
Tener a su primera hija después de intentarlo durante poco más de un año fue un caso insólito en el sector en el que trabaja Laura Gil. La mujer de 49 años lleva toda la vida como tripulante de cabina de pasajeros (TCP) y ha sido testigo de cómo sus compañeras han sufrido dificultades para quedarse embarazadas, ciclos menstruales irregulares, trastornos hormonales e, incluso, una cantidad “muy elevada” de abortos espontáneos. Estos problemas, ignorados durante décadas, siguen siendo menospreciados dentro de la aviación, pese a que cada vez hay más evidencia que avala el impacto sobre la salud de las rutinas del empleo y de la exposición a la radiación cósmica.
De hecho, un estudio elaborado por investigadores de la Universidad de Harvard, que tomó como muestra 13 millones de certificados de defunción entre 2020 y 2024, de personas que trabajaron en 503 sectores, demostró que los tripulantes de cabina de pasajeros (TCP) y los pilotos encabezan respectivamente la lista de profesiones con mayor probabilidad de morir de cáncer por la radiación ionizante y las rutinas del empleo. Un porcentaje que los sitúa incluso por encima de los tecnólogos nucleares. Pero “la incidencia, especialmente en el cáncer de mama, es muy elevada”, señala Laura Gil, también portavoz sindical.
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En su aerolínea, afirma, han tenido un año “fatídico”, porque “los seis fallecimientos de TCP jóvenes han sido todos de cáncer; estamos hablando de mujeres de 40 años”. Estos números sorprenden aún más cuando alargamos el marco temporal. Según sus estimaciones, “el 90 o 95% de los fallecidos o las fallecidas en activo ha sido por cáncer”, y todos los casos, salvo uno, han sido mujeres. La causa de este deterioro fisiológico se explica en parte por el régimen de trabajo exigente al que se somete al cuerpo: elevación de grandes cargas por encima de los hombros, la “turnicidad discrecional”, los cambios en el cronograma con pocos días de antelación y los distintos horarios a los lugares a los que viajan. Según explica Gil, con “un madrugón te puedes levantar a las cuatro de la mañana, y pueden ser cuatro, cinco o hasta seis seguidas”.

A ello se añade la carga de las rutas transoceánicas, en las que las azafatas pueden “llegar incluso a hacer cinco cruces del Atlántico al mes, que son 10 veces entre ida y vuelta, lo cual es una barbaridad”. Esta inestabilidad biológica provoca que, “al final, la gente necesite ayuda farmacológica para dormir y sufra muchos desajustes del periodo menstrual”. Aunque la falta de transparencia dificulta el acceso a estadísticas oficiales, la vivencia directa en la cabina refleja un panorama alarmante. Como relata la propia tripulante: “El número de abortos espontáneos que hay en las TCP es muy elevado” y no se le está dando la importancia sanitaria que debería.
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“Acarreamos todavía el estigma del glamour de la aviación”
Coger un avión en los años 60 y 70 era un lujo que solo pocas personas podían permitirse. Durante esas décadas, las aerolíneas buscaban además tener una imagen limpia dirigida a un sector con un estatus elevado. Hoy, Laura Gil sostiene que “acarreamos todavía el estigma del glamour de la aviación”, lo que, en su opinión, “afecta y mucho, especialmente a las mujeres, pero por algún motivo no le quieren dedicar más atención de la justa”.
La evidencia científica de las últimas dos décadas ratifica la gravedad de estos factores de riesgo. En concreto, una de las últimas investigaciones, publicada en 2024 por la revista Ocuppational & Enviromental Medicine, expuso que el 61% de las azafatas determinaban que su trabajo tenía un esfuerzo físico elevado debido a la carga de equipaje pesado de forma habitual. Esto se asoció con ciclos menstruales irregulares y dolores menstruales severos. Un año antes, otro estudio evidenció que existe una asociación muy clara entre los ciclos irregulares de una mujer con la infertilidad o subfertilidad y el riesgo de desarrollar complicaciones obstétricas y neonatales adversas.
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Esto, según exponían los autores, se debe a que las mujeres con períodos irregulares tienen más del doble de probabilidad de experimentar problemas para quedarse embarazadas. También tienen una mayor incidencia en trastornos hipertensivos como la preeclampsia, hemorragias anteparto, parto prematuro, bajo peso del recién nacido al nacer y un incremento en el riesgo de la mortalidad perinatal.
Este mismo año se ha publicado una revisión –en la que se analizan 54 estudios– en la revista Journal of Education, Health and Sport que explica cómo la alteración del ritmo circadiano por viajes transmeridionales (jet lag) y turnos nocturnos afecta a la salud reproductiva femenina, y sitúa a las tripulantes de cabina como un colectivo de alto riesgo. Tal y como detalla el documento, la desincronización biológica altera el núcleo supraquiasmático (NSQ), desregula la secreción de melatonina y aplana o invierte el ritmo diario de cortisol. Esta cascada descompensa el eje hipotálamo-hipófisis-ovario (HPO), alterando la liberación pulsátil de la hormona GnRH y de las gonadotropinas (LH y FSH), e induciendo hiperprolactinemia.
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En otras palabras, esto provoca irregularidades menstruales, dismenorrea (cólicos), empeoramiento del síndrome premenstrual, menor reserva ovárica y un mayor riesgo de aborto espontáneo vinculado a volar durante el intervalo de sueño habitual o a la radiación cósmica. Debido a ello, los autores del estudio instan a la medicina laboral a monitorizar el trabajo nocturno y proteger a las embarazadas. Pero ¿por qué sigue siendo un problema invisibilizado?

Intereses económicos y la batalla legal por la penosidad laboral
A pesar de los hallazgos científicos, Laura Gil denuncia la existencia de barreras estructurales que impiden avanzar en la protección de las trabajadoras: “Realmente no nos dan los datos; si quisieran dárnoslos, claro que los tienen”, afirma. Ante la inacción empresarial, la representante propone que “se considerara una enfermedad profesional”. No obstante, el interés económico que se esconde detrás condiciona este avance, opina la azafata de Air Europa: “Al final, entiendo que la industria no reconoce el tema de la radiación, lo que afecta ya no solo a los trabajadores, sino a los clientes y posibles reclamaciones de indemnización a los fabricantes de los aviones”. Y es que, como recuerda, “cada vez los aviones vuelan a niveles más elevados y eso implica más radiación; pero hay menor consumo de combustible”.
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Por este motivo, las tripulantes de cabina de pasajeros son una de las pocas profesiones en las que “pasas a la situación de riesgo de embarazo” en cuanto se notifica la gestación y en las que se tiene en cuenta un periodo de lactancia de nueve meses. Al final, “si no hubiera radiación y no hubiera ningún perjuicio, no se darían estos riesgos durante el embarazo”, concluye Gil.
Otra de las peticiones, por la que se ha luchado desde SITCPLA (el sindicato de tripulantes de cabina de pasajeros de líneas aéreas al que pertenece Gil), es el reconocimiento y la inclusión dentro del Real Decreto 1559/1986, que les permitiría prejubilarse antes y no exponerse tanto tiempo. Dentro de esta normativa, como afirma Antonio Escobar, portavoz del sindicato, se incluyen a pilotos y mecánicos de vuelo con una reducción del 0,40 y del 0,30, respectivamente.
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