
Uno de cada cinco españoles considera que el franquismo fue una buena época. También hay quienes creen que la dictadura fue mejor que la democracia actual. Muchos de ellos no vivieron a la sombra de Franco, son jóvenes nacidos en una España en la que se vota, no existe la pena de muerte, las libertades están garantizadas y las mujeres no son ciudadanas de segunda. Los expertos coinciden en que esta idea compartida se explica por el auge de la extrema derecha, pero también por la falta de información y formación. La Guerra Civil, el franquismo y la Transición apenas se estudian en las aulas.
Los currículos académicos incluyen todo el siglo XX, pero eso no garantiza que lleguen a impartirse. Lo habitual es que este periodo de la Historia se empiece a estudiar en cuarto de la ESO, pero con frecuencia queda relegado al final del libro. Solo quienes cursan segundo de Bachillerato conocen la historia reciente de sus abuelos y bisabuelos. Así, miles de jóvenes españoles terminan su etapa escolar sin una formación sólida en este ámbito, ya que este último ciclo no es obligatorio. No obstante, hay profesores que luchan contra esta laguna en la memoria colectiva y que encuentran una herramienta eficaz en la unidad didáctica Represión franquista, resistencia antifranquista y memoria histórica y democrática de las mujeres (Plaza y Valdés).
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Este cuaderno de apoyo para docentes, que incluye materiales específicos para tratar en el aula la represión y la resistencia de las mujeres, cierra una trilogía dedicada a la memoria democrática con perspectiva de género (el primero es La historia silenciada y el segundo, La memoria histórica democrática de las mujeres). Lo firman Enrique Javier Díez Gutiérrez, catedrático de Educación de la Universidad de León, y las historiadoras Beatriz García Prieto y Desirée Rodríguez Martínez.
Las españolas olvidadas
La unidad didáctica aborda el hecho de que la contienda golpeó a todos los españoles, pero se cebó con las mujeres. Aquellas que vivían tutorizadas por sus padres o maridos y despojadas de cualquier derecho del que hubieran disfrutado durante la Segunda República, corrieron mejor suerte que las que se habían significado antes o durante la Guerra Civil. Entre ellas están las que fueron fusiladas, las que pasaron años en cárceles y campos de concentración por sus ideales y aquellas a las que les arrebataron a sus hijos para dárselos a familias afines al régimen. Pero la crudeza que vivieron rara vez llega a las aulas.
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En conversación con Infobae, la coautora Desirée Rodríguez Martínez explica que contra las mujeres hubo una violencia específica respecto a la que se ejerció sobre los varones. De igual modo, sufrieron los paseos, los fusilamientos, los consejos de guerra, los encarcelamientos o las consecuencias que tuvo la contienda en la cotidianidad, como la mala alimentación, la inanición o las enfermedades derivadas. Pero existen particularidades específicas que los historiadores catalogan como violencia de género.
Rodríguez detalla que la violación, que es “el acto de violencia por excelencia contra las mujeres”, era común en los entornos más opresivos y muchas veces terminaba en una maternidad forzosa. También las hubo que tuvieron que parir en las cárceles sin garantías mínimas. “A ellas se las encarcelaba con sus hijos e hijas menores de tres años, con lo cual veían ese sufrimiento en sus criaturas, las veían también morir. Cuando cumplían tres añitos eran devueltas a la familia en el mejor de los casos. En otros, eran entregadas a Auxilio Social o a La Inclusa, o eran adoptadas por familias afines al régimen”, explica. Por ello, para la autora es fundamental que los centros educativos cuenten con recursos adaptados para abordar estas realidades y rescatarlas del olvido.
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El control social durante el franquismo
Según Rodríguez, el final de la guerra y la victoria franquista suponen una regresión abrupta en derechos, sobre todo para las mujeres. Subraya que el régimen instauró un sistema nacional-católico que relegó a las mujeres al hogar y anuló los avances logrados durante la Segunda República. “El triunfo de los rebeldes supone el fin de esa ansiada sociedad progresista, feminista, igualitaria que la Segunda República procura construir en tan poco tiempo”, afirma.
El franquismo impuso un modelo femenino basado en el patriarcado y la moral cristiana. La legislación limita la presencia pública de la mujer y prohíbe su trabajo fuera de casa, situándola “como pilar de la familia y transmisora de valores judeocristianos”. La autora explica que esta construcción del modelo femenino se refuerza mediante el adoctrinamiento de la Sección Femenina de Falange y la vigilancia ejercida por otras mujeres sobre el entorno. “Casarse se convierte en una obligación, una responsabilidad nacional, y se estigmatiza la soltería en las mujeres, algo que todavía seguimos arrastrando”, indica.
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Ese control social, apunta la especialista, mantiene su eco en la actualidad. La carga de los cuidados familiares y la presión sobre las mujeres persisten como herencia de ese modelo. De ahí que sea tan importante romper la cadena desde las aulas. En este sentido, destaca que la ausencia de memoria histórica en las aulas no solo es cuestión de falta de tiempo, sino también de la influencia de ciertas editoriales que marcan los contenidos. “El profesorado acaba enseñando esa interpretación que hace la editorial del currículo”, apunta. De esta carencia nace la motivación para crear la unidad didáctica: “Queríamos llevar material a las aulas que pudiera utilizar el profesorado”.
Para Rodríguez, es esencial que la educación incluya perspectiva de género para desmontar la desinformación y los discursos nostálgicos sobre la dictadura, que, según observa, siguen presentes incluso entre los más jóvenes. “El conocimiento es lo que te hace poder opinar con una opinión crítica real. Si tú no lo conoces, repites lo que escuchas y te resuena, pero cuando sabes lo que ha pasado, defiendes de otra manera”.
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