Mantillas y camareras de la Virgen, la tradición femenina que reivindica la importancia de la mujer en la Semana Santa

Las mujeres católicas celebran sus papeles más tradicionales en la Semana Santa mientras reivindican avances a nuevos espacios

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Varias mujeres de luto y con la tradicional mantilla conversan ante la Basílica de la Macarena este Jueves Santo, en Sevilla.
Varias mujeres de luto y con la tradicional mantilla conversan ante la Basílica de la Macarena este Jueves Santo, en Sevilla. (EFE/ Mauri Buhigas)

El rol de la mujer en la Semana Santa se ha vuelto objeto de debate y reivindicación este 2026 después de que la Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo de Sagunto votase a favor de vetar la entrada de mujeres cofrades. La decisión, que desde el Gobierno se ha visto como una discriminación hacia las mujeres, le ha valido perder el reconocimiento como Fiesta de Interés Turístico Nacional.

Pero lo cierto es que la mujer siempre ha tenido un papel clave en la Semana Santa. Sobre ellas recaía gran parte del peso de los preparativos de vírgenes y santos que después salían por las calles de España, mientras que otras guardaban con orgullo el luto por la muerte de Jesucristo. Camareras y mantillas han acompañado a los cofrades en sus pasos, un papel “no secundario, sino distinto” que todavía hoy se mantiene vivo.

Pilar Toledo lleva desde los 18 años vistiendo de mantilla en la Semana Santa de Sevilla. A sus 62 años, mantiene todavía una tradición que ha pasado de generación en generación en su familia. “Desde pequeña, veía las fotos de mi madre vestida de mantilla y yo siempre decía que cuando cumpliera los 18 lo haría también. El vestido me lo hizo mi madre y me puse su peina y la mantilla, que era de mi abuela”, cuenta a Infobae.

La mantilla, explica Pilar, representa el luto por la muerte de Jesucristo en la cruz. Esta penitencia sigue unas reglas y costumbres claras: las mujeres deben llevar un vestido negro recatado, que llegue a la rodilla; medias finas de color negro y guantes. El atuendo se complementa con rosarios, broches, cadenas con una cruz y, por supuesto, una peineta alta y una mantilla.

En algunos pueblos, las mantillas acompañan a los nazarenos en las procesiones, pero en Sevilla su rol es diferente. “El Jueves Santo o Viernes Santo, las mujeres visten de mantilla y van a las distintas iglesias, visitan las hermandades que salen ese día y los sagrarios”, explica Carlota Franco. Al igual que a Pilar, a esta joven sevillana la tradición de la mantilla le viene de familia. “Mi madre y mi tía se vestían, mi abuela se vestía y ahora, de momento, lo hago yo. Mi hermana también tiene muchas ganas”, explica.

De la exclusión a la libertad de elección

Pilar Toledo (dcha), junto con dos compañeras vestidas de mantilla en la Semana Santa de Sevilla.
Pilar Toledo (dcha), junto con dos compañeras vestidas de mantilla en la Semana Santa de Sevilla. (Cedida)

Para Pilar, “es una satisfacción personal muy grande y un sentimiento muy bonito” llevar cada año la mantilla, pero hasta hace no mucho no era una elección, sino la única opción disponible para las mujeres. Hasta 1997, las mujeres tenían prohibido vestir de nazareno y todavía hoy las costaleras no están presentes en la capital andaluza. “Yo siempre he asumido mi papel desde el punto de vista de lo que yo podía ser, que era ir de mantilla”, explica.

La igualdad plena no se alcanzaría hasta el 2011, cuando el arzobispo Juan José Asenjo obligó a permitir la presencia de hermanas nazarenas. Pero Pilar prefiere continuar con este rol. “A mí nunca me ha llamado la atención, yo siempre he reivindicado la mantilla y es lo que a mí me gusta y me representa”, defiende.

Que las mujeres pudieran ser nazarenas hizo que la tradición de la mantilla cayera un tiempo, pero en los últimos años ha vuelto con fuerza, aseguran las dos sevillanas. “Cuando era pequeña, las mujeres apenas vestían de mantilla y ahora ha vuelto a la moda”, cuenta Carlota. Eso hace que el traje sufra algunos cambios. “Es una cosa que en Sevilla se está actualizando, porque cada vez más mujeres se visten”, dice. Así, ella prefiere prescindir del rosario, “porque yo no me sentía representada”, y añadir detalles de encaje en las mangas y en el cuello, “para darle un toque más personal”.

Vestir a la Virgen y al Señor

Hermanas camareras preparan el ajuar de la Virgen de los Dolores.
Hermanas camareras preparan el ajuar de la Virgen de los Dolores. (Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores)

Mercedes Gutiérrez recuerda todavía su enfado cuando descubrió de niña que ella no podía ser nazarena. Veía a su madre dedicar horas de su tiempo a la Hermandad de Santa Genoveva de Sevilla, pero solo su padre salía a la procesión cuando llegaba la fecha. “Recuerdo que de niña preguntaba: ‘¿Por qué yo no puedo salir de nazarena si estoy yo aquí igual que tú?’ Hasta que sí se pudo", cuenta.

La vida, sin embargo, le llevó por otro camino: a sus 33 años, fue elegida camarera de la Virgen, un honor que recibió el pasado mes de octubre y que poco a poco va aprendiendo. “Siento que soy muy joven; usualmente las mujeres camareras suelen ser más mayores, pero desde niña me he criado aquí y reconocieron mi labor año tras año”, reivindica.

Junto con sus compañeras, Mercedes se encarga de preparar la ropa que lleva la figura de la Virgen durante la procesión y otras fechas importantes del año. “Nos encargamos de preparar la ropa, lavarla, plancharla... Se prepara con mucho mimo”, explica. En la Hermandad de Santa Genoveva, preparan la figura de Nuestra Señora de las Mercedes, que sale cada Lunes Santo. “Empezaríamos con la ropa interior. Le sigue la saya, junto con el corpiño, el cuerpo y las mangas. Después se le ponen los puños en las muñecas y, posteriormente, se le pone la cotilla o el fajín y, luego, ya empezamos con los encajes”, cuenta.

El proceso culmina con la colocación del manto, la corona y el resto de joyas, que cambian según el tiempo litúrgico. “Para el día de la Inmaculada, se la viste con un manto celeste; para el día del Besamano y para la Semana Santa, se la viste de reina, con su manto bordado”, dice Mercedes.

En la Hermandad de San Joaquín, de Zaragoza, quien dirige el proceso de vestir a la virgen es Pilar Ariza. La maña lleva en la organización desde 1996, pero fue el año pasado cuando le ofrecieron ser vocal de las hermanas camareras, un cargo de “máxima responsabilidad”, asegura. “Junto al mayordomo, somos las personas que nos ocupamos de cómo va a procesionar la Virgen, del mantenimiento de todo el ajuar, de la ornamentación”, explica.

“En la Semana Santa de Zaragoza, antiguamente los hombres eran la figura principal. Las mujeres no podían vestir el hábito, pero poco a poco nos hemos ido introduciendo”, dice. Ella recuerda que fue el Papa Pío XII el que comenzó a abogar por la igualdad de la mujer en la Iglesia. El 21 de octubre de 1945, el Pontífice defendió que la mujer debía “competir con el hombre por el bien de la vida cívica, en la que es igual a él en dignidad”. En su hermandad, las mujeres ya son el 50% de los miembros y las labores que ostentan, dice, son “un auténtico privilegio”.

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Entre ella, se encuentra el “privilegio de vestir a la Virgen” en el jueves previo al Viernes de Dolores. La tradición de la hermandad reserva este trabajo a las mujeres y al mayordomo, el único hombre de todo el proceso. Juntas, entran en la sala capitular de la Sangre de Cristo y preparan poco a poco a su Virgen de los Dolores. Esta figura “lleva todos sus ajuares de interior, el hábito, el cíngulo, la mantilla y el manto, tanto de camarín para el Viernes de Dolores como el de procesión para el Miércoles y Viernes Santo”, narra Pilar. A su vestimenta, se le añade un corazón de plata, un broche en forma de pasionaria, la corona de espinas y un pañuelo en la mano.

Pilar, que es una persona de tradiciones, siente un pequeño conflicto interno cuando se abre el debate del papel de la mujer en la Semana Santa. Por un lado, entiende que “respetar las tradiciones es un logro a veces” y comprende que haya cofradías o hermandades que, por tradición, sean exclusivamente para hombres, pero le parece algo diferente cuando ocurre en pueblos pequeños, como en Sagunto, donde las mujeres no tienen más opciones. “Entiendo que ellas quieran procesionar con su imagen”, dice.

Para Mercedes, excluir a las mujeres tiene poco sentido. “Jesús, en su vida pública, siempre se unió a quienes, en aquel momento, eran los más débiles: los niños, los enfermos y las mujeres. ¿Cómo nosotros, en el siglo XXI, no nos podemos acercar a los débiles? La procesión es un testimonio de fe y las mujeres deben participar en ella“, reivindica.