Inés Morencia
Valladolid, 10 ene (EFE).- El sábado, día grande en Pingüinos, está protagonizado por los desfiles -el de banderas, en jornada matutina, y el de antorchas, por la tarde-, pero también por la música y, sobre todo, por ese gran ambiente de hermandad que se vive dentro y fuera de la zona de acampada.
En esta, el tiempo discurre entre charlas, cervezas o vino, algún que otro cubata y cigarrillo, y la suculenta comida que se incluye en el precio de la inscripción.
Alberto Prieto es uno de los que están en cocina, vigilando para que ningún motero se quede con hambre. En el caso de la cena del sábado, consistente en un plato -lleno hasta los bordes- de patatas con costillas adobadas y ragú de ternera-, vino o agua, empanada individual, y fruta o yogur.
Los moteros acampados hacen acopio de estas viandas para coger energía antes de entregarse en la pista principal a los conciertos de Rock and Roll Cirkus, ya habituales de la concentración, y de Tam Tam Go, plato fuerte de esta edición.
Pero no llegan a Valladolid con las manos vacías, ni mucho menos. Todos traen en su equipaje comida y bebida, porque si entra la "gusa" de madrugada, hay de dónde rascar, y así uno duerme mejor, a pesar del frío.
Curiosamente, hay muchos moteros de Valladolid, que trasladan su "casa" durante los cuatro días de "Pingüinos" a las tiendas de campaña, para disfrutar al máximo de todo lo que depara la convivencia de un colectivo siempre solidario y amable.
Como en el caso del grupo de amigos de Project Riders, formado por diez personas, que han querido probar la experiencia por primera vez, ya que en años anteriores iban y venían desde sus casas, y están "encantados" de haber dado ese paso.
Otros, sin embargo, como la pareja formada por María y Luis, prefieren quedarse en un hotel, más calentitos y cómodos y, a pesar de que la moto les "dejó tirados" decidieron venir en tren a la reunión, y seguir formando parte de la misma, tras cuatro años visitándola.
Una avería no podía convertirse en un obstáculo para venir a Pingüinos y, aunque esta edición la están viviendo de un modo distinto, siguen pensando que es una cita ineludible, en la que se conoce "mucha buena gente".
También Miguel Ángel y Toni, procedentes de Valencia, regresan al hotel cuando lo consideran oportuno, si bien "pisan poco" por allí, ya que están exprimiendo al máximo cada jornada, haciendo rutas con la moto, viendo las exhibiciones de stunt y acudiendo a los conciertos.
Tampoco han querido faltar los "guardianes del asfalto", un grupo formado por miembros de los diferentes cuerpos de seguridad del estado, que aparcan sus uniformes por un tiempo para disfrutar de lo que es, para la mayoría, una pasión: las motos.
Cierto es que este año Valladolid ha visto menos banderas en el desfile, que no menos vehículos, y menos disfraces o cascos originales, pero la ciudad se ha vuelto a volcar con esta actividad, al igual que en el de antorchas, más emotivo, puesto que se recuerda a los compañeros fallecidos.
Al final, el clima ha acompañado a esta fiesta marcada en rojo en el calendario de la ciudad, por lo que es muy probable que se llegue a los 40.000 participantes e incluso, como comentó el alcalde, Jesús Julio Carnero, que se alcance un nuevo récord.
Será el domingo, en el balance de Pingüinos, cuando se detalle la cifra oficial, y se ponga el punto y final a la 43ª edición, con la entrega de los "Pingüinos de Oro" y de diferentes premios a los participantes, al más lejano, el más joven, o el más veterano. EFE
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