Asier Aldea
Pamplona, 23 nov (EFE).- En una de las salas de la asociación Besarkada-Abrazo hay un cojín con la siguiente pregunta: ¿Cómo me siento? “Aquí lo conocemos como el cojín mágico”, señala Sara Pérez Pizarro, psicóloga de esta asociación navarra que acompaña a supervivientes al duelo por suicidio de un ser querido.
Ella también tuvo que hacerse esa pregunta. No fue inmediata. Pasaron entre tres años y medio y cuatro para que se la planteara realmente tras la muerte por suicido de su padre en 2014. “En ese momento pude ser sincera. Había estado sobreviviendo, pero no era más que tapar y tapar. Sabía que estaba mal, pero mi trauma y mi estrés postraumático me hacían estar desconectada totalmente”, recuerda.
Especializada en trauma y duelo por suicido, Pérez habla de cómo el cerebro activa un mecanismo de defensa ante el dolor tan profundo que este tipo de personas sienten que se bloquean procesos psicológicos y se entra en una fase de irrealidad en la que no es posible asumir lo ocurrido.
Porque convivir con el duelo por suicido no es una cuestión de “echar cojones u ovarios”, como suele escuchar Pérez, sino que emocional y corporalmente se producen una serie de fenómenos que dificultan el detener esa rueda.
El impacto de esta tragedia genera otras características que llevan a una tristeza profunda o una rabia muy difícil de gestionar, pero el sentimiento de culpa es el patrón más repetido. “Me recriminaba a mí misma no haber hecho más por él”, recuerda.
El estigma que rodea el suicido y el juicio social que se hace al fallecido y a la familia son hechos que provocan el aislamiento de los supervivientes. “Es un factor de riesgo que las personas supervivientes y los profesionales estemos de alguna manera bajo el yugo del estigma. Se dificulta la atención y el desarrollo de recursos e impiden también la tarea de prevención”, asegura Pérez.
Disponer de espacios en los que poder expresarse, compartir el dolor y sentirse escuchado ayuda a estas personas; también el conocer a otra superviviente cuando acudía a terapia resulta un mano amiga, como fue el caso de Pérez.
“Nunca se me olvidará el haberla conocido; no hay nada comparable al nivel de comprensión de tener al lado a una persona que ha vivido lo mismo que tú. Porque, a través de escuchar a esa chica y su dolor, pude ir empezando a conectar con el mío. Fui empezando a desanestesiarme”, comparte. También junto a su hermana menor, su madre, su prima hermana y las amigas pudo encontrar un sitio en el que hablar y compartir.
Un mito: “La persona que se suicida lo tenía claro y ya está”. Otro: “Si yo hablo del suicidio puedo incidir a que otras personas se quiten la vida”. Pérez los desmiente: “Todo esto lleva a la censura, lo que evita la prevención”.
Un dato que preocupa especialmente a Pérez son aquellas personas que no llegan a pedir ayuda. “En 2022 hubo 4.227 suicidios en España y pienso que, por cada suicidio, 14 personas se quedan altamente afectadas y 6 de ellas se quedan gravemente afectadas de por vida. 4.227 suicidios por 6 sale una cifra de 25.362 personas supervivientes. ¿Cuántas de esas personas son atendidas?”, reflexiona.
Las últimas dos semanas de Pérez han sido un no parar a raíz de la celebración del Día Mundial del Superviviente al Duelo por Suicidio (16 de noviembre). Se le hace extraño contar su historia a tantas personas y medios, cuando suele ser ella la que está en el otro sillón, escuchando.
Quizá poco queda de aquella Pérez de 24 años que vio cómo su vida se rompía en mil pedazos, pero ahora se sienta en su consulta, en el sitio donde ayuda, con el corazón y la cabeza también en el sillón de enfrente y sonríe al ver al fondo el dibujo de un paciente en el que aparecen él y ella.
“Soy feliz. He encontrado mi sitio en la vida”. EFE
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