Son pocas las novelas contemporáneas que alcanzan un estatus de culto de forma casi inmediata. Es lo que ocurrió con Hamnet, de Maggie O’Farrell, que se encargó de componer un drama histórico absolutamente moderno que tenía la particularidad de relegar a la figura canónica por excelencia, la de William Shakespeare, por el relato vivencial de su esposa, Anne (aquí Agnes), que siempre había permanecido a la sombra del genio del autor inglés.
El centro de esta ‘multipremiada’ novela lo constituía una mujer al margen de las convenciones sociales del siglo S.XVI, que vivía casi de forma salvaje arraigada al entorno natural en el que nació. Un joven preceptor de latín, cuya familia se encontraba repleta de deudas, se enamorará de ella y vivieron una apasionada historia de amor hasta que las pretensiones artísticas del que se convertiría en el más célebre dramaturgo de todos los tiempos, los separaría para él encontrar la fama en Londres mientras ella cuidaba a sus hijos.
La directora Chloé Zhao asumió el reto de poner en imágenes esta historia (contando en el guion con la propia Maggie O’Farrell) y, de alguna manera milagrosa, supo a la perfección cómo adaptar el texto a la pantalla sin que se perdiera un ápice de la intensidad, el virtuosismo y, lo que es más importante, el trasfondo de una obra que hablaba de cómo las mujeres tenían que sacrificar su vida en soledad mientras sus esposos alcanzaban sus sueños.
El resultado, Hamnet, es una película portentosa, tan dura como repleta de delicadeza, con escenas memorables que se quedan incrustadas pero que, en ningún momento, resultan ni excesivas, ni pretenciosas, ni lacrimógenas, sino todo lo contrario: un fluir de vida tan triste como bello en el que la existencia fútil convive de forma explícita con la muerte para componer un drama que explora el alma humana como pocas veces hemos visto en una pantalla de una manera tan tremenda, desoladora como sutil y poética.

Y es que la película está recorrida por una extraña audacia. No es que pretenda ser revolucionaria, pero sí que sabe extraer todo el poder simbólico en torno a la pérdida y la muerte, sobre la soledad y la frustración, sobre la rabia y el contraste entre el entorno doméstico y el entorno elitista del arte.
Debido a la epidemia de peste, el hijo de Shakespeare falleció con tan solo 8 años y, al parecer, el dramaturgo se inspiró en este hecho traumático para componer su mítica Hamlet.
Pero a Chloé Zhao no le interesa adentrarse en los resortes de la biografía convencional. Su película es algo tan orgánico y visceral que no se puede describir con palabras. Sin embargo, sí que hay muchos temas interesantes que contiene la película más allá de los datos que contienen los libros de historia.
La directora articula una reflexión radical sobre el duelo, la maternidad y la creación artística, así como la transmisión del dolor. Puede resultar emocionante que todas las piezas de esta tragedia converjan en la concepción de una obra mítica, pero aquí lo que importan son los sentimientos más íntimos, la riqueza de la expresividad a la hora de abordar elementos profundamente atávicos.
Por eso, Zhao prescinde de la tentación del guiño fácil al público: apenas hay pasajes que remitan de manera directa a escenas o personajes de las grandes tragedias del bardo inglés. En cambio, la película planta su raíz en la distancia entre la intención y la respuesta, en la tierra de nadie que separa a un artista de su obra, a un esposo de su esposa y a unos padres de su hijo perdido.
El abordaje visual y temático de Chloé Zhao
La cineasta, que ya había destacado en títulos como Nomadland (ganadora de dos Oscar) o The Rider, lleva en Hamnet hasta el extremo su interés por desmontar las estructuras narrativas tradicionales.
Zhao apuesta por un cine que busca el tacto y el olor de la imagen, y lo hace desde una perspectiva inequívocamente femenina, omitiendo deliberadamente los lemas de la guerra entre géneros pero asumiendo la decisión de contar la historia desde lo que califica como “el lado femenino” de la experiencia.
Jessie Buckley encarna de forma prodigiosa a Agnes (nunca “Anne Hathaway” según los términos convencionales de la historia), una mujer vinculada hasta lo místico con la naturaleza y presentada en la primera secuencia, acurrucada en un hueco de árbol, rodeada de un paisaje que remite a una fertilidad telúrica y a la vez misteriosa.

Zhao recurre al naturalismo visual que ya forma parte de su sello: la utilización de la luz, la aspereza del viento, los encuadres interiores que sugieren la mirada de un espectro... Todo ello otorga a la narración un tono casi espectral, en el que la inmediatez de las emociones adquiere una materialidad insólita.
La banda sonora de Max Richter se introduce en el filme solo en el desenlace, con On the Nature of Daylight, acompañando uno de los finales más intensos que ha dado el cine reciente: rozando el dolor devastador, pero iluminado por una belleza insobornable. Algo indescriptible. Ese cierre, traduce el famoso dilema del “ser o no ser” de Hamlet en una invitación a aceptar la vida, pese a la oscuridad y la pérdida.
La interpretación de Paul Mescal resulta trascendente por su capacidad para trasladar el sufrimiento de un padre enfrentado a una herida imposible de sanar. El drama se centra en el contraste entre la creatividad de Will (un hombre encallado en el negocio familiar de guantes, frustrado frente a las expectativas de su padre y a la sombra creciente de su esposa) y la fuerza elemental de Agnes, que representa un poder vital y creativo que la película sitúa por encima del propio Shakespeare.
La representación de la infancia y el dolor
Uno de los elementos más destacados es el tratamiento de los hijos de la pareja, en especial los mellizos Hamnet y Judith. Zhao dedica especial atención al lazo entre estos dos hermanos, que juegan intercambiando identidades en una escena que funciona tanto como eco de la obra de Shakespeare como preludio del dolor sobrenatural que sobreviene con la enfermedad y la muerte.

La decisión de Hamnet de absorber el mal de su hermana (cuando enferma) desencadena una de las imágenes más desoladoras de la película: un niño de ocho años, perdido frente a un telón de fondo de árboles pintados, convertido en símbolo de la ausencia y de la imposibilidad de retener a los seres queridos.
En el tramo final, la película se transforma en una confrontación entre las distintas formas en que los protagonistas afrontan la pérdida. Y lo harán en un escenario. Él poniendo en palabras su dolor y ella contemplando la resurrección de su hijo en una representación que si bien convierte a Hamnet en inmortal, su ausencia se quedará para siempre incrustada tanto en el espectador como en los protagonistas.
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