
El exgeneral y expresidente Rumen Radev, conocido por sus posturas cercanas a Moscú y su escepticismo hacia la Unión Europea, se ha alzado como el gran triunfador de las parlamentarias en Bulgaria. De acuerdo con las primeras encuestas a pie de urna, su victoria es contundente al alcanzar cerca del 39 % de los apoyos, aunque este resultado lo obligará a buscar alianzas para poder formar Ejecutivo.
Los datos de las principales consultoras confirman su hegemonía: Alpha Research sitúa a su nuevo partido, Bulgaria Progresista, con un 37,5 % de los votos, mientras que la firma Trend eleva esa cifra hasta el 39,2 %. Esta formación fue lanzada por el propio Radev tras abandonar la jefatura del Estado a principios de año para saltar a la arena política legislativa. En segundo lugar, el partido conservador Ciudadanos por el Desarrollo Europeo (GERB), y su candidato Boiko Borisov, recibirían el 16% de las papeletas.
El éxito de este antiguo militar se basa en un discurso centrado en la limpieza institucional y la lucha contra la inflación. Su mensaje ha calado hondo en una ciudadanía fatigada por la inestabilidad crónica —con siete gabinetes distintos en apenas un lustro— y por las dificultades económicas que atraviesa la nación con menor renta per cápita de la UE.
El ‘Orbán búlgaro’
La inestabilidad política ha sacudido a Bulgaria en los últimos años. Ocho elecciones legislativas en apenas cinco años son el reflejo de un bloqueo institucional que ha propiciado tanto el desencanto de la ciudadanía como el auge de movimientos populistas. Dicha inestabilidad es la que ha provocado también la imposibilidad de llevar ninguna reforma económica lo suficientemente profunda como para solventar los problemas de una nación que se incorporó a la zona euro desde el 1 de enero de 2026, y que se encuentra dividida por el temor de que la transición económica acelere todavía más la subida de precios.
A través de Bulgaria Progresista, Radev ha sabido capitalizar ese descontento con propuestas como un nuevo Consejo Supremo de la Judicatura para acabar con la corrupción, el mantenimiento de un marco fiscal atractivo para las inversiones, la crítica de las políticas energéticas de la UE o la promesa del fin del envío de armas a Ucrania, alimentando una retórica del miedo a la escalada bélica y el “pragmatismo” político. Este tipo de discursos, así como su lema de “limpiar Bulgaria”, son los que han llevado a considerarlo como “el Orbán búlgaro”.
Ahora, habrá que esperar a los resultados oficiales para ver si la más que probable victoria del exgeneral es suficiente para poder formar un gobierno estable y efectivo. Su negativa a pactar con los partidos del “viejo sistema” (el ya mencionado GERB y el partido de la minoría turca, Movimiento por los Derechos y Libertades, DPS) lo obliga a mirar hacia formaciones nacionalistas o socialistas. Si no logra formar un gobierno sólido, Bulgaria corre el riesgo de verse abocada a unas novenas elecciones antes de que termine el año, profundizando aún más su crisis de identidad entre Europa y su pasado vinculado a Moscú.
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