Estaba pidiendo limosna en la calle y alguien decidió apostar por él y darle un trabajo: “Le habíamos cogido mucho cariño”

El hombre, de 41 años, había trabajado por toda Europa de forma precaria desde 2021

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Un hombre pidiendo limosna. (Freepik)
Un hombre pidiendo limosna. (Freepik)

Durante meses, Ronny Gornik ocupó el mismo lugar a la entrada de una tienda Action al norte de Toulouse (Francia). Allí pedía limosna cada día. Los empleados lo veían al llegar y al salir hasta que con el tiempo su presencia pasó a ser rutina.

“Siempre estaba allí cuando salía por la tarde y le invitábamos a algo de comer”, ha recordado la gerente, Carole Cambier. “Le habíamos cogido mucho cariño”, ha confesado.

Roony, de 41 años y con doble nacionalidad ruso-alemana, llevaba varios meses en esa rutina cuando decidió dar un paso distinto. “Un día fui a dejar mi currículum en recepción”, ha explicado al medio francés La Dépêche. Hasta entonces, había encadenado trabajos precarios en distintos países europeos desde 2021, antes de llegar a Francia siete meses atrás.

De pedir en la puerta a trabajar dentro

Cuando en la tienda surgió una vacante, la escena cotidiana pesó en la decisión. “Hablé con mis ayudantes y pensamos: ¿por qué no darle una oportunidad?”, ha señalado Cambier.

Desde principios de abril, Roony forma parte del equipo con un contrato indefinido. Su jornada empieza cada mañana con un trayecto a pie hasta el supermercado. “Me levanto todos los días, llego puntual, limpio la tienda, repongo los estantes, incluso probé la caja registradora”, ha relatado..

“Es una persona dispuesta y diligente en el trabajo”, ha afirmado la gerente. “Se ha integrado muy bien en el equipo de la tienda”. Entre los empleados, su incorporación se percibe como una continuidad natural de una relación previa.

Un reponedor de supermercado llenando los estantes de la nevera. (Reuters/Imagen Ilustrativa)
Un reponedor de supermercado llenando los estantes de la nevera. (Reuters/Imagen Ilustrativa)

Un empleo sin vivienda

Al terminar la jornada, Roony emprende el camino de regreso. A media hora andando del establecimiento, en el ático en desuso de una casa abandonada, ha instalado su refugio: una tienda de campaña, una mesa y unas sillas prestadas por un vecino.

Allí pasa las noches junto a sus dos perros y dos gatos. “Vivo y duermo como mi perro. No es vida”, ha dicho. “Duermo como ellos, como un perro”.

No dispone de baño. Puede ducharse gracias a la ayuda de un vecino y transporta agua hasta el lugar donde duerme. “Con todo lo demás, mi mochila puede llegar a pesar 80 kg cuando llego a casa”, ha agregado.

Una red de apoyo

En el entorno de la tienda, su situación ha generado una red de apoyo. Cambier, trabajadores y voluntarios, entre ellos Sylvie, que también vivió en la calle, han comenzado a buscarle alojamiento. Han difundido mensajes en redes sociales y contactado con instituciones.

“Se ha contactado con el ayuntamiento de Castelginest y los servicios sociales, pero no pasa nada”, ha explicado la gerente. “Todo el equipo lamentó mucho su situación”, ha añadido. “Es positivo integrar a alguien en una situación así para darle la oportunidad de mejorarla”.

Roony ha descrito el apoyo recibido con una mezcla de humor y agradecimiento: “¡Me mima muchísimo, como si fuera su nieto!”.

Las madres solteras sufren más riesgo de pobreza: “No podemos vivir con una jornada reducida, necesitamos recursos”.

Un contexto más amplio

Su caso coincide con una realidad más amplia en la zona. Según asociaciones como Cimade, Médicos del Mundo o DAL 31, cerca de mil personas en Toulouse, incluidas familias con niños, viven en la calle o en viviendas ocupadas. “No entiendo por qué no se ayuda a personas como él, que están allí voluntariamente”, ha afirmado Cambier. “No podemos dejar a la gente en la calle así. Es inconcebible que esto ocurra en nuestras sociedades”.

Mientras continúa trabajando en la tienda, Roony mantiene su situación residencial sin cambios. “No pido mucho, solo un poco de ayuda”, ha sentenciado.