
Un bloque de hielo desprendido del glaciar Portage viajó en 1977 desde Alaska hasta Iowa para convertirse en la prueba material de un proyecto que buscaba usar icebergs como fuente de agua dulce.
La escena formó parte de una conferencia internacional en Iowa State University y de un plan impulsado por autoridades saudíes para estudiar si enormes masas de hielo antártico podían abastecer a regiones áridas.
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El períodico Anchorage Daily News relató que la pieza fue extraída en la zona de Portage y enviada a Ames, en el estado de Iowa, para el encuentro celebrado entre el 2 y el 6 de octubre de 1977, una iniciativa promovida por el príncipe saudí Mohammed Al-Faisal, entonces ligado al programa de desalinización de su país.

Un viaje de miles de kilómetros para una conferencia científica
De acuerdo con Anchorage Daily News, el bloque medía cerca de 1,8 por 1,5 por 1,2 metros y pesaba alrededor de 1.133 kilogramos, aunque otras crónicas de la época elevaron la cifra a unos 2.156 kilogramos.
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La operación incluyó helicóptero, avión y camión refrigerado, además de aislamiento térmico y hielo seco para retrasar el derretimiento durante el trayecto.
El propio diario de Anchorage detalló que el costo final del traslado superó con amplitud la estimación inicial.

La cifra pasó de unos USD 3.000 previstos a cerca de USD 7.500 o USD 8.500, monto que dio lugar a un apodo repetido en la cobertura de la época: “el cubo de hielo más caro del mundo”, tal y como recordó el medio estadounidense.
La imagen del bloque en medio del campus llamó la atención de estudiantes, vecinos y visitantes.
En su cobertura del 7 de octubre de 1977, The New York Times contó que parte del público se acercó incluso con picos para llevarse fragmentos como recuerdo y afirmó que, al término de los cinco días del encuentro, el bloque se había reducido a poco más que una mancha húmeda sobre el pavimento.
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El plan saudí detrás del iceberg
Meses antes, The New York Times había informado, en una nota publicada el 28 de junio de 1977, que especialistas de varios países se reunirían en Estados Unidos para analizar la posibilidad de remolcar icebergs —fuente de agua dulce—hacia regiones con crisis hídrica.
Ese reporte indicó que el proyecto contaba con el interés de Arabia Saudita y con respaldo para discutir sus implicancias técnicas, económicas y logísticas.
En esa misma cobertura, el diario señaló que el príncipe Mohammed Al-Faisal consideraba que un iceberg podía aportar millones de galones de agua dulce, aunque el costo preliminar para una primera operación rondaba los USD 100 millones.
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La meta consistía en evaluar si esas masas de hielo podían trasladarse por mar sin pérdidas decisivas de volumen y sin volver inviable el emprendimiento.
Esa expectativa reapareció durante la reunión en Ames. En la información recogida por The Washington Post, el príncipe declaró el 6 de octubre de 1977 que esperaba tener “un iceberg antártico de 100 millones de toneladas amarrado frente a la costa de Arabia Saudita y produciendo agua dulce en un plazo de tres a cinco años”.
La frase resumió el tono ambicioso de una iniciativa que mezclaba ingeniería, geopolítica y necesidad hídrica.

Una idea que no había nacido en 1977
El debate no comenzó con la conferencia de Iowa State University. Años antes, The New York Times había publicado, el 19 de febrero de 1973, que la National Science Foundation estudiaba propuestas para llevar grandes icebergs desde la Antártida hasta la costa del sur de California.
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Esa nota presentó el concepto como una alternativa posible para reforzar el suministro de agua en zonas con presión sobre sus reservas.
Aquella cobertura de 1973 mostró que la noción de explotar hielo polar ya circulaba en ámbitos científicos y técnicos de Estados Unidos.
El interés de 1977 retomó esa línea de estudio previa y la conectó con el financiamiento saudí y con una exhibición concreta ante especialistas reunidos en Ames.

Entre la fascinación pública y los límites del proyecto
La cobertura de The New York Times describió un clima de curiosidad alrededor del bloque, instalado primero en el Memorial Union y luego trasladado cerca del centro donde se desarrollaba la conferencia.
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Pese a esa atención pública, la iniciativa no avanzó hasta convertirse en una solución operativa para abastecer de agua a Arabia Saudita.
The New York Times y The Washington Post dejaron en claro que el desafío suponía costos gigantescos, una logística oceánica compleja y dudas sobre la viabilidad real de trasladar masas de hielo de tamaño monumental sin pérdidas masivas.

La reconstrucción de Anchorage Daily News retomó esa conclusión histórica al señalar que el experimento de 1977 quedó como una muestra temprana de hasta dónde llegó la exploración de alternativas para enfrentar la escasez hídrica.
Casi cinco décadas después, el episodio sigue citado como uno de los intentos más extraños de convertir un iceberg en agua potable para regiones desérticas.
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