
“Nadie conoce esta historia porque es una mujer”, dice. El Asador Donostiarra, ubicado en el madrileño barrio de Tetuán, recibe a los periodistas con una pasarela de fotografías que cuelgan en sus paredes, y que edifican una clara imagen del músculo gastronómico que el restaurante atesora. Entre David Beckham y Bertín Osborne, la directora Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968) atiende a Infobae España para presentar La infiltrada, la película que reproduce la historia real de la primera policía que se hizo un hueco en la izquierda abertzale, llegando a convivir con miembros de ETA durante ocho años -poniendo en pausa su nombre y sus vínculos familiares-.
Aranzazu Berradre Martín, pseudónimo que empleó para no desvelar su identidad, aparcó su vida con apenas 20 años de edad para intentar desarticular, desde dentro, el Comando Donosti. Lo hizo en una época delicada en la que la banda terrorista había anunciado una falsa tregua que trasladó sus operaciones y comunicaciones a las sombras. “Si llega a ser un hombre no hago la película”, indica a este medio. “Me habría interesado menos y ya lo habrían hecho”, añade irónica.
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A Echevarría la historia le pareció “un caramelo”, pero había una condición imprescindible para llevarla a cabo: el sí de Carolina Yuste, que protagonizó su primer largometraje, Carmen y Lola. “La llamé corriendo”, cuenta. “No me habría atrevido a hacerlo con otra, porque ella es increíble, es una actriz con intuición”, dice la cineasta. Además, “me cae bien”, un elemento imprescindible para que la química y el bienestar se plasme en la pantalla. Junto a ella, Luis Tosar (interpretando a ‘El inhumano’, el encargado de la operación), Íñigo Gastesi y Diego Anido (como los etarras Kepa Echevarría y Sergio Polo), y Víctor Clavijo, Nausicaa Bonnín, Jorge Rueda y Pepe Ocio como miembros de la unidad antiterrorista.
La directora cree que, si no eres vasco, “es complicado” hacer la película que presenta, pues ella ha regresado a su infancia para recordar algunos de los capítulos más notorios de la historia contemporánea del país. “Mi padre aprendió castellano a los 19 años, él hablaba euskera a diario, era de un pueblo de Amorebieta”, relata. “En Madrid, la gente le miraba mal por la calle”, cuenta, para añadir: “En el colegio pegué a un niño porque me llamó etarra, pero esas generalidades tan dolorosas y terribles se están olvidando”.

El 20 de octubre de 2011, ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada. Trece años después, los titulares políticos siguen abordando el fin de la organización terrorista. Este lunes, todos los partidos políticos aprobaron en el Congreso una reforma legal que convalida a los presos de la banda las penas que cumplieron en otro país. El Partido Popular se ha retractado de su “error injustificable”, aprovechando su mayoría absoluta en el Senado para aplazar la votación. Dicha enmienda podría poner en libertad a líderes de la banda, como Txapote o Kantauri, en el año 2025.
Echevarría es prudente al ser preguntada por la actualidad, pues necesita más tiempo para empaparse de todo lo que ha acontecido en las últimas horas. “Las víctimas tienen todo el derecho del mundo a que se cumplan las condenas y a ser escuchadas, pero tenemos que intentar pensar en el futuro”, opina. Lo que más preocupa a la directora es que ETA se haya convertido en una arma arrojadiza en el estante gubernamental. “Algunos intentan cerrar las heridas y otros no permiten que dejen de sangrar”, relata. Cree que la ciudadanía sí ha pasado página, pero no tanto nuestros políticos.
La infiltrada no sólo añade una nueva capa a la memoria de la creadora, también pretende hacer escuela entre los jóvenes “a quienes ETA les suena muy lejano”: “La memoria histórica nos sirve para recordar el pasado y no repetirlo”, dice. Pese a que Miguel Ángel Blanco suele ser uno de los nombres más repetidos a la hora de hablar de la banda armada, Echevarría destaca a Irene Villa. “Recuerdo ser pequeñita, poner la tele y verla. Nos marcó a toda una generación”.

“Soy una cotilla”
El currículo de Arantxa Echevarría es del todo dispar: drama, comedia y thriller, la directora se atreve con todo. Tras Carmen y Lola (2018), seleccionada para participar en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, llegó La familia perfecta (2021), una fórmula cómica que repitió con Políticamente incorrectos (2024). Mantuvo la senda más autoral con Chinas (2023) y, ahora, con La infiltrada. “No tengo pudor de hablar de nada, las cosas me llaman la atención”, indica. Ya sea hablando de gitanas lesbianas, o introduciéndose en una familia china del barrio de Usera, la directora se sumerge en realidades ajenas a la propia para confeccionar relatos que considera interesantes.
“En el fondo soy una egoísta por hacer este tipo de películas”, cuenta. “Soy una cotilla terrible, enorme, quiero saber cómo se hace un operativo de policía y lo quiero saber ya”, apostilla, alejándose de los terrenos “tranquilos” que beben de la “autocomplacencia” que vislumbra en el cine español. Se alegra, por supuesto, de que la taquilla actual cuente con numerosas películas patrias entre las diez más vistas. “La mayoría son de mujeres”. Habla de Soy Nevenka, de La Virgen Roja, o de Los destellos, pero también destaca las fantásticas cifras de El 47 o Casa en llamas. “Ya era hora, ¿no?”, dice.
Con la mirada puesta en el futuro, Echevarría anticipa a este medio dos de los proyectos en los que está trabajando actualmente. El primero, “una comedia negra”, un género que nunca ha tocado y en el que quiere probar suerte; el segundo, una película sobre “la vida de ‘La Pasionaria’”. Este último sigue dando pequeños pasos para convertirse en una realidad, pero “molaría, ¿verdad?”.

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