El paso de Xabi Alonso por el banquillo del Real Madrid llegó a su fin tras poco más de medio año, un periodo en el que las expectativas y promesas expresadas por el técnico vasco contrastaron con la realidad futbolística y la desconexión en el vestuario. El club anunció que la salida fue “de mutuo acuerdo”, pero las dudas internas y el desgaste acumulado hicieron inevitable el desenlace.
El ambiente en el Santiago Bernabéu era de optimismo tras su exitoso ciclo en el Bayer Leverkusen. La llegada de Alonso suponía una apuesta por la renovación táctica y la identidad del equipo, con la promesa de trasladar el modelo de éxito alemán a la capital española.
El primer gran reto no permitió margen de maniobra. El debut en el Mundial de Clubes obligó a competir casi sin pretemporada y la eliminación ante el Paris Saint-Germain en semifinales mostró, de inmediato, los límites de un grupo que no había asimilado las nuevas ideas.
Falta de adaptación táctica
“Espero cumplir con las expectativas y poder llevar al club a los sitios donde todos creemos que podemos hacerlo”, expresó Alonso. El mensaje no se correspondió con el rendimiento, ya que la falta de tiempo para consolidar un modelo de juego y la falta de adaptación de los jugadores condicionó toda la etapa.
El arranque en LaLiga fue positivo. El Real Madrid llegó a noviembre como líder, con cinco puntos de ventaja sobre el Barcelona y unos grandes números en Champions. Sin embargo, la fragilidad del proyecto se hizo evidente tras el Clásico y la victoria ante el Valencia.
La incapacidad de implantar una idea táctica clara se reflejó en la inestabilidad de las alineaciones. De acuerdo con The Athletic, el promedio de 3,1 cambios por partido en la formación titular colocó al equipo entre los menos estables del torneo. Las promesas de “un equipo reconocible y competitivo cada jornada” quedaron en entredicho.
Tensiones internas
La tensión interna creció por la falta de resultados y por decisiones técnicas impopulares. El enfrentamiento con Vinicius Jr, que protestó abiertamente una sustitución durante un Clásico y luego solo pidió disculpas a la afición y sus compañeros, reflejó la pérdida de autoridad del entrenador.
Fede Valverde expresó su descontento por el cambio de posición a lateral, en una muestra de las dificultades para gestionar el grupo. “Queremos encender a la afición, que esté orgullosa del equipo y de lo que ve en el campo. Que transmitamos alegría, que la gente vaya al estadio para disfrutar”, había declarado Alonso en su primer día. La desconexión entre plantilla, técnico y grada se acentuó a medida que se acumulaban los empates y derrotas.
El plan de Alonso pretendía implantar presión alta, alternancia de sistemas y ocupación racional de espacios, conceptos que funcionaron en Alemania. The Athletic señaló una mejora en las recuperaciones en campo rival (5,4 por partido en promedio), pero la falta de continuidad en las alineaciones, las lesiones y el compromiso de los jugadores impidieron que esos avances se tradujeran en victorias.
La defensa nunca logró solidez ante la ausencia prolongada de jugadores como Antonio Rüdiger o Éder Militao. En el ataque, el rendimiento de Kylian Mbappé —18 goles en 18 partidos de liga; el 42% de los tantos del equipo según The Athletic— no logró tapar la falta de alternativas colectivas ni la previsibilidad del juego por la banda izquierda.
La grada del Bernabéu respondió con desaprobación. Los silbidos y la falta de conexión con los futbolistas se volvieron habituales, un síntoma de que la promesa de “un Madrid que conecte con su público” no se cumplió.
Alonso deja al equipo en la séptima posición en la fase de grupos de la Champions League y a cuatro puntos del líder en LaLiga, con un balance de 24 victorias, 4 empates y 6 derrotas. La presión por los resultados inmediatos, la erosión interna y la falta de respaldo desde la directiva precipitaron la salida de un técnico que, por diversos motivos, no logró transformar sus palabras en hechos tangibles.
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