
La experiencia de perder un vínculo que nunca llegó a formalizarse, lo que se conoce como “microrruptura”, se ha consolidado como un fenómeno frecuente y doloroso en las relaciones afectivas actuales. Aunque la relación no tuviera un compromiso explícito ni estatus oficial, el distanciamiento de estos lazos genera un malestar emocional comparable al de una ruptura tradicional, según analiza la psicoterapeuta Duygu Balan en Psychology Today.
Estos vínculos se caracterizan por una comunicación constante, rutinas compartidas y una intimidad emocional que puede consolidar un sentimiento de apego, incluso sin acuerdos formales. El final de estos lazos suele provocar vacío y desazón, agravados por la dificultad de encontrar un cierre, ya que no hay reconocimiento “oficial” de la relación. No existen rituales sociales de ruptura, cambios de estado en redes sociales ni fechas señaladas que marquen el fin, pero para quien lo vive, la pérdida es real y el impacto emocional, profundo.
Desde la perspectiva neurológica, el ser humano tiende a buscar cercanía y seguridad. Compartir confidencias, rutinas e intimidad física hace que el sistema nervioso interprete esa presencia como importante y confiable, más allá de la etiqueta que reciba la relación. La implicación emocional es genuina, y la ambigüedad intensifica el dolor cuando la conexión desaparece.
Redes sociales y nuevas formas de ruptura
Las redes sociales juegan un papel determinante. No solo han cambiado la manera en que se vive la intimidad, sino también la forma en que se gestiona el distanciamiento. Compartir playlists o etiquetarse en historias es habitual, pero tras una microrruptura, la exposición digital puede dificultar y prolongar el duelo.
Decidir dejar de seguir a la otra persona puede convertirse en un acto casi ritual, dificultando una recuperación emocional limpia, indica Duygu Balan. El fenómeno se vincula con tendencias actuales de las citas, como la cultura de la situación, donde el compromiso se pospone indefinidamente, y la percepción de opciones ilimitadas en aplicaciones de citas.

Además, se observa una mayor utilización de términos terapéuticos como “evitativo”, “límites” o “trauma”, sobre todo entre la generación Z, aunque no siempre implique una verdadera capacidad para gestionar la vulnerabilidad o la comunicación emocional directa. Dinámicas como el ghosting incrementan la ansiedad y la inseguridad en las relaciones, favoreciendo patrones de desapego repentinos.
El efecto de las microrrupturas depende del estilo de apego de cada persona. Quienes tienen apego ansioso suelen verse especialmente afectados por la ambigüedad y la falta de compromisos claros, percibiendo los cambios en la comunicación como amenazas de abandono.
Por su parte, quienes presentan un apego evitativo pueden sentirse cómodos en relaciones indefinidas, aunque tienden a distanciarse cuando la intimidad crece, buscando recuperar el equilibrio. Esta dinámica silenciosa, según Balan, refuerza los patrones de quienes buscan seguridad y de quienes prefieren distancia, haciendo que muchas conexiones se diluyan antes de definirse siquiera.
Legitimar las microrrupturas y sus efectos emocionales
La ausencia de cierre narrativo en estas relaciones puede dejar a las personas sin consuelo social, ya que “técnicamente no eran nada”. Aun así, el duelo existe: se desvanece tanto la conexión presente como lo proyectado en común.
No es posible apoyarse en frases como “estuvimos juntos dos años” o “solo fue una aventura”, porque ninguna refleja la realidad vivida. En la generación Z, el humor y la ironía —burlarse de ser “delulu” o de la falta de presión en las relaciones— funcionan como estrategias para enfrentar la vulnerabilidad y el dolor.
Nombrar estas experiencias como microrrupturas resulta esencial para validar la reacción biológica y emocional que provocan. Según Duygu Balan, clarificar expectativas, tolerar la definición explícita del vínculo y apostar por cierres honestos en lugar de desapariciones graduales ayudaría a crear relaciones más saludables y respetuosas con el sufrimiento que pueden generar estos desenlaces.
Los sistemas de apego humano se activan ante la regularidad y el afecto. Cuando estos patrones desaparecen, tanto el cuerpo como la mente reaccionan con malestar, anhelo y protesta. Reconocer ese dolor y conceptualizarlo como microrruptura constituye un paso relevante hacia la comprensión y la gestión de estas nuevas formas de pérdida emocional, concluye la psicoterapeuta Duygu Balan en su análisis para Psychology Today.
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