
La Tierra bajo nuestros pies está viva. Aunque no lo notemos en el día a día, el suelo que pisamos se mueve constantemente. No es una superficie rígida e inmóvil, sino un enorme puzle formado por placas tectónicas que avanzan, chocan, se separan o se deslizan unas junto a otras a un ritmo lento pero imparable, apenas unos centímetros al año. Sin embargo, cuando esa energía acumulada se libera de golpe, el resultado puede ser devastador.
De ese movimiento nacen muchos de los fenómenos que cada año ocupan titulares en todo el mundo. Terremotos que sacuden ciudades enteras, volcanes que entran en erupción, tsunamis que cruzan océanos y montañas que siguen creciendo sin que nadie lo perciba. Nada de esto es casual ni aislado: es la consecuencia directa de un planeta activo, que se reajusta constantemente y que deja una superficie en permanente transformación.
De esta manera, el mapa que conocemos hoy en día puede cambiar radicalmente en el futuro. Ya ocurrió con Pangea hace 300 millones de años, fragmentándose el supercontinente que aglutinaba todas las tierras emergidas en una sola masa. Ese proceso no fue excepcional ni irrepetible: el movimiento de las placas tectónicas continúa hoy y seguirá remodelando la superficie del planeta, estrechando o haciendo desaparecer océanos, formando nuevos continentes o transformando la distribución de tierras, lo que acercaría o incluso uniría territorios que ahora mismo se encuentran separados.

Y este proceso puede darse mucho más cerca de lo que pensamos, justamente en el Estrecho de Gibraltar, el punto en el que se encuentra el límite entre la placa africana y la euroasiática. En esta zona submarina entre España y Marruecos, conocido como el arco de Gibraltar, una de las dos placas (la africana) comenzó a hundirse por debajo de la otra (la euroasiática).
Este proceso, que se llama subducción, ha sido considerado por muchos científicos como finalizado debido a su ralentización significativa durante los últimos millones de años. Sin embargo, se trata de una larga pausa que terminará por reactivarse, moviéndose hacia el Atlántico y provocando el acercamiento o incluso la unión de los dos países. De esta manera, desaparecería el estrecho de Gibraltar, el Mediterráneo quedaría encerrado como un gran lago de agua salada y Eurasia y África se unirían geográficamente.
Un proceso que puede reactivarse dentro de decenas de millones de años
Así lo detalla un estudio —publicado en 2024 en la revista Geology y dirigido por João C. Duarte, del Departamento de Geología de la Universidad de Lisboa— sobre la forma en la que se originan las zonas de subducción y cómo migran entre océanos. La investigación sugiere que en el arco de Gibraltar, pese a que se encuentra en una fase lenta, su proceso de subducción no ha finalizado: dentro de 20 millones de años, este volverá a activarse y avanzará hacia el océano Atlántico, creando un nuevo sistema de subducción allí.
Para determinar esto, el equipo de investigadores ha realizado simulaciones en 3D para comprobar si un arco detenido como el de Gibraltar puede reiniciarse. El resultado ha sido que, una vez se acumula la fuerza o tensión suficiente para superar la resistencia en la litosfera circundante, se vuelve a producir el movimiento.

De esta manera, el mapa con el que contamos actualmente, cambiará drásticamente dentro de millones de años. Y es que el ciclo de Wilson —teoría que explica cómo se forman, crecen y desaparecen los océanos y continentes— establece que los océanos no son eternos: estas grandes masas de agua nacen con la fracturación de la tierra, crecen lentamente, maduran al alcanzar su tamaño máximo, se empiezan a reducir poco a poco cuando se forma la subducción y se cierran finalmente, provocando el choque de los continentes.
La futura unión de España y Marruecos
La desaparición del Estrecho de Gibraltar no va a ocurrir mañana, el año que viene ni dentro de miles de años. El proceso es muy lento cuando hablamos del marco temporal humano y los científicos cifran en decenas de millones de años este cambio. Sin embargo, que actualmente el movimiento de las placas tectónicas en esta zona se encuentre en fases tranquilas no significa que no se puedan producir eventos de alto impacto, como el terremoto y posterior tsunami que provocó decenas de miles de muertes en 1755 en Lisboa. Es un sistema dormido, pero latente, no inactivo.
Con todo ello, dentro de decenas de millones de años, si se produce la subducción completa, el estudio sugiere que ambos continente se reunificarían a medida que se consumiese el fondo marino; un escenario que no puede certificarse por completo porque la trayectoria de las placas tectónicas puede cambiar.

Por el momento, España y Marruecos seguirán estando separados por el Estrecho de Gibraltar, pero cada año un centímetro más cerca.
El Anillo de Fuego del Atlántico: un cinturón de terremotos y volcanes
Otro de los puntos destacables del estudio es la sugerencia de que en el Atlántico podría producirse un fenómeno que en el Pacífico es la consecuencia de la gran cantidad de terremotos y volcanes de la zona: un Anillo de Fuego.
Este término se refiere a una franja circular o en forma de herradura que se extiende alrededor de un océano y en la que se produce una gran actividad sísmica y volcánica. Esto ocurre cuando en la región hay muchas zonas de subducción activas, formando terremotos y volcanes con mayor frecuencia.
Esto ya ocurre en el Anillo de Fuego del Pacífico, que comienza en Sudamérica, sube por Centroamérica y Norteamérica, cruza hacia Asia y baja hasta Oceanía. Por ello, la actividad sísmica y volcánica es tal en Japón, Indonesia o Chile, entre otros.
En un futuro muy lejano (hablando en términos humanos), dentro de decenas o cientos de millones de años, en el Atlántico podría formarse otro Anillo de Fuego: cuando una placa se hunde en un lugar, como está ocurriendo con la africana, que empuja hacia el norte a la euroasiática, aumenta la tensión en las placas vecinas, lo que puede provocar nuevos hundimientos en puntos cercanos. De esta manera, se genera un cinturón de subducciones.
Así, si la subducción del arco de Gibraltar hacia el oeste hasta el Atlántico se reactiva y continúa, como sugiere el estudio, y se formase finalmente ese cinturón, las zonas más afectadas podrían ser la Europa suroccidental (España, especialmente en el sur, y Portugal, sobre todo en la región de Lisboa y Algarve), el norte de África (Marruecos, y quizá Argelia y Túnez) y el Atlántico medio y alrededores (las islas oceánicas de la dorsal mesoatlántica, como las Azores).
Con todo ello, no debe cundir el pánico: estos cambios geológicos suceden a una escala de tiempo inimaginable para el ser humano. La Tierra, presumiblemente, seguirá viva y transformándose mucho después de que nuestras civilizaciones desaparezcan y es extremadamente probable que nosotros ya no estaremos aquí cuando esto ocurra.
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