
El martes 26 de mayo, en una conferencia virtual del Commonwealth Bank of Australia en Sídney, Sam Altman, CEO de OpenAI, dijo lo que hace dos años habría sido herejía dentro del propio sector. “No creo que vayamos a tener el tipo de apocalipsis laboral del que hablan algunas empresas de nuestro espacio”. Y agregó una frase más sorprendente todavía: “Estoy encantado de equivocarme sobre esto. Pensé que para esta altura ya habría más impacto en la eliminación de empleos junior de cuello blanco del que efectivamente ocurrió. Ahora entiendo mejor por qué no pasó, y obviamente lo agradezco, pero esa es un área donde mis intuiciones simplemente estaban erradas”.
El mismo Altman que durante años repitió que la IA reemplazaría a casi todos los trabajadores de servicio al cliente que atienden por teléfono. El mismo que en 2023 decía que los empleos “definitivamente van a desaparecer”. Ese ahora dice que el componente humano del trabajo es irremplazable y que los humanos se preocupan por interactuar con otros humanos.
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La pregunta no es si Altman tiene razón hoy. La pregunta es por qué cambió de discurso justo ahora.
El relato del apocalipsis sostuvo tres años de valuaciones
Durante tres años, la narrativa de la sustitución masiva fue el motor financiero de la industria de IA. Dario Amodei, CEO de Anthropic, dijo en 2025 a Axios que hasta la mitad de los puestos de entrada de cuello blanco se evaporarían en cinco años y que el desempleo podría trepar al 20%. Glenn Fogel, CEO de Booking Holdings, dijo en el TIME100 Summit de abril que la IA “arrancó el peldaño más bajo de la escalera” en su área de atención al cliente.
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Ese relato tenía una función: justificar valuaciones que no se sostienen con métricas convencionales. Si una tecnología promete reemplazar nóminas enteras, cualquier múltiplo de ingresos es razonable. Si solo promete asistir al trabajador humano, los números cambian.
Y los números de OpenAI cambiaron mucho en pocos meses. Según TIME, la empresa apunta a USD 280.000 millones de ingresos para 2030, desde los USD 25.000 millones actuales. Y prepara una oferta pública inicial con valuación esperada de un billón de dólares en la escala castellana, es decir, un millón de millones. SpaceX busca valuación de USD 1,5 billones en su propia salida a bolsa. Anthropic negocia, según Financial Times, una ronda de USD 30.000 millones con valuación de USD 900.000 millones.
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Ese es el contexto en que Altman se desdice. No habla un científico sorprendido por la realidad. Habla un emisor a punto de listar.
Los datos venían diciendo lo contrario hace meses

El Yale Budget Lab, un centro de investigación de la Universidad de Yale especializado en política económica, viene midiendo el impacto de la IA en el empleo estadounidense desde 2023. En un informe publicado en mayo, concluyó que hasta marzo de 2026 los datos no muestran evidencia clara de efectos de la IA sobre el mercado laboral. La tasa de desempleo subió del 3,4% al 4,3% en tres años, pero las ocupaciones con alta exposición a IA no muestran deterioro distinto al de las ocupaciones no expuestas.
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Otro informe del mismo laboratorio, de febrero, fue más directo: “Si bien la ansiedad sobre los efectos de la IA en el mercado laboral actual está extendida, nuestros datos sugieren que en gran medida sigue siendo especulativa”. Fortune resumió el dilema con un término que circula entre analistas: AI-washing. Empresas que justifican recortes ya planificados invocando la IA porque ese argumento cotiza mejor en bolsa que “reducción de costos”.
Hay un dato corporativo todavía más demoledor. Bryan Catanzaro, vicepresidente de aprendizaje profundo aplicado en Nvidia, le dijo a Axios en abril: “Para mi equipo, el costo del cómputo está muy por encima del costo de los empleados”. Lo dijo el ejecutivo de la empresa que vende los chips. Reemplazar humanos con IA hoy, en muchas tareas, sale más caro que pagar humanos.
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Microsoft, según múltiples informes, empezó a cancelar licencias de Claude para sus propios ingenieros por costos. Uber quemó su presupuesto anual de Claude Code para 2026 en cuatro meses, según reconoció su CTO Praveen Neppalli Naga.
La banca anfitriona ya había vivido el experimento
La elección del escenario donde Altman se desdice tiene una ironía que conviene mirar de cerca. El Commonwealth Bank of Australia, anfitrión de la conferencia, intentó en julio de 2025 reemplazar 45 puestos de servicio al cliente con un voicebot propio llamado Bumblebee. Argumentó que la herramienta reducía las llamadas en 2.000 por semana.
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El sindicato del sector financiero llevó el caso al Fair Work Commission, el tribunal de relaciones laborales australiano. Demostró que las llamadas en realidad estaban subiendo, que los managers tenían que atender teléfonos para cubrir el desborde y que se ofrecían horas extras para sostener el volumen. CBA admitió que su evaluación inicial “no consideró adecuadamente todas las consideraciones de negocio relevantes y este error significó que los puestos no eran prescindibles”. Restituyó las posiciones y pidió disculpas.
El banco que recibió a Altman para escucharlo decir que el componente humano no se reemplaza ya había aprendido en carne propia que el costo oculto de la sustitución por IA no aparece en la diapositiva del consultor. Aparece en el siguiente trimestre, cuando los clientes vuelven a llamar.
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El giro discursivo es un movimiento de balance, no de conciencia
Altman no descubrió el alma humana del trabajo entre 2023 y 2026. Descubrió que el modelo financiero que prometía sustitución total no cuadra con tres cosas: los datos macro que no muestran la disrupción prometida, los balances corporativos que muestran que el cómputo cuesta más que el empleado, y los pleitos que muestran que las justificaciones por IA no resisten una auditoría seria.
Un CEO que prepara una oferta pública por un billón de dólares no puede sostener al mismo tiempo el relato del apocalipsis. Porque si la IA arrasa con la fuerza laboral, también arrasa con el poder adquisitivo de los clientes finales que tienen que pagar la suscripción. Y porque los reguladores de Estados Unidos y la Unión Europea no van a permitir una OPI de ese tamaño con un CEO declarando, dos meses antes, que su producto va a destruir la mitad de los empleos de oficina.
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Cuando una empresa pasa de financiarse en privado a financiarse en público, el discurso sobre su propio impacto cambia de función.
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