Elon Musk y el control del debate global: ¿hacia dónde va la democracia?

Cómo figuras como el magnate están transformando la esfera pública, desafiando los principios democráticos y dejando a la sociedad a merced de intereses privados y desinformación

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Musk, propietario de la plataforma
Musk, propietario de la plataforma X (anteriormente conocida como Twitter), no solo ha utilizado su posición para influir en el discurso público, sino también para intervenir directamente en la política (REUTERS/David Swanson/File Photo)

¿Cómo deberíamos interactuar como sociedad, debatir y tomar decisiones? ¿Qué impulsa a los políticos a enfocarse y actuar en ciertos temas y no en otros? Estas preguntas son centrales en un mundo donde figuras como Elon Musk están transformando el debate público en un terreno de polarización y manipulación. Éste es el planteo de Peter Pomerantsev, autor de Cómo ganar una guerra de información: el propagandista que burló a Hitler, en un artículo publicado en The Guardian.

A lo largo de la historia, diferentes sistemas y plataformas han intentado mediar las conversaciones sociales. Los atenienses tenían el ágora, un espacio donde los ciudadanos (varones propietarios de esclavos) debatían los temas del día. En el siglo XX, el fundador de la BBC, John Reith, concibió el medio como un lugar para fomentar valores democráticos y promover el debate entre los británicos. Sin embargo, hoy, estas ideas han sido trastocadas por el ascenso de las redes sociales y el poder de empresarios como Musk.

Musk, propietario de la plataforma X (anteriormente conocida como Twitter), no solo ha utilizado su posición para influir en el discurso público, sino también para intervenir directamente en la política. La semana pasada, Musk calificó a la ministra de Protección británica, Jess Phillips, de “apologista de un genocidio por violación” y acusó al primer ministro, Keir Starmer, de ser “cómplice de la violación de Gran Bretaña”. Estas declaraciones, compartidas con sus 211 millones de seguidores, no se limitaron al ruido mediático. Según Pomerantsev, forzaron reacciones políticas: el gobierno anunció medidas apresuradas, y los conservadores exigieron una investigación nacional sobre redes de explotación sexual, ignorando que durante años no abordaron el problema mientras estaban en el poder.

No es la primera vez que Musk interviene en asuntos políticos. Durante disturbios raciales en Inglaterra el verano pasado, cuestionó por qué Starmer no protegía a todas las razas, mientras X se llenaba de desinformación y agitadores de extrema derecha difundían falsedades, como la acusación de que un refugiado había asesinado a jóvenes locales. Estas acciones parecen parte de una campaña para desestabilizar al primer ministro, y surge la pregunta: ¿hasta qué punto coordina Musk con figuras como Donald Trump? Según el artículo del experto, el vicepresidente de Trump, JD Vance, insinuó que Estados Unidos reconsideraría sus garantías de seguridad a Europa si los gobiernos europeos intentan regular X.

Pomerantsev señala que la tecnología ha transformado profundamente la esfera pública. Aunque las mentiras en la política no son nuevas, el internet y las redes sociales han creado sistemas de amplificación y manipulación sin precedentes. Plataformas como X utilizan algoritmos opacos para decidir qué contenidos mostrar, explotando los datos personales de los usuarios para manipular sus miedos, deseos y opiniones. Esto plantea una pregunta crítica: ¿puede la tecnología que ha trastocado nuestras conversaciones públicas ser utilizada para fortalecer la democracia?

En Estados Unidos, sus tácticas
En Estados Unidos, sus tácticas se alinean con el fenómeno de la política Maga (Make America Great Again), donde las conspiraciones alimentadas por redes sociales son la norma (Brandon Bell/Pool via REUTERS/File Photo)

El concepto de “esfera pública” ha sido románticamente idealizado por filósofos como Jürgen Habermas, quien señaló el surgimiento de este espacio en la Inglaterra del siglo XVIII, donde una burguesía emergente debatía política en cafés y leía panfletos que influían en los partidos políticos. Sin embargo, este ideal siempre fue imperfecto, controlado por élites y distorsionado por intereses privados, como los de los barones de la prensa del siglo XX.

Cuando surgió el internet, se creyó que sería una herramienta democratizadora. Los blogs iniciales parecían panfletos modernos, donde cualquier persona podía expresarse y participar en debates globales. Sin embargo, las redes sociales centralizaron este proceso. Un puñado de empresas y sus algoritmos —representados por figuras como Musk y Mark Zuckerberg— ahora controlan la información, dictando qué vemos y cómo lo interpretamos.

Musk, según Pomerantsev, no opera solo con fines de lucro, como Zuckerberg, sino también para satisfacer sus intereses personales. Algunos lo ven como un heredero ideológico de Cecil Rhodes, tratando de construir un imperio angloparlante de derecha en las redes sociales. Musk, nacido en Sudáfrica y con herencia canadiense e inglesa, no puede aspirar a la presidencia de Estados Unidos, pero parece decidido a dominar el panorama digital.

Las acciones de Musk en redes sociales no solo afectan a la política británica. En Estados Unidos, sus tácticas se alinean con el fenómeno de la política Maga (Make America Great Again), donde las conspiraciones alimentadas por redes sociales son la norma. Funcionarios electorales que desafiaron las falsas afirmaciones de fraude en las elecciones de 2020 enfrentaron acoso, y los medios tradicionales, incapaces de competir con las redes sociales, han perdido influencia.

Para Pomerantsev, la respuesta no puede limitarse a regular publicaciones individuales en redes sociales. Lo esencial es exigir transparencia radical. Las plataformas deben revelar cómo funcionan sus algoritmos: ¿promueven ciertas perspectivas políticas? ¿Incentivan campañas para subvertir la integridad electoral o mitigan el discurso violento? ¿Qué hacen para proteger a los niños de la explotación en línea?

En Europa, nuevas leyes de la Unión Europea exigen acceso de investigadores independientes a datos de estas empresas, algo que Estados Unidos aún no implementa. Esta falta de regulación deja a los ciudadanos a merced de los intereses de los CEOs tecnológicos, sin herramientas para entender cómo son manipulados.

Más allá de la regulación, Pomerantsev sugiere que necesitamos plataformas diseñadas para fomentar el diálogo constructivo, no la polarización. Propone que los gobiernos financien espacios digitales públicos, similares a bibliotecas o plazas, donde las reglas de interacción sean claras y transparentes. En Estados Unidos, algunos académicos han sugerido un impuesto a las redes sociales con fines de lucro para financiar alternativas cívicas.

Además, se necesita un nuevo tipo de periodismo que enfrente las teorías de conspiración y la desinformación desde su raíz: el sentido de alienación de las personas. Medios que actúen como un servicio social, respondiendo a las frustraciones y el abandono que sienten las comunidades.

Para competir con la manipulación de figuras como Musk, necesitamos actualizar nuestras instituciones democráticas y construir un ecosistema digital que priorice el interés público sobre el lucro y las obsesiones personales de los poderosos. Como señala el autor: “Hasta que levantemos el velo que oculta las operaciones de Musk y Zuckerberg, nuestra sociedad seguirá funcionando a oscuras, moldeada por fuerzas invisibles”.

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