
Las dudas de Washington sobre el compromiso presupuestario de España en el seno de la OTAN han vuelto a aflorar. El embajador estadounidense ante la Alianza Atlántica, Matt Whitaker, ha cuestionado que España pueda cumplir con las capacidades militares que le han sido asignadas si mantiene el gasto en defensa en el 2% del producto interior bruto, el umbral que el Gobierno español defiende como suficiente para atender sus obligaciones internacionales.
Whitaker ha puesto el foco en la brecha que, a su juicio, existe entre el nivel de gasto que defiende España y las capacidades militares que la OTAN espera de él. El embajador no discute la voluntad política de Madrid ni su papel dentro de la Alianza, pero sí la aritmética que sostiene su estrategia. Para Estados Unidos, gastar en torno al 2% del producto interior bruto en defensa no basta para cumplir con los compromisos asignados; el listón, según su criterio, debería situarse bastante más arriba.
Ese planteamiento no se presenta como una exigencia caprichosa, sino como la consecuencia de una planificación militar basada en costes concretos. En la lectura estadounidense, los números no encajan: mantener tropas, modernizar equipos, adquirir artillería o sostener unidades blindadas tiene un precio que difícilmente se puede rebajar sin sacrificar capacidades. De ahí el escepticismo con el que Whitaker observa el planteamiento español, incluso cuando reconoce avances en el corto plazo.
El mensaje político tras los números
El embajador ha insistido en que el debate no gira únicamente en torno a un porcentaje del PIB, sino al cumplimiento efectivo de los objetivos de capacidades pactados entre los aliados. Es un argumento que busca desplazar la discusión del terreno simbólico —el famoso 2%— al plano material de lo que cada país aporta realmente a la defensa colectiva. En ese marco, España sostiene que puede hacer más con menos, una tesis que despierta interés, pero también incredulidad, en Washington.
La ironía diplomática aflora cuando Whitaker afirma que EE UU no cree que España pueda cumplir con sus obligaciones gastando menos, “pero si pueden, por favor enséñenos a todos cómo hacerlo”. La frase, formulada como un halago potencial, encierra en realidad una duda profunda sobre la consistencia de la estrategia española. Estados Unidos, con su experiencia presupuestaria y su peso militar, asegura tener una idea bastante clara de lo que cuestan las capacidades que la OTAN exige. Y esas cifras, subraya el embajador, no cuadran con las cuentas que presenta Madrid.

Este mensaje se produce, además, en un contexto en el que la presión para elevar el gasto en defensa se ha intensificado. La guerra en Ucrania y la percepción de un entorno de seguridad más volátil han llevado a muchos países europeos a revisar sus presupuestos al alza. En ese escenario, la posición española aparece como una excepción incómoda, defendida con argumentos de eficiencia, pero observada con recelo por algunos socios.
Contactos discretos
Lejos de un choque frontal, la relación entre España y Estados Unidos se mueve en un terreno de conversaciones continuas y fricciones contenidas. Whitaker ha revelado que este mismo martes se reunió con su homólogo español, Federico Torres, en vísperas del encuentro de ministros de Defensa de la OTAN que se celebrará en Bruselas. Una cita en la que la financiación y las capacidades volverán a ocupar un lugar central, aunque rara vez se expresen en público con la crudeza que permite una rueda de prensa.
En ese encuentro bilateral se abordó, según el embajador, la cuestión de la financiación y los antecedentes más recientes del desacuerdo. Uno de ellos fue la cumbre de La Haya del año pasado, en la que España se negó a comprometerse a elevar su gasto en defensa por encima del 2% del PIB. Aquella decisión marcó un punto de inflexión y situó a Madrid bajo el foco de sus aliados, especialmente de Estados Unidos, principal garante militar de la Alianza.
Desde entonces, el debate se ha mantenido vivo, aunque canalizado a través de los cauces diplomáticos habituales. Whitaker ha querido dejar constancia de que España es considerada “un aliado comprometido” y que existe un diálogo constante tanto con el personal internacional de la OTAN como con la representación española. Un reconocimiento que matiza la crítica y evita que se interprete como un cuestionamiento global del papel de España en la organización.
El trasfondo político, sin embargo, sigue ahí. España defiende su capacidad para cumplir con menos recursos; Estados Unidos y otros aliados piden pruebas tangibles de que esa ecuación es posible. La reunión de ministros de Defensa servirá, una vez más, para medir distancias y comprobar hasta qué punto las promesas nacionales se traducen en capacidades reales, en un momento en el que la OTAN exige algo más que compromisos retóricos.
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