
Cuando el novelista Gustavo Rodríguez escribió la última palabra de Mamita (Alfaguara), sintió alivio. “Sentí que había pagado una deuda y la satisfacción de saber que plasmé una historia que temía que se perdiera en el tiempo”. Había llegado a tiempo, así que el escritor, ganador del Premio Alfaguara de Novela en 2023, no tardó en imprimir en letra grande su novela, encuadernarla y llevársela a su madre. Entre sus páginas, portaba la historia de su familia.
En Mamita, el protagonista es otro escritor con una deuda, que resulta idéntica a la suya: escribir para su madre la excepcional historia de sus abuelos, cuyos orígenes se remontan al Perú de principios del siglo XX. El nombre de su abuelo era Otoniel Vela Llarena, un importante comerciante de caucho que se codeó con algunas de las personalidades más importantes de la época, como Gustave Eiffel o Julio Verne.
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Al mismo tiempo que formaba parte de ese espíritu renovador de principios de siglo, en realidad Otoniel participaba de otra realidad mucho menos adelantada: el conocido como genocidio del caucho, en el que la prolongada esclavitud y maltrato de las poblaciones nativas llevó a la muerte a cientos de miles de amerindios.

La “épica doméstica” de <i>Mamita</i>
“Mis novelas nacen de la intersección entre aquello que me preocupa, y a veces no sé lo que me preocupa, y mis ganas de jugar con alguien para entender esa preocupación”, explica Gustavo Rodríguez en una entrevista con Infobae España. “Pero en el caso de Mamita, la preocupación se me hizo consciente: era claro que yo tenía una gran historia familiar ahí, que hacía tiempo que se la quería regalar a mi madre y que el tiempo iba pasando”.
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De hecho, Gustavo Rodríguez reconoce que “este libro nace como fruto de un fracaso anterior”. La primera vez que trató de escribir esta historia fue cuando le invitaron a la ceremonia de presentación de una moneda que iba a sacar el Gobierno peruano. En ella, aparecía acuñado un palacio que su abuelo construyó a orillas del Amazonas. “En ese momento, al ver a mi madre también en la ceremonia ante el vestigio de quien fue su padre, me dije: ‘Esta es una historia que debo contar’”.
A pesar de ese impulso, tras el final de la investigación que realizó para descubrir a su abuelo y comenzar a escribir, vio claro que no terminaba de dar con el enfoque: “Fue un registro de novela histórica que no creo que sea el mío”. Con el tiempo, dio con la clave para contar la historia desde un marco más actual, que permitiera la aproximación desde la “épica doméstica”, en vez de desde los grandes acontecimientos.
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Según explica el escritor, esto supuso a su vez la llegada de un nuevo reto. “Mi madre adora a su padre sin haberlo conocido”, señala. Pese a su relevancia histórica, su abuelo era un hombre con un oscuro bagaje, por no mencionar la relación “asimétrica” que tuvo siempre con su esposa, abuela de Gustavo Rodríguez. “El reto era encontrar el tono para contarle, con cariño, cosas que hoy se verían como problemáticas”. En ese trabajo, ayudó mucho situar la perspectiva más en los interiores de la historia que en los exteriores.

“Una lotería macabra”
Este ejercicio de aproximación no ha hecho que Mamita descuide la parte más oscura del relato, esa masacre de la que Mario Vargas Llosa nos hablaba en El sueño del celta, y que este año ha motivado documentales tan impactantes como La memoria de las mariposas, de Tatiana Fuentes… a pesar de que, fuera de América Latina, sea un tema tan poco conocido. “En mi propio país tampoco se habla de eso”, concede Gustavo Rodríguez. “A pesar de que dos tercios del país es territorio amazónico, es la región más olvidada, de la que menos se habla y donde más atrocidades pueden ocurrir sin que nadie las cubra”.
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Para el autor de Mamita, “el gran problema del Perú es que el clasismo” que pervive en todas las sociedades, en su país está “íntimamente ligado al racismo”. “El color de piel es una lotería macabra”, sentencia, y luego añade: “Perú es una Sudáfrica de solapa donde el apartheid se da de maneras más sofisticadas”. Una percepción por la que, finalmente, el racismo ha acabado siendo una de esas secretas obsesiones que pueden apreciarse en buena parte de sus novelas.
En la misma línea, sus personajes acaban transmitiendo esas mismas preocupaciones que envuelven el propio proceso de escritura. “Son más ricos cuanta más ambigüedad los rodea”, sintetiza. “Soy un niño que creció escuchando historias sobre su abuelo y que, sin ningún tipo de roce ni conocimiento del mundo, me parecían naturales cosas que hoy son difíciles de asimilar”.
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El oficio con más preguntas del mundo
Esa clase de dudas son las que Gustavo Rodríguez intenta imprimir en sus historias. “En general, y a nivel conceptual, la duda debería ser más bienvenida en nuestra sociedad”, apunta, “en vez de querer gente que cree saberlo todo y que sin dudarlo oprime un botón de guerra”.
Junto a esa necesidad de plantar y cosechar interrogantes en lo moral, también quedan las inquietudes creativas del propio autor, que busca ahora la forma de contar los hechos. Para el autor, esa falta de certeza solo puede existir “felizmente”, ya que solo a través de la misma se puede escribir. “No creo que exista otro oficio en el mundo por el cual una persona se haga tantas preguntas”.
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Duda a duda, Gustavo Rodríguez fue tejiendo la historia familiar que finalmente el protagonista le entrega a su madre, tal y como él hizo fuera de las páginas. Sobre esto último, señala que, en el caso de los escritores hombres, cuesta encontrar literatura en el que las madres tengan tanto protagonismo cómo lo han tenido muchos padres. “Probablemente porque vivimos en sociedades donde el padre está ausente siempre”, considera. “Vargas Llosa era escritor porque su padre aparece después de una ausencia y hacerse escritor es rebelarse ante el autoritarismo del padre. Con la madre no ocurre eso”.
Al mismo tiempo, escribir sobre la madre ha conllevado una carga emotiva que contravenía algunos códigos de la masculinidad. “¿Qué se espera de un escritor hombre?“, se pregunta el propio Gustavo Rodríguez. ”Yo creo que quizá por eso no se espere un título como Mamita, un título quizás demasiado descarnado, sin apetencia intelectual y que invita más a abrir un lado afectivo, que usualmente se le ha otorgado principalmente a las mujeres”.
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Una tierna despedida
En otras palabras, Mamita es también una apuesta por abrirse a la ternura, y por hablar, a través de ella, sobre nuestros padres. “La ternura, al igual que el humor, siempre ha sido un imán para mí”, apunta Gustavo Rodríguez. Solo desde ese registro, podría saldar la deuda que alberga en su interior y que, más allá de la historia familiar, aparece al final de la entrevista.
“Cuando era más joven, escribía novelas para tratar de entender mi pasado, pero ahora me ha dado por escribir novelas para tratar de entender lo que se me viene”. Un futuro en el que, inevitablemente, su madre morirá. “Ese día morirá la única persona que queda en el mundo que sabía cómo olía yo de bebé. Darte cuenta de ese tipo de cosas te hace pensar sobre la importancia de las despedidas, y probablemente yo por eso haya escrito Mamita y Cien cuyes (Premio Alfaguara), como parte del ritual de ese adiós a mi madre”.
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