Adrián Vázquez
Barcelona, 3 may (EFE).- No por repetido resulta más sencillo. Alcanzar una final de la Liga de Campeones nunca lo es; hacerlo sin conocer la derrota, todavía menos. Por eso conviene detenerse y dimensionar lo que está construyendo esta generación de futbolistas, acostumbrada a convertir lo extraordinario en rutina.
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"A veces parece que se da por hecho que el Barça va a ganar, pero es muy difícil mantenerse en lo más alto cada año", advertía Patri Guijarro tras la conquista de la undécima Liga del conjunto azulgrana. Una reflexión que encuentra aún más sentido en el escenario europeo, donde el Barcelona ha hecho de la final su lugar natural desde 2021.
Y 2026 no iba a ser distinto. Oslo y el Ullevaal Stadion aguardaban, pero antes quedaba una última noche en casa. Tras el 1-1 de la ida, todo se decidía en un Spotify Camp Nou entregado desde el primer instante, con 60.021 gargantas empujando hacia el triunfo.
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El pasado reciente, además, no hacía más que alimentar esa sensación. Seis victorias y un empate en siete partidos en el recinto ubicado en el barrio de Les Corts hablaban de un equipo que ha aprendido a dominar su propio territorio con una naturalidad casi incuestionable; de un movimiento que dejó de pedir espacio para empezar a ocuparlo.
Un camino que no empieza ni se explica solo desde una noche ni un estadio. Viene de mucho antes. De cuando pioneras como Melanie Serrano o Marta Unzué sentaron las bases del proyecto que hoy sostienen referentes como Alexia Putellas o Patri Guijarro, y ya asoma hacia el futuro en nombres como Clara Serrajordi o Vicky López.
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Por ellas, y por una afición que nunca dejó de creer, el equipo de Pere Romeu volvió a estar a la altura del relato que ha construido. Bajo un cielo encapotado, el Barcelona se impuso a un combativo Bayern, que vendió muy cara su eliminación incluso cuando el 4-1 de Alexia Putellas, en el minuto 58, parecía cerrar la historia.
Pero si algo ha demostrado este equipo es que sabe adaptarse a cualquier contexto, menos a traicionarse. Incluso en un verano marcado por las restricciones financieras, donde la prioridad de la dirección deportiva fue retener el talento, aunque el precio fuera una plantilla más corta.
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La salida de hasta ocho futbolistas, las lesiones y una primera plantilla reducida a 17 fichas empujaron a Pere Romeu a mirar hacia la juventud. Lo hizo por necesidad, pero también por convicción. Y en esa mezcla de urgencia y fe el conjunto azulgrana encontró piernas frescas para sostener el ritmo, energía para ensanchar la rotación y talento para mantener intacta la idea.
Porque este Barcelona no se explica solo desde lo que gana, sino desde todo lo que ha tenido que recorrer. Budapest 2019, Turín 2022 y Lisboa 2025, las derrotas que moldearon el carácter. Gotemburgo 2021, Eindhoven 2023 y Bilbao 2024, las victorias que consolidaron un estilo.
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El Barcelona ya está en la final, la séptima de un proyecto que, desde 2019 -con la única excepción de 2020-, no ha dejado de competir por el trono continental. Un dato que ya es relato. El Olympique de Lyon espera. Y no es solo una nueva oportunidad de levantar la cuarta 'Champions', sino de escribir otro capítulo de una historia que se escribe en presente continuo.
Porque todo este camino -cada salida, cada apuesta, cada generación que empuja a la siguiente- conduce exactamente a este lugar. Y este Barcelona, fiel a su esencia, vuelve a habitarlo con naturalidad. Donde quería estar. Donde, en realidad, ya pertenece. EFE
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