
Durante siglos, la filosofía siempre se ha encargado de hablarnos de la felicidad y de cómo conseguirla. Desde Platón a Aristóteles, pasando por San Agustín o Séneca, los grandes pensadores han empleado palabras como “virtud”, “disciplina”, o “libertad” para enfatizar el potencial humano de alcanzar un cierto bienestar. Sin embargo, frente a ellos también ha habido otros filósofos que se han mostrado contrarios a esa idea, afirmando que, en cierto momento, la vida humana y su destino no siempre están al alcance de nuestras manos.
Este fue el caso del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, que se atrevió a cuestionar el hecho de que la razón debiera ser la guía absoluta del ser humano. Para él, en concordancia con su visión “pesimista” del mundo, la vida era conducida por la fuerza irracional de la voluntad humana: un deseo que todo ser humano tiene y que es incapaz de satisfacerse del todo, lo que acaba por convertir la existencia en un camino atravesado por el sufrimiento y la ausencia de una felicidad plena.
Para demostrar esta idea, Schopenhauer escribió la siguiente frase: “Cada persona puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”. Con estas palabras, el filósofo introducía la idea de la libertad condicionada, es decir, la idea de que, pese a que nuestras acciones puedan parecer libres, nuestros deseos siempre están condicionados por factores profundos. A pesar de ser rechazado en su momento, Schopenhauer sería verdaderamente influyente en el desarrollo de la filosofía moderna.

El conflicto entre nuestra capacidad de razonar y una voluntad “ciega”
Para comprender mejor las palabras de este filósofo alemán, basta con relacionarlas con una de sus frases más famosas: “El hombre siempre hace lo que quiere, y sin embargo, lo hace necesariamente”. Schopenhauer no niega en ningún momento que actuemos nuestros deseos, pero se plantea de dónde y por qué surgen estos. Cuestiones que hoy nos parecen naturales, como elegir un trabajo, una pareja o un estilo de vida, podrían parecernos libres, pero para Schopenhauer, hay todo un sistema biológico y social que nos conduce a ello.
Schopenhauer hablaba de este modo del determinismo interno. Una especie de cárcel de nosotros mismos que se vuelve visible, por ejemplo, cuando intentamos cambiar nuestros hábitos y no lo conseguimos, por mucha intención que tengamos. Para el filósofo, esto se debía a que existe un deseo aún más profundo, del que a veces ni somos conscientes (ya que la voluntad es “ciega e irracional”), pero que siempre está ahí, desde en ese instante en el que queremos dejar de comer dulces y aún así seguimos notando el impulso a cuestiones mucho más naturales, como el crecimiento de las plantas o el instinto de supervivencia.
Con todo, cuando Schopenhauer habla de esa voluntad ciega como motor vital no niega que el ser humano no sea libre. Simplemente, advierte de que debemos ser conscientes de que nuestra libertad siempre irá acompañada de un conflicto entre lo que sabemos que nos conviene (la razón) y lo que más profundamente deseamos. Schopenhauer, influido por otras corrientes como el budismo, incluso ofrece algunas herramientas (como el arte, la búsqueda de belleza o la negación de voluntad) para aliviar ese conflicto. Y es que, en otras palabras, renunciar al mundo y a esta libertad ‘aparente’, es lo que verdaderamente puede hacernos libres.

Qué elegimos y qué no
Como ya hemos dicho, Schopenhauer no fue muy reconocido durante gran parte de su vida. Sin embargo, algunos de los filósofos más importantes que le sucedieron, como Friedrich Nietzsche, alabaron su figura y reflexionaron sobre sus ideas. Este último, por ejemplo, mantuvo la idea de que la voluntad es el motor que nos guía a lo largo de la vida, si bien para él era la “voluntad de poder”, que es la necesidad que todos tenemos de autoafirmarnos como seres, de crecer, superarnos y marcar el mundo con nuestras creaciones.
Sin embargo, sería un error pensar que Schopenhauer fue el primero en hablar sobre la voluntad “ciega”. Esta idea podemos rastrearla incluso en la Antigua Grecia, cuando Sócrates, preguntándose por los errores que cometemos los seres humanos, concluía: “Nadie obra mal a sabiendas”. Con esta frase, el filósofo vinculaba nuestras acciones a un conocimiento o una ignorancia que, para un optimista como él, debíamos evitar a toda costa. Aquí puede verse una confrontación entre un pensador optimista y otro pesimista: ¿podemos realmente controlar todo lo que sabemos y lo que no?
Sea cual sea la respuesta, la frase de Schopenhauer sigue vigente porque cuestiona nuestra idea de libertad y control personal. Nos invita a reflexionar sobre cuánto de lo que deseamos es realmente nuestro. En una sociedad que exalta la elección individual, su pensamiento introduce una mirada crítica y profunda. Por eso, su legado sigue alimentando debates sobre la naturaleza de la libertad humana.
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