El increíble monasterio que se convierte en una isla según la marea: una joya medieval sobre una roca que es un icono de Francia

Declarado Patrimonio de la Humanidad, este enclave normando es mucho más que un monumento, pues es el escenario de batallas, leyendas y proezas artísticas que definen la identidad francesa

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Mont Saint-Michel, en Francia
Mont Saint-Michel, en Francia (Wikimedia).

Existen lugares en el mundo que parecen sacados de un cuento medieval: islas que emergen del mar con castillos en la cima, aldeas de piedra que el tiempo no ha logrado borrar o paisajes donde la naturaleza y la arquitectura se funden, creando paisajes inolvidables. Europa guarda varios de estos enclaves, pero pocos alcanzan la intensidad de los que se encuentran en la costa atlántica de Francia, donde un impresionante monumento cautiva a todo aquel que se acerca.

Se trata del Mont Saint-Michel, una ciudadela normanda coronada por un monasterio benedictino que, según la marea, queda unida al continente por una calzada o rodeada completamente por el agua. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, este enclave del noroeste de Francia lleva más de doce siglos acumulando historia, leyenda y arquitectura en una roca de apenas un kilómetro de perímetro. “El Mont Saint-Michel es para Francia lo que la Gran Pirámide para Egipto”, escribió Victor Hugo. Pocas frases resumen mejor lo que se siente al verlo por primera vez.

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El sueño de un eremita y el origen de un santuario

La historia del Mont Saint-Michel arranca en el año 708 con un sueño. Según la tradición, el eremita Aubert vivía retirado en lo que entonces se llamaba monte Tumba cuando el arcángel san Miguel se le apareció en sueños para pedirle que levantara un santuario en la cumbre, a semejanza del que existía en el monte Gargano, en el sur de Italia. Aubert derribó un monumento pagano, probablemente megalítico, y en su lugar construyó un oratorio circular de piedra tosca dedicado al arcángel.

La geografía del lugar cambió poco después de forma inesperada. Mientras dos compañeros de Aubert viajaban al santuario de Gargano para traer reliquias del arcángel, un fuerte temporal destruyó el bosque que rodeaba la base del monte Tumba. A su regreso, los viajeros encontraron que su santuario había quedado en una isla. La naturaleza había completado lo que la devoción había comenzado.

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Mont Saint-Michel, en Francia
Mont Saint-Michel, en Francia (Turismo Normandía).

Desde entonces, el lugar no dejó de crecer. La primera mención documental del enclave data de mediados del siglo IX, todavía con el nombre de monte Tumba, denominación que fue cediendo terreno ante la fama del arcángel hasta que el topónimo actual se impuso definitivamente. El interés de Carlomagno por promover el culto a san Miguel en sus dominios aceleró ese proceso. Los vikingos saquearon la isla en 847, y el rey franco Carlos el Calvo, incapaz de defenderla, la entregó al rey de Bretaña.

Cómo se construyó el monasterio

A principios del siglo X, el ducado de Normandía arrebató a los bretones las tierras del Mont Saint-Michel y estableció allí su frontera con Bretaña. Bajo el dominio normando, la comunidad monástica acumuló una riqueza que chocaba con sus votos religiosos. El duque Ricardo I Sin Miedo les dio a elegir entre reformarse o marcharse. Solo un monje aceptó quedarse, y en torno a él surgió un nuevo monasterio sometido a la regla benedictina. Desde ese momento, en el año 966, la fama del lugar se disparó y las construcciones se renovaron.

En el siglo XI, la comunidad benedictina emprendió la construcción de una monumental iglesia románica, ya que en 1066, cuando el duque normando Guillermo el Conquistador se hizo con el trono de Inglaterra, aumentaron las donaciones y las peregrinaciones. Por su parte, el siglo XII convirtió el Mont Saint-Michel en un centro de traducción de obras clásicas grecolatinas, y la comunidad monástica llegó a contar con 60 integrantes bajo el abad Robert de Torigni.

El episodio que dio lugar a la construcción más extraordinaria del conjunto llegó en 1204, cuando los bretones, aliados del rey francés Felipe Augusto, saquearon el santuario. El soberano, incómodo por el desprestigio que suponía atacar un lugar de tan extendida devoción, compensó a la abadía con una gran donación. Con ese dinero, entre 1212 y 1228, se levantó junto al costado norte de la iglesia románica una estructura que desafió los límites de la arquitectura de la época: La Merveille, La Maravilla.

Una joya gótica sobre una roca en el mar

Mont Saint-Michel, en Francia
Mont Saint-Michel, en Francia (Wikimedia).

La Maravilla se construyó con piedra traída en barcos durante la pleamar, alzada con grandes grúas de madera sobre una superficie estrecha y escarpada. El conjunto lo forman dos altos cuerpos sostenidos por elegantes contrafuertes que alternan con numerosos ventanales. Cada planta tiene una función distinta y una arquitectura que responde a ella con una precisión que sigue asombrando a los arquitectos actuales.

En la base, la capellanía de dos naves servía para dar de comer a los pobres y a los miles de peregrinos que llegaban de toda Europa. Un montacargas insertado en el muro bajaba la comida desde los pisos superiores. Encima se disponía la sala de Huéspedes, donde los monjes acogían a los viajeros más notables. La tercera planta del cuerpo oriental la ocupaba el refectorio, con 59 ventanales que constituyen uno de los logros más sutiles de la creatividad gótica.

El cuerpo occidental alberga en su planta baja una sobria bodega de pilares. Sobre ella, la sala de los Caballeros, la más amplia del conjunto, con tres naves abovedadas y calefactada, fue casi con seguridad la sala de monjes: un lugar para el estudio y posiblemente un scriptorium donde los religiosos copiaban manuscritos. La tercera planta la ocupa el claustro, con sus galerías de finas columnillas dispuestas al tresbolillo y una exuberante decoración vegetal y figurada que representa uno de los momentos más delicados de toda la arquitectura gótica francesa.

De la Guerra de los Cien Años al icono de Francia

Otro episodio relevante en su historia es la Guerra de los Cien Años en 1337, quedando el monumento en primera línea de fuego. Se instaló allí un contingente de tropas francesas, se detuvo el flujo de peregrinos y donaciones procedentes de Inglaterra, y la abadía hubo de transformarse en fortaleza. Los ingleses intentaron tomar la isla en varias ocasiones, pero las dificultades de acceso y las nuevas murallas frustraron todos sus intentos. Los montois, como se conoce a los habitantes del monte, llegaron a capturar dos bombardas inglesas que aún conservan y exhiben con orgullo.

El Nido del Tigre: un monasterio de ‘leyenda’ incrustado en mitad de la montaña a 900 metros de altura.

Sin embargo, tras la guerra, el Mont Saint-Michel inició una prolongada decadencia que culminó con la expulsión de los monjes en 1791. Fue el romanticismo del siglo XIX el que devolvió al enclave su dimensión simbólica, convirtiendo su silueta en uno de los iconos de la identidad francesa. Victor Hugo, su admirador más apasionado, lo elevó a la categoría de monumento universal con una frase que todavía resuena: “Es preciso conservar a cualquier precio esta doble obra de la naturaleza y del arte”.

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