
Era 1997 cuando Aranzazu Berradre Marín consiguió que la organización terrorista ETA la captase, aunque su historia comenzó cinco años antes, en 1992, frecuentando ambientes antisistema y antimilitaristas fuera del País Vasco. Berradre no existía, o al menos no lo había hecho desde hacía demasiado tiempo: bajo este alias, la agente de policía Elena Tejada se convirtió en la primera y única mujer en infiltrarse en el grupo armado, para lo que tuvo que desprenderse por completo de su anterior vida, cortar todos sus lazos familiares y dedicarse en cuerpo y alma a una causa que ponía en serio peligro su vida.
Carolina Yuste es una de las favoritas para alzarse este sábado 8 de febrero con el Goya a mejor actriz por su papel en La infiltrada, la película de Arantxa Echevarría que ha sido nominada a otras 12 categorías de los premios del cine español. La historia sigue de cerca los pasos de Aranzazu (o Arantxa) desde que, con solo 20 años y recién salida de la Academia de Ávila, comenzó su proceso de infiltración hasta que, en 1999, el operativo terminó con dos detenciones.
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La agente se convirtió en un “topo” dentro de las filas del ‘Comando Donosti’, uno de los más sanguinarios de la historia de la banda, y consiguió información sensible sobre la falsa tregua que ETA llevó a cabo entre 1998 y 1999. Tras siete años en un mundo que no le pertenecía y pese a poner punto y final a su trabajo como infiltrada, Elena Tejada no pudo volver a su antigua vida nunca más.
La desaparición de Elena
Arantxa Berradre comenzó su proceso de infiltración desde los puestos más bajos de la jerarquía: aprovechando que era de Logroño, regresó allí, donde comenzó a frecuentar ciertos ambientes antimilitaristas que le permitieron crear un pasado para su nueva identidad. El objetivo era dejarse ver, al mismo tiempo que empezar a borrar los rastros de su anterior vida para que ningún pequeño vestigio pudiese delatarla.
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Desde allí se trasladó a San Sebastián, donde tuvo que buscarse la vida: era una agente infiltrada, no encubierta, por lo que su nivel de implicación en la organización terrorista debía ser máxima. Elena tenía que actuar como si verdaderamente fuese Arantxa. Comenzó a trabajar en una carnicería frecuentada por personas de la izquierda abertzale, a acudir a la calle Juan Bilbao y a entrar en el Herriko Taberna. El objetivo era que comenzasen a conocer su cara, mientras ella iba escalando e involucrándose cada vez más en la causa de la independentzia.
En los siguientes años, Arantxa participó en encarteladas y akanpadas, al mismo tiempo que se hacía un hueco y conocía a las personas involucradas en estos ámbitos. Fue en 1997 cuando la agente infiltrada vio el primer avance tangible en su operación: uno de los camareros de la taberna le entregó una nota escrita por José Javier Arizcuren Ruiz ‘Kantauri’, jefe militar de ETA. Había conseguido que la organización terrorista la captase.
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En la boca del lobo
La infiltrada convivió durante un año y medio con los terroristas Sergio Polo y Kepa Etxebarría, al tiempo que recababa información de las operaciones de la banda y la compartía con el comisario, su jefe y la única persona de su vida anterior con la que podía mantener el contacto. En el piso de San Sebastián en el que estuvo durante ese tiempo con los dos etarras, Arantxa descubrió que la tregua que ETA decretó el 16 de septiembre de 1998 realmente era una forma de ganar tiempo para reestructurarse y rearmarse.

El final de la operación se aceleró cuando unas detenciones en Francia provocaron que Polo quisiese abandonar el piso, por lo que se tuvo que proceder de forma inmediata a la detención de los dos etarras. La agente les llevó hasta el sitio en el que fueron arrestados y escapó al lugar que había acordado con el comisario, poniendo fin a siete años de infiltración.
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Una tercera identidad
Sin embargo, esto no supuso para Elena una vuelta a su antigua vida. Había corrido un gran riesgo infiltrándose en la organización terrorista y todavía existía el peligro de que fuese descubierta y perseguida por ETA. Esa misma noche fue llevada a Madrid y, cuando la jueza preguntó por la mujer que había alquilado el piso, la Policía Nacional respondió que “Aranzazu Berradre no existe”.
No pasó mucho tiempo hasta que el entorno de ETA descubrió el motivo por el que Polo y Kepa habían sido detenidos. Además, después de un leve accidente de tráfico, consiguieron el nombre real de Arantxa. Se convirtió entonces en objetivo del grupo armado: empapelaron las calles con su cara y se publicaron imágenes de su casa y de sus padres. Por este motivo, Elena tuvo que huir, buscarse una nueva identidad y dejar atrás su vida de nuevo.
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Pasó un tiempo en embajadas extranjeras y, en la actualidad, nadie conoce su paradero. La agente consiguió rehacer su vida, aunque no ha confesado su historia a sus hijos y nunca ha hablado sobre sus años como infiltrada.
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