Tenía solo 14 años cuando protagonizó El embrujo de Shanghai (2002), la adaptación de la novela de Juan Marsé que llevó a cabo Fernando Trueba. En ella, encarnaba a la preadolescente Susana, enferma de los pulmones y que tenía que pasar en su habitación la mayor parte del tiempo, mientras se convertía en objeto de fascinación de un muchacho embelesado con las historias que contaba un amigo de su padre sobre sus aventuras exóticas.
A la pequeña Aida Folch le cautivó esta experiencia y decidió formarse como actriz. “Cuando hice esta película, no tenía ni idea de nada. Era la primera vez que estaba en un rodaje, no conocía la técnica ni un montón de cosas. Así que solo me dejé llevar. Creo que entré en el mundo del cine de la mejor manera posible, junto a Fernando Trueba, con Fernando Fernán Gómez, con Juan Marsé”, cuenta Aida Folch a Infobae España.
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Los rasgos exóticos y el magnetismo natural que desprendía en El embrujo de Shanghai, afortunadamente, nunca se perdieron. Trabajó con Fernando León de Aranoa en Los lunes al sol, con Manuel Huerga en Salvador (Puig Antich) y con Antonio Chavarrías en Las vidas de Celia.
Fernando Trueba, su mentor

Cuando en 2012 Fernando Trueba la llamó para protagonizar El artista y la modelo, con 24 años ya era una artista curtida. “Ya no era una niña, era una adulta y nuestra relación fue diferente, creo que comenzó de verdad nuestra amistad, así como la confianza mutua que ha permanecido durante todo ese tiempo”, continúa. “Podríamos decir que es mi mentor, una persona que siempre ha estado ahí apoyándome en lo personal y en lo profesional”
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El artista y la modelo no dejaba de ser un proyecto atípico. Rodado en parte en francés, con la participación en el guion de Jean-Claude Carrière y con las presencias de dos intérpretes míticos como Claudia Cardinale y Jean Rocheford.
Con Matt Dillon, una pareja inesperada

Ahora, Fernando Trueba ha vuelto a contar con Aida Folch en otra película que se escapa a cualquier tipo de convencionalismos. Se llama Isla Perdida (Haunted Heart), se ambienta en una isla griega y está rodada en inglés, con la participación del actor Matt Dillon como ‘partenaire’.
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“La verdad es que las cosas que me propone Fernando siempre son una locura. Y eso me hace pensar que en el cine todo es posible. A él se le ocurren cosas muy raras, como ese ‘mix’ entre El Cigala y Bebo Valdés, combinaciones imposibles que en su mente encajan a la perfección”.
En Isla perdida (Haunted Heart), la actriz interpreta a Álex, una chica que escapa de su pasado para aceptar un puesto de camarera en una isla perdida de Grecia regentada por Max un norteamericano misterioso y de pocas palabras del que se terminará enamorando.
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Un thriller psicológico sobre la masculinidad tóxica
Sin embargo, aunque al principio parezca que nos encontramos frente a una comedia romántica, en realidad, el relato irá desplegándose de formas inesperadas, transitando por varios géneros hasta desembocar en el thriller, a través del desarrollo de la relación tóxica que se establecerá entre la pareja.
“Yo tenía en la cabeza películas como Misery o Atracción fatal, también El cabo del miedo, que como espectadora disfruto mucho porque me encanta el suspense psicológico. Así que me apetecía mucho explorar ese tipo de territorios”.
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A pesar de hablar claramente de la masculinidad tóxica, Folch asegura que el objetivo de Fernando Trueba era “hacer cine por el cine”, es decir, hacer una película que supusiera un entretenimiento sin que tuviera detrás ninguna clase de trasfondo dentro de lo que pudiera ser una agenda política.
“Una de las cosas que me gustan de mi trabajo es cómo cada espectador puede ‘resignificar’ una película, con qué se queda cada uno. Evidentemente, estamos ante una relación tóxica, de esas que muchos hombres y mujeres han vivido, también yo. Aunque pienso que ese es el riesgo de amar. Uno no llega a conocer con quién duerme hasta pasado un tiempo y no siempre tiene por qué salir bien”.
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La película irá cambiando de tono a lo largo de las tres partes en las que está dividida, que corresponden a las estaciones de verano, otoño e invierno. Así, pasaremos de un espacio idílico a un ambiente claustrofóbico. “Una isla puede ser muy paradisíaca, pero también convertirse en un sitio gris, insulso y vacío, incluso terrorífico. Todo depende de tu relación con ese sitio, que era algo que queríamos explorar”.
Trabajar con Matt Dillon ha sido para ella de lo más sencillo y estimulante. “Los dos teníamos muy clara la química que debíamos tener, la energía de cada personaje. Así que hemos estado muy conectados en ese sentido y, eso que yo tenía que estar muy concentrada en hablar en inglés, por lo que tenía que permanecer todavía más receptiva. Me sorprendió que no fuera un actor tan técnico como hubiera pensado, sino mucho más intuitivo y receptivo. Fue una experiencia maravillosa”.
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