
Desde el momento en que lo trajo a su casa, Dan se convirtió en el cuidador de Frank Tugend. Lo ayudaba a bañarse, le daba sus medicamentos, cocinaba, limpiaba, y lo trataba con toda la paciencia y la ternura que su anciano abuelo merecía. Mientras los compañeros de su edad armaban sus carreras, se enamoraban y buscaban la independencia, Dan se ocupaba de su abuelo, quien sufría dolores tan intensos que muchas veces le impedían expresarse y obligaban al joven a sentarse a su lado y tenerlo de la mano.

Años más tarde, cuando ya Frank no estaba, Dan contó que esos años pasados con su abuelo le enseñaron más sobre la vida que cualquier otra escuela.
Cuando la salud de Frank comenzó a deteriorarse todavía más, Dan tomó la decisión de fotografiar los momentos que pasaban juntos. Eran imágenes sinceras: el cuerpo frágil de Frank descansando, la conexión con el nieto, los momentos de humor. Esas fotografías se convirtieron en un libro, Gramp, publicado en 1978 por Dan y su hermano Mark.
Este libro era diferente a todo lo que la mayoría de los estadounidenses habían visto. El envejecimiento solía mantenerse en secreto, gestionado por instituciones, suavizado o borrado de la vida pública. Acá se mostraba la verdad: la vulnerabilidad, la intimidad. Con estas fotografías Dan mostró la humanidad que significa el poder morir en casa, acompañado por alguien que te ama. Las imágenes fueron difíciles pero profundamente conmovedoras.

Al dejar que otros vieran estas fotografías, el anciano Frank Tugent, que había vivido una vida rica e intensa, también enseñó, en sus últimos años, que se puede aceptar la ayuda sin perder la dignidad, que uno puede dejarse cuidar y amar. Le enseñó a su nieto la paciencia, cómo el amor se manifiesta en pequeños gestos y que el cariño no puede delegarse aunque la vida se ponga incómoda.
En 1978, la publicación de Gramp, por Dan y Mark Jury, no fue solo un evento editorial, fue un choque de realidad para una sociedad que prefería mantener la vejez y la muerte bajo llave en instituciones frías. A través de un relato visual crudo y profundamente íntimo, los hermanos Jury lograron algo que los tratados médicos no habían podido: humanizar el proceso de envejecer y morir.

Antes de la historia de Frank Tugend, la norma social dictaba que, al llegar a cierta etapa de deterioro, lo correcto y eficiente era delegar el cuidado a profesionales en asilos. Dan Jury desafió esta convención, y su libro demostró que la dignidad no es negociable. Al mostrar a Frank en su vulnerabilidad —siendo bañado, alimentado o simplemente existiendo en su fragilidad— el libro subrayó que la vejez no resta valor a la persona.
También mostró que el cuidador no es una víctima. Ante la idea de que cuidar a un anciano era sacrificar la juventud, la experiencia de Dan mostró que ese acto de entrega era, en realidad, una de las formas más profundas de crecimiento humano.
Al no esconder el deterioro físico ni la demencia, los Jury ayudaron a quitarle el estigma a la senilidad, permitiendo que otras familias se sintieran identificadas en lugar de avergonzadas.
El libro influyó directamente en cómo la gente empezó a cuestionar el sistema de institucionalización de los adultos mayores dependientes.
Se revalorizó el hogar como lugar de pertenencia de los ancianos: impulsó el movimiento hacia el cuidado en casa (home care), sugiriendo que el entorno familiar, con sus olores, ruidos y afectos, es el mejor escenario para el capítulo final de la vida.
Además, Gramp se convirtió en una lectura esencial en escuelas de enfermería y medicina, al obligar a los futuros profesionales a mirar más allá de los síntomas y ver a la persona detrás del paciente.
Fomentó la empatía intergeneracional. Mostró que los jóvenes y los ancianos no pertenecen a mundos separados. La relación entre Dan (de 23 años) y Frank (de 81) probó que la brecha generacional se cierra a través de la presencia física y el contacto constante.
Dan no perdió su juventud cuidando a su abuelo; la invirtió en aprender que el amor es no apartar la mirada cuando la vida se vuelve difícil.
Hoy, cuando hablamos de envejecer con dignidad, le debemos mucho a esa honestidad fotográfica de los años 70. Los Jury nos enseñaron que cuidar no es un trámite, sino una extensión de la relación humana. Su obra sigue recordándonos que la vejez no es un problema que deba ser resuelto por una institución, sino una etapa de la vida que merece ser honrada con ternura y presencia.
Las fotografías de los hermanos Jury no fueron concebidas para ser bellas en el sentido tradicional, sino para ser testigos. Su poder radica en que eliminaron la distancia segura que la sociedad suele poner entre los sanos y los enfermos.
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