
La crianza de los hijos nunca ha sido una ciencia exacta. De hecho, cada familia y cada generación ha tenido sus propios métodos educativos, algunos optando por unos niveles más altos de exigencia. No obstante, la hiperpaternidad está a otro nivel, ya que con este sistema los niños pasarían a ocupar el eje central del hogar y son objeto de una atención y supervisión inéditas. Así lo establece la periodista y escritora Eva Millet en su análisis ‘¿Hijos perfectos o hipohijos? Causas y consecuencias de la hiperpaternidad’, publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría.
Para Millet este sistema, lejos de favorecer el desarrollo infantil, estaría vinculado con algunas consecuencias psicológicas y sociales de amplio alcance tanto para menores como para adultos. Pero, quizás, lo más preocupante es su tendencia ascendente en colegios o institutos, pues se han visto cómo algunos padres llegan a discutir con los profesores, intervienen entre disputas de compañeros u organizan con precisión la agenda de sus hijos. Esta atención constante y la sobreprotección se traduce en términos profesionales como la crianza helicóptero, un modelo parental basado en la vigilancia y la intervención permanente.
Las familias tienden a ser más pequeñas, con uno o dos hijos, y los “hiperpadres” suelen tener trayectorias profesionales consolidadas. Millet señala que, en este contexto, los niños se convierten en un proyecto vital y en un símbolo de estatus, lo que da lugar a un modelo paidocéntrico en el que el menor ocupa el centro absoluto de las decisiones familiares. Así, trasladan estrategias propias del mundo laboral al cuidado de sus hijos: “Padres –y, especialmente, madres– que se autodescriben como ‘a tiempo completo’ y que enfocan la crianza como una gestión de la prole, profesionalizando lo que hasta hace poco ha sido una tarea natural, instintiva y más bien espontánea”, describe Millet.

Un “guardaespaldas” que impide el desarrollo autónomo
Dentro de este escenario, la sobreatención es uno de los rasgos predominantes. Y es que los padres llegan a desarrollar una supervisión obsesiva, resolviendo los problemas que sus hijos deberían afrontar en solitario. Esta actitud, según el psicólogo Miguel Espeche citado en el análisis de Millet, convierte a los progenitores en asistentes personales o “guardaespaldas” y priva a los menores de la oportunidad de adquirir autonomía. Un ejemplo frecuente es la costumbre de hacer las tareas escolares por los niños, lo que refuerza la idea de que “sin mí, tú no puedes”.
Además, la presión por el éxito y el deseo de que los hijos destaquen en todos los ámbitos no solo se traduce en una agenda sobrecargada de actividades académicas y deportivas, sino que encasilla al menor en unos estándares donde los errores se ven como fracasos, así como se reduce la confianza y aumenta la probabilidad de padecer ansiedad a largo plazo. Mientras que en términos cortos de tiempo, se puede observar cómo afecta al “derecho del juego”.
En definitiva, la hiperpaternidad se asocia con una baja tolerancia a la frustración, miedo al error, dependencia de la validación adulta y autonomía limitada. “A más sobreprotección, menor capacidad de liderazgo”, lo que se traduce en adolescentes inseguros, con mayor propensión a la ansiedad y menos resilientes ante las dificultades. Del mismo modo, este patrón genera jóvenes con menor sensación de competencia personal y mayor dependencia emocional de sus padres, reforzando la idea de que siempre habrá un adulto resolviendo los problemas por ellos.
‘Burnout parental’: una paradoja que
Pero este control también tiene consecuencias para los padres de los menores, ya que estos pueden desarrollar lo que se conoce como “burnout parental”, un agotamiento derivado de la exigencia y el cansancio que genera atender a los hijos bajo este modelo. “Si criar hijos normales ya es cansado (y caro), criar hiperhijos es… extenuante y costosísimo”, relata la autora en su artículo. Esta carga es mucho más visible en las madres, quienes continúan, en su mayoría, asumiendo la mayor parte de las responsabilidades del cuidado.
Y es que, en muchas ocasiones, ellos también tienen la presión de educar a unos hijos perfectos. Por lo que tienen la presión de cumplir con un rol, que implica decisiones constantes. Igualmente, Eva Millet advierte sobre la proliferación de etiquetas mediáticas como “generación copo de nieve”, “generación blandita” o “niños yo-yo”, que resumen la paradoja de hijos que han sido el centro de todo y, al mismo tiempo, presentan una creciente fragilidad.
Así, el miedo parental a cualquier forma de trauma, amplificado por una interpretación errónea de lo que significa el trauma infantil, limita el contacto de los menores con situaciones frustrantes, desde perder un partido hasta asumir responsabilidades escolares en solitario. De este modo, se recrea una paradoja en la que los padres buscan evitar el sufrimiento y fracaso de sus hijos, sin ser conscientes que esa intensidad puede ser lo que finalmente ocasione aquello que tratan de evitar. La autora concluye que esta tendencia exige repensar el equilibrio entre protección y autonomía en la crianza y recuperar el valor del error y la resiliencia frente al miedo al fracaso.
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