El juicio por canibalismo que cambió la historia del derecho internacional: “Nos recuerda la importancia de reconocer el derecho a vivir”

En 1884, el asesinato de Richard Parker, cuyo cadáver fue devorado por sus compañeros de tripulación, desencadenó un proceso judicial sin precedentes en Europa

Ilustración del bote en el que sobrevivieron cuatro tripulantes del yate 'Mignonette'
Ilustración del bote en el que sobrevivieron cuatro tripulantes del yate 'Mignonette'. (The Illustrated London News)
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El 19 de mayo de 1884, el yate de recreo Mignonette salió del puerto de Southampton (Inglaterra) con destino a Australia. Casi dos meses después, el 5 de julio de ese mismo año, una tempestad sorprendió a la tripulación y una ola gigantesca destrozó el barco. Los cuatro hombres que trabajaban en él (el capitán Thomas Dudley, el primer oficial Edwin Stephens, el marinero de puente Edmund Ned Brooks y el grumete de 17 años Richard Parker) lograrían sobrevivir en un bote salvavidas.

Ninguno de los supervivientes tuvo tiempo de coger provisiones y muy pronto se encontraron pasando hambre y sed. Fueron atacados por tiburones, bebieron su propia orina y el capitán incluso sugirió sacrificar a alguno de ellos para alimentar al resto. El 25 de julio, aprovechando que el joven Parker se había intoxicado por beber agua de mar, Dudley lo asesinó clavándole un cuchillo en el cuello. Los tres tripulantes bebieron su sangre y devoraron su carne y sus órganos. Cuatro días más tarde, fueron rescatados, y el 6 de septiembre, cuando llegaron a Inglaterra, contaron todo lo sucedido, convencidos de que la “ley del mar” los protegería de cualquier consecuencia.

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Contra todo pronóstico, el caso de la muerte de Richard Parker dio lugar a uno de los juicios más sonados del siglo XIX. Un proceso que el periodista y abogado Adam Cohen, redactor jefe adjunto del New York Times durante casi una década, reconstruye en su libro La cena del capitán (Arpa). A través de su investigación, asistimos a un caso en el que se expusieron los límites legales y éticos de la supervivencia, y cuyas consecuencias influyeron en el desarrollo del derecho internacional que hoy todos conocemos.

Cubierta de 'La cena del capitán', de Adam Cohen
Cubierta de 'La cena del capitán', de Adam Cohen. (Arpa)

Un dilema moral y una tradición en juego

“Quería contar una historia emocionante y esta lo tenía todo: una aventura en el mar, un naufragio, un asesinato. Pero además, también permitía plantear un dilema moral muy interesante, en el que la respuesta utilitarista a un problema, que dice que hagamos el máximo bienestar para el mayor número de personas, no tiene por qué ser siempre la correcta”, explica Adam Cohen en su entrevista con Infobae. En aquel bote, todos pensaban que morirían y decidieron cometer aquel acto por desesperación. “¿Cuándo es correcto matar a alguien, si es que alguna vez lo es, para salvar otras vidas?”.

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La historia llegó a él de la forma más inesperada, cuando, siendo todavía estudiante, se encontró con su compañero de habitación disfrazado de caníbal, con carne de pollo alrededor del cuello. “Fue la primera vez que oí hablar del caso, pero no fue hasta más tarde, cuando volví a examinarlo, que me di cuenta de las cuestiones jurídicas y filosóficas que planteaba”. Más allá de la necesidad, cabe preguntarse: ¿Por qué tuvo que ser Richard Parker quien muriera? ¿Por qué no se sacrificó el capitán, responsable de su tripulación? ¿Por qué no lo echaron a suertes?

“Si realmente solo hubieran intentado buscar el bien mayor, podrían haber hecho un sorteo. Esa era la tradición en la ley del mar”. Los supervivientes ni siquiera se molestaron en ocultar lo que había ocurrido, porque pensaban que no tendría consecuencias. Sin embargo, fueron arrestados y acusados por la Corona. “Era la época victoriana tardía, y los victorianos eran grandes reformadores y estaban cambiando casi todos los aspectos de la sociedad inglesa. Ampliaron el derecho al voto a la clase media. Protegieron a los trabajadores de las fábricas. Aprobaron leyes contra la crueldad hacia los niños y los animales. Intentaban hacer un país mejor”.

Londres en el siglo XIX, en la pintura 'Snow Hill, Holborn, London'.
Cuadro 'Snow Hill, Holborn, London', pintura anónima del siglo XIX.

Las consecuencias del juicio

No todos los presentes en el bote en el que Richard Parker fue asesinado se sentaron en el banquillo de los acusados. Brooks, quien tras el naufragio fue el único en negarse a participar en la muerte del grumete, se convirtió en el testigo principal de la Corona. “Brooks no quería que mataran a nadie, y de hecho se cubrió la cabeza durante el asesinato, de modo que realmente no pudiera presenciarlo ni formar parte de ello”, cuenta Cohen. No obstante, sí se comió parte del cadáver, y cuando llegó el momento del juicio, testificó en contra de sus compañeros, pero también dijo “cosas favorables para ellos”.

El caso acabó llegando al Tribunal Superior en Londres, con una sentencia en diciembre de 1884 que desestimó rotundamente que la extrema necesidad pudiera justificar el asesinato de un ser inocente. El tribunal dictó pena de muerte por ahorcamiento contra Thomas Dudley y Edwin Stephens. No obstante, tanto el jurado de Exeter como los propios magistrados recomendaron de forma unánime que se solicitara la prerrogativa real de clemencia y, en efecto, la reina Victoria acabó conmutando la pena capital por seis meses de prisión.

Este fallo fijó un hito en el derecho penal anglosajón e internacional, acabó con la ley del mar y plantó algunas bases legales y éticas que llegan hasta nuestros días. “En la era moderna tendemos a pensar siempre en términos utilitaristas. En Silicon Valley, a menudo lo llaman minimización del daño; durante el Covid, hubo una directriz de la Unión Británica de Médicos que indicaba salvar a las personas con mayores posibilidades de sobrevivir; y en los coches autónomos, se programa para minimizar siempre el número de heridos y muertes, lo que no tiene por qué ser siempre lo más justo.

El dilema ético de 'MrBeast' que se volvió viral y dividió al mundo.

La “mala suerte” del más débil

La cena del capitán invita a pensar en todos los factores de esta ecuación. Parker tenía 17 años, era huérfano y ocupaba el escalafón más bajo como grumete. Podría parecer una casualidad que fuera él quien muriera, o que fue él porque fue quien se intoxicó bebiendo agua de mar. Sin embargo, la decisión fue tomada unilateralmente y curiosamente similar a un patrón inquietante: aunque la ley del mar promete la imparcialidad, en la práctica las víctimas en este tipo de casos siempre fueron las personas más débiles y jóvenes.

Véase, si no, esa lista de “casualidades”. En 1765, el naufragio del Peggy acabó con la vida del único esclavo del barco. En 1759, otro naufragio acabó con el único español de un barco lleno de ingleses, perdiendo el sorteo. En el Francis Spaight (1835), el capitán restringió el sorteo exclusivamente a los cuatro muchachos jóvenes del barco porque “no tenían esposas ni hijos”, resultando asesinado un chico de 14 años. En el bote del Essex (1820), los hombres adultos terminaron comiéndose a Owen Coffin, un joven de 18 años.

Adam Cohen, autor de 'La cena del capitán'
Adam Cohen, autor de 'La cena del capitán'. (Cedida)

El nombre ‘maldito’ por Edgar Allan Poe

“Creo que este caso realmente nos ayuda a pensar en ese lado de la ecuación, a dar más peso a los derechos de las personas involucradas, incluso cuando una respuesta utilitarista podría ser quitarles la vida”, concluye Cohen. “Actualmente, hay mucha presión para ser eficiente y para ser ‘racional y matemático’. Y creo que este caso nos recuerda la importancia de reconocer los derechos de los individuos, su derecho a vivir y cosas por el estilo, y de asegurarnos de darles suficiente peso”.

Una última casualidad también inquieta al escritor de La cena del capitán: el hecho de que el nombre de Richard Parker aparezca en varios accidentes marítimos a lo largo de los siglos. “Creo que es una de las cosas más asombrosas de este caso”, explica. “Edgar Allan Poe solo escribió una novela, mucho antes del accidente donde alguien es asesinado y comido en el mar. Ese personaje se llama Richard Parker. Además, hubo otro Richard Parker que murió en otro naufragio ese mismo siglo”.

Imagen de la película 'La vida de Pi'
Imagen de la película 'La vida de Pi'. (Fox 2000 Pictures)

Cohen no fue el primero en darse cuenta de esto. En La vida de Pi, el escritor Yann Martel decidió llamar al tigre que sobrevive al naufragio que narra Richard Parker, precisamente en honor a esta funesta coincidencia. Pero, por si fuera poco, aquel compañero de habitación que fue a la fiesta de Halloween vestido de caníbal había oído la historia del Mignonette en clase. “El profesor se llamaba, también, Richard Parker”.

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