El secreto que se esconde en el ojo de la mosca de la fruta podría ser la clave para que la regeneración de tejidos deje de depender de materiales artificiales

Un estudio ha descrito por primera vez el hallazgo de un metamaterial natural programable dentro de un organismo vivo

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Primer plano del ojo de una mosca de la fruta con células y tejidos en crecimiento. Tonos rojos, verdes y azules sobre fondo oscuro.
Una ilustración conceptual muestra el ojo ampliado de una mosca de la fruta con una secuencia de crecimiento celular y regeneración de tejidos humanos en su interior. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Durante décadas, un área de investigación fundamental en la ciencia de materiales ha perseguido el desarrollo de los denominados “metamateriales”. Se trata de estructuras tecnológicas revolucionarias cuyas propiedades no dependen exclusivamente del material del que están hechas, sino de cómo se organizan geométricamente en su interior. Aunque siempre habíamos pensado que diseñar algo con un comportamiento geométrico tan sofisticado era un éxito exclusivo de la ingeniería humana, la naturaleza acaba de demostrar que nos lleva millones de años de ventaja.

Un estudio científico internacional, publicado en la revista Nature Communications, ha descrito por primera vez el hallazgo de un metamaterial natural programable operando en el interior de un organismo vivo. La protagonista de este espectacular hito evolutivo es la Drosophila melanogaster, conocida popularmente como la mosca del vinagre o de la fruta, uno de los modelos biológicos más potentes de la ciencia.

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Este rompedor trabajo destaca por su profunda multidisciplinariedad y su procedencia, fruto de una gran sinergia global. La investigación ha sido liderada por laboratorios de la Universidad de Sevilla y el Instituto de Biomedicina de Sevilla (IBiS), en estrecha colaboración con el Laboratory for Molecular Cell Biology del University College London (UCL) y el Centro Andaluz de Biología del Desarrollo (CABD).

Un plano arquitectónico en miniatura

Para comprender el alcance del descubrimiento, es necesario observar el minucioso proceso de desarrollo del ojo de la mosca. Durante su fase de pupa (el estadio intermedio antes de convertirse en adulta), las células que conforman la retina del insecto no crecen al azar, sino que se asocian formando una intrincada malla bidimensional de células interconectadas en forma de triángulos. La genialidad de esta estructura anatómica radica en que los triángulos no poseen un tamaño uniforme, sino que varían estratégicamente formando un gradiente según la región anatómica.

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En el estadio de pupa, las células que forman la retina de Drosophila forman una malla triangular (Universidad de Sevilla)
En el estadio de pupa, las células que forman la retina de Drosophila forman una malla triangular (Universidad de Sevilla)

Esta microscópica red celular actúa exactamente como un metamaterial diseñado por el ser humano. Su patrón geométrico bidimensional contiene las instrucciones de plegado precisas. De esta forma, cuando el insecto experimenta un aumento de presión hidrostática interna —generada por la contracción de sus músculos abdominales, en un proceso mecánico muy parecido a inflar un globo de agua—, la malla celular se deforma.

Una vez esto sucede, la malla bidimensional sigue su patrón preestablecido y adopta automáticamente la curvatura tridimensional (3D) exacta que el ojo necesita “para que la mosca adulta vea correctamente”, explica la Universidad de Sevilla. Ante este descubrimiento, Juan Garrido García, primer autor del trabajo, expresa: “Es fascinante ver cómo la naturaleza no solo utiliza la biología para dar forma a los órganos, sino que emplea principios de ingeniería avanzada”.

La supervivencia de la mosca en su entorno natural depende enteramente de estas variaciones microscópicas en la curvatura de su ojo. Esta compleja malla asimétrica resuelve un reto óptico vital, al pasar de “un ‘plano’ arquitectónico en 2D que predetermina su forma final en 3D”. Y es que, Garrido García explica que “este plano permite que el ojo de la mosca tenga zonas más planas, con mayor agudeza visual (por ejemplo, para identificar las frutas donde crece su alimento favorito, las levaduras, o para encontrar pareja), y otras más curvas, de menor resolución, pero de visión más panorámica, para detectar predadores”.

Todo este control milimétrico del espacio ocurre en un órgano diminuto, con un diámetro aproximado de apenas 0,5 milímetros. Así, “una vez más, la biología nos sorprende utilizando desde hace millones de años mecanismos que para nosotros representan la vanguardia tecnológica”.

mosca de la fruta
Una mosca de la fruta en primer plano

¿Qué supone esto para la medicina moderna?

Las implicaciones de esta pionera investigación van mucho más allá de la biología evolutiva o la entomología, y prometen marcar un antes y un después en la medicina del futuro. Al descifrar cómo la naturaleza logra programar la arquitectura de un tejido vivo sin la necesidad de utilizar rígidos moldes externos, los científicos han sentado las bases de lo que ya se conoce como “morfogénesis sintética”.

En los próximos años, aplicar este principio biomimético a los cultivos celulares permitirá revolucionar la bioingeniería clínica de forma drástica. Los médicos y científicos podrán cultivar tejidos vivos u órganos artificiales programables que, al ser implantados en los pacientes, desplegarán su forma anatómica definitiva con una precisión sin precedentes. Esta nueva frontera biotecnológica logrará reparar tejidos complejos eliminando la dependencia de injertos sintéticos no biológicos, imitando, por fin, la milenaria sabiduría estructural que se esconde en el ojo de una simple mosca.

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