
La tercera y última temporada de El juego del calamar irrumpió en Netflix el pasado viernes, permitiendo que miles de espectadores vuelvan a sumergirse en el brutal universo tejido por su creador, Hwang Dong-hyuk. La serie nunca ha ocultado su tendencia a apelar a las desigualdades más cruentas y decisivas del mundo contemporáneo. En esa línea, si algo queda claro en esta temporada final es que, aunque algunos concursantes llegan a extremos despiadados para sobrevivir, el auténtico origen del derramamiento de sangre reside en una élite desenfrenada: los VIP.
Presentados por primera vez en el episodio VIP de la primera temporada, este grupo constituye la columna vertebral de la crítica más cáustica de la ficción. Se trata de seis hombres angloparlantes cuyo patrimonio resulta difícil de imaginar y cuyas apuestas transforman las vidas humanas en mercancía. Descritos dentro del propio rodaje como “idiotas completos” y “millonarios sin escrúpulos”, los VIP son asistidos por el enigmático Front Man (Lee Byung-hun) y por los trabajadores del Juego mientras apuestan y celebran con frialdad las tragedias ajenas, como si en una mesa de casino apostaran por caballos de carrera en vez de personas.
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De la máscara al arma: el cambio de los VIP en la temporada final
Con la llegada de la tercera temporada, la metamorfosis de los VIP resulta tan radical como inquietante. Ya no se contentan con observar desde la distancia: se quitan las máscaras, visten los uniformes de los soldados y cambian el champán por ametralladoras. En el episodio 3, cruzan la última frontera moral y participan de la matanza de los perdedores con sus propias manos. Se desenmascaran literal y simbólicamente, dejando atrás la era en que el poder prefería el anonimato.
Según confiesa Hwang Dong-hyuk a Time, este giro responde a una tendencia real perceptible, sobre todo en Estados Unidos: “Antes, quienes realmente controlaban el sistema y mantenían el poder se escondían tras una cortina, casi como una gran conspiración invisible. Sin embargo, ya no es así... se quitan la máscara voluntariamente, casi como si dijeran: ‘Somos quienes lo controlamos todo. Somos quienes tenemos el control’”.
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La sátira de El juego del calamar adquiere mayor nitidez cuando su creador reconoce los paralelismos con figuras del poder económico en la realidad. “Elon Musk está en todas partes estos días, ¿verdad? Todos hablan de él. No solo es el jefe de una gran empresa tecnológica que controla casi el mundo, sino que también es un showman. Después de escribir la temporada 3, por supuesto que pensé: ‘Oh, algunos de los VIP se parecen un poco a Elon Musk’”, confiesa Dong-hyuk.
Otros hechos reales que inspiraron al creador
La inspiración de esta narrativa desoladora nace de experiencias y eventos reales. Hwang Dong-hyuk no sólo remite a la cruenta huelga de SsangYong Motor —con decenas de heridos y muertos—, sino que revela que la génesis de la serie está indisolublemente ligada a sus propios apuros tras la crisis financiera de 2008, el auge de las criptomonedas, el ascenso meteórico de los gigantes tecnológicos y la irrupción de políticos como Trump.
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En el relato, se filtra la preocupación por el impacto creciente de la polarización política. Las alusiones de Dong-hyuk apuntan a la convulsión de la Corea del Sur reciente —con la declaración y caída de la ley marcial bajo la presidencia de Yoon Suk-yeol—, así como a la sacudida producida por el asalto al Capitolio en Washington el 6 de enero de 2021. “Estados Unidos es conocido por su democracia liberal”, explica el realizador, “y ver la profunda división que las elecciones, el voto y las opiniones políticas pueden generar en la gente... fue muy impactante, sinceramente...”. Para el creador, estos eventos —alimentados y amplificados por los algoritmos— sirvieron de inspiración directa para las tramas de la última temporada.
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