
En una isla remota del océano Pacífico se levanta una estructura de hormigón que ha permanecido cerrada durante más de cuatro décadas. Se trata de la conocida como cúpula de Runit, situada en el atolón de Enewetak, parte de las Islas Marshall. Bajo su superficie, se almacenan toneladas de residuos radiactivos procedentes de las pruebas nucleares que realizó Estados Unidos en la región durante la Guerra Fría.
El origen de la cúpula se remonta a los años de los ensayos atómicos estadounidenses, entre 1946 y 1958, cuando se detonaron docenas de bombas en distintos atolones del Pacífico. Uno de los lugares elegidos para estas pruebas fue Enewetak, un atolón de las Islas Marshall en el que en 1958 tuvo lugar el ensayo nuclear conocido como “Cactus”. Esta explosión, de una potencia superior a la de Hiroshima, dejó un enorme cráter en la isla de Runit.
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En la segunda mitad de la década de 1970, el gobierno de Estados Unidos inició un proceso de descontaminación en las islas afectadas por la radiación. Para ello, se recogieron cerca de 85.000 metros cúbicos de residuos radiactivos, incluyendo tierra contaminada y restos de material de los ensayos. Todo este material fue mezclado con cemento y depositado en el cráter dejado por la bomba Cactus. Posteriormente, en 1979, se selló el lugar con una cúpula circular de hormigón de 115 metros de diámetro y 45 centímetros de espesor, formada por 358 losas ensambladas.

Un “ataúd nuclear” en un atolón del Pacífico
La construcción de la cúpula fue considerada en su momento una solución rápida y eficaz para encerrar los residuos, aunque presentaba limitaciones evidentes. Según lo publicado por SciencePost, la base del cráter no fue impermeabilizada, lo que permite que el material radiactivo repose directamente sobre el suelo poroso del atolón. Esta decisión, tomada por motivos económicos, dejó sin protección la parte inferior del depósito y expuso el entorno marino a posibles filtraciones.
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A lo largo de los años, diversos estudios han detectado que el mar llega a infiltrarse en el interior de la estructura. Un informe solicitado por el Congreso estadounidense y elaborado por el Pacific Northwest National Laboratory confirmó que el agua salada entra en contacto con los residuos almacenados. Otro reportaje del Los Angeles Times describió cómo la cúpula “respira” al compás de las mareas, absorbiendo y expulsando agua que podría transportar partículas radiactivas a los arrecifes de coral cercanos.
La situación ambiental en el entorno de Runit preocupa a los expertos. En algunas zonas de las Islas Marshall se han registrado niveles de radiación superiores a los de Chernóbil o Fukushima, ambos lugares marcados por catástrofes nucleares. La cúpula ha recibido el sobrenombre de “el ataúd nuclear”, expresión utilizada por el exsecretario general de la ONU Antonio Guterres, para subrayar la gravedad del reto que representa.
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Las consecuencias para los trabajadores que participaron en el sellado del cráter también han sido documentadas. Muchos de ellos desarrollaron enfermedades crónicas en pocos años, tras manipular residuos radiactivos con escasa protección, según testimonios recogidos por SciencePost.

Desde 1986, la responsabilidad sobre el mantenimiento y la seguridad de la cúpula recae en el gobierno de las Islas Marshall, según el acuerdo denominado Compact of Free Association. Este traspaso de competencias dejó a un pequeño Estado insular a cargo de una instalación de alto riesgo, sin los recursos técnicos ni financieros para gestionarla adecuadamente.
El paso del tiempo y el cambio climático agravan la amenaza. La isla de Runit apenas se eleva dos metros sobre el nivel del mar y resulta especialmente vulnerable a la subida de las aguas y a fenómenos extremos. Un posible aumento del nivel del océano o un tifón podrían dañar la cúpula y liberar grandes cantidades de material radiactivo al entorno marino.
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Hoy, la isla de Runit sigue deshabitada, mientras unas 650 personas viven en otras partes del atolón de Enewetak. La cúpula permanece cerrada, sin que nadie se atreva a abrirla ni a intervenir en su interior, convertida en un símbolo de las soluciones temporales adoptadas durante la Guerra Fría y de los riesgos medioambientales que continúan presentes en el Pacífico.
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