Alessandro Medici, de 38 años, tenía un puesto directivo en una empresa multinacional y un salario que muchos envidiarían. Cada mañana se ponía la corbata, asistía a reuniones y viajaba por trabajo. Desde fuera, parecía tenerlo todo: éxito, reconocimiento y estabilidad económica. Sin embargo, por dentro, la realidad era otra. “Ganaba buen dinero, pero no era feliz. Hoy vivo en paz entre perros”, confiesa.
La ansiedad y los ataques de pánico eran parte de su día a día, y ni los ascensos ni los logros profesionales lograban aliviar su malestar. “Hubo un periodo en el que la ansiedad y los ataques de pánico no me dejaban en paz, así que acudí a un psicólogo. Allí comprendí que la razón de mi malestar era la insatisfacción. Quería trabajar con perros, no estar al mando de una empresa”, relata al medio italiano Il Corriere della Sera.
El impulso decisivo para cambiar de vida vino de su esposa. “Un día, viéndome interactuar con los perros de unos amigos, me dijo: ‘Cuando estás con ellos, se te iluminan los ojos. Ya basta, sigue tu sueño’. Así que empecé a planearlo en serio”.
Un sueño que nació en la infancia
El amor por los animales venía de lejos. “Mi tía era cuidadora de perros en exposiciones caninas. De niño, me fascinaba el vínculo de confianza que establecía con los perros. Siempre pensé que quería trabajar con animales”, recuerda Alessandro. Sin embargo, las expectativas familiares lo llevaron a estudiar química y tecnologías farmacéuticas, con la idea de convertirse en representante comercial, como su padre. Pero nunca fue su camino. “Empecé a trabajar como cuidadora de perros: tenía veinte años y era muy feliz cuidando de esos cachorros. Los que me rodeaban no estaban tan contentos; me preguntaban cuándo encontraría un ‘trabajo de verdad’, como si fuera un trabajo provisional”, confiesa.
A pesar de su vocación, Alessandro se dejó llevar por la presión social y aceptó una oferta de una empresa de renombre internacional. “Creí que era lo correcto. El compromiso y la perseverancia me llevaron a varios ascensos profesionales, llegando a ser director de ventas. Gestioné un equipo numeroso y una cartera considerable. Todo esto se vio recompensado con un salario del que no podía quejarme”. Pero la vida corporativa no le daba la satisfacción que buscaba. La tensión entre la imagen externa de éxito y su felicidad interior se hizo insostenible hasta que decidió dar el paso definitivo.

El nacimiento del Dog Bus
En 2018, Alessandro presentó su renuncia y se inscribió en un curso de adiestramiento canino. Con la indemnización de despido compró su primera furgoneta para perros, apodada Woof Bus, y comenzó a recorrer Turín recogiendo a los perros de sus clientes. “Al principio intenté darme a conocer a través del boca a boca. Recogía a los perros de sus casas y los sacaba a pasear por parques públicos”, dice.
Gracias al apoyo de un amigo, consiguió organizar cuatro mil metros cuadrados de terreno en Carignano, creando uno de los refugios para perros más grandes de Italia. “Al principio no fue fácil. Siempre me acechaban imprevistos, y hubo momentos en los que pensé que no lo lograría. Pero la determinación de finalmente poder hacer lo que soñaba me impulsó a seguir adelante, a pesar de todo”, explica.
Hoy, el centro gestiona alrededor de cuarenta animales. La rutina comienza a las 8:30 de la mañana: “Llamamos a la puerta de todos nuestros amigos de cuatro patas, nos saludan meneando la cola, los recogemos y los llevamos a las instalaciones en el Dog Bus. Con la máxima seguridad y sistemas antiescape, los clasificamos según sus necesidades. Su bienestar es nuestra prioridad. Seguimos programas de introducción, y si un perro está particularmente inquieto, disponemos de una zona aislada, que llamamos ‘chill out’, donde les damos juguetes y juegos de estimulación mental para calmarlos”.
Además, las normas de convivencia son estrictas: “Exijo una asistencia mínima de al menos dos veces por semana, y la esterilización quirúrgica o reversible es obligatoria para los machos, para que los niveles de testosterona no comprometan su integración en el grupo social”.
Mirando al futuro
Alessandro sabe que la felicidad no está en el dinero ni en el prestigio, sino en hacer lo que realmente ama. “Lo haría de nuevo. Tomar el camino profesional ‘equivocado’ me hizo darme cuenta de cuánto deseaba llegar a donde estoy ahora. Ahora, en chándal y zapatillas, vivo rodeado de perros. Miro al futuro y sueño con un centro que cubra su bienestar en todos los sentidos. Desde el adiestramiento hasta la peluquería canina, con una clínica veterinaria y una tienda dedicada a la alimentación canina. Lo haré realidad, y mientras tanto, disfrutaré de esas colas que me saludan cada mañana: mi mayor logro”, sentencia.
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