Por qué te sientes cansado después de tomar el sol y cómo afecta a nuestra salud

La fatiga después de la exposición al Sol incluye diversos procesos poco visibles que alteran el equilibrio del organismo y provocan sensación de somnolencia y cansancio

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Una mujer con la cara enrojecida y sudorosa, con una botella de agua en una mano y la otra en la frente, sentada en un banco en una plaza urbana.
Una mujer visiblemente afectada por el calor se agarra la cabeza mientras sostiene una botella de agua. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las altas temperaturas condicionan la rutina cotidiana de todos durante el verano. Además, durante las vacaciones estivales es normal incorporar entre los hábitos tomar el sol en playas o piscinas.

Aunque en los últimos tiempos se ha generado un debate público sobre los riesgos derivados de la exposición solar a raíz de las publicaciones del futbolista Marcos Llorente en redes sociales en las que aparecía tomando el sol sin crema de protección ni gafas de sol, todos ellos han ido dirigidos al riesgo de cáncer de piel. Y, aunque es la principal de las consecuencias, ninguno de esos comentarios se ha referido a otro de los problemas que genera esta práctica, el cansancio.

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Según Arthur Brooks, catedrático de Harvard, “el sol y la felicidad están indudablemente relacionados”. La naturaleza misma hace que nos sintamos con más energía y, por ende, más alegres o al menos con una sensación más intensa de bienestar. Sin embargo, además de ayudar a potenciar los niveles de vitamina D y a liberar serotonina, que es una de las sustancias en tu cuerpo que generan felicidad, en aquellos días donde se suceden las olas de calor que baten récords en los termómetros, la realidad es otra.

Por qué genera fatiga

Concretamente, la fatiga tras la exposición al sol no se debe a un agotamiento directo de la energía de los rayos solares, sino más bien a un intenso estrés biológico. Lo que parece solo agotamiento por calor es, en realidad, la suma de complejos procesos corporales internos que afectan al organismo mucho más allá de la simple subida de la temperatura.

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Cuando el cuerpo se expone al calor y a la radiación ultravioleta, se ve obligado a desviar importantes recursos metabólicos hacia tres funciones vitales de protección y recuperación.

Las autoridades recomiendan evitar exposición prolongada al sol debido al intenso calor. (La Prensa)
Las autoridades recomiendan evitar exposición prolongada al sol debido al intenso calor. (La Prensa)

La primera de ellas es la termorregulación activa que lleva a cabo nuestro propio organismo, en la que el aumento de la sudoración y la vasodilatación periférica sobrecargan el sistema cardiovascular para disipar el exceso de calor. La segunda, que se genera directamente por culpa de la primera, se resume en una compensación de agua. La pérdida de líquidos y minerales esenciales (como el sodio y el potasio) reduce el volumen sanguíneo y altera la función celular, provocando fatiga y disminución de la capacidad de atención. Y, por último, la reparación de los tejidos afectados. El sistema inmunitario y los mecanismos bioquímicos internos consumen mucha energía para reparar los microdaños en el ADN de la piel causados ​​por los rayos UVB.

Cómo afecta a nuestra salud

Aunque la somnolencia moderada desaparece rápidamente tras el descanso y la hidratación, hay ciertos signos clínicos que afectan directamente a nuestra salud y requieren atención inmediata, ya que pueden estar relacionados con afecciones patológicas como el golpe de calor.

Reconocer las señales de alerta resulta esencial para prevenir complicaciones. Ante signos más graves como desorientación, dolor de cabeza intenso, náuseas, vómitos, dolor abdominal, fiebre alta, taquicardias (latido cardíaco rápido), anhidrosis (ausencia de sudoración con piel seca y muy caliente) o pérdida de conciencia, la atención médica urgente es indispensable, porque podrían tratarse de síntomas de insolación, una condición potencialmente mortal.

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