
Desde mediados del mes de octubre, varios vecinos de Vilamartín de Valdeorras (Ourense, Galicia) no tienen agua potable. Los afectados, residentes en las entidades de población de San Miguel, Valdegodos, San Lourenzo de Arcos y Vilamartín, se enfrentan ahora al arrastre de la ceniza, que con las precipitaciones otoñales están llegando a los ríos y colapsando el sistema de abastecimiento.
La comarca de Valdeorras fue una de las zonas afectadas por el peor incendio de la historia de Galicia, que se extendió durante 18 días: fueron más de 30.000 hectáreas las arrasadas y diez los municipios perjudicados (O Barco de Valdeorras, O Bolo, Carballeda de Valdeorras, A Rúa, Petín, Rubiá, A Veiga, Vilamartín de Valdeorras, Quiroga y Larouco).
“Personas mayores con escasa movilidad con muchísimas dificultades para asearse, vecinos/as que después de sus jornadas laborales no pueden ducharse en sus casas, teniendo que desplazarse a viviendas de familiares o amigos para asearse”, denuncian desde la Asociación de Vecinos de San Lourenzo de Arcos (parroquia y lugar del municipio orensano). “La vecindad comprando agua embotellada para beber o incluso preparar la comida (perjuicio económico), sin olvidar los establecimientos comerciales, además de los restaurantes, bares y cafeterías, con la complejidad que supone para estos ofrecer un servicio”.
Desde la asociación vecinal han pedido ayuda a los ayuntamientos de la zona: “Hoy le ha tocado a Vilamartín, en otro momento la emergencia podría estar en otro ayuntamiento”, señalaban a través de sus canales oficiaESl, destacando la importancia de la cooperación.

España se enfrentó este verano a una de las peores olas de incendios de las últimas décadas en términos de condiciones extremas, simultaneidad de los fuegos y superficie forestal quemada. Según los datos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), hasta el 31 de octubre se han quemado 349.984,22 hectáreas, lo que supone 3,4 veces más que la media de la década.
Desde Galicia a Andalucía, pasando por Castilla y León, Extremadura o Castilla-La Mancha, prácticamente ninguna comunidad autónoma se ha salvado de las llamas. De los 7.808 en total (5.356 conatos, es decir, que han afectado a menos de una hectárea), 63 han sido grandes incendios forestales (más de 500 hectáreas), una cifra que triplica la media de GEI hasta este punto del año durante la última década (24).
Una vez sofocadas las llamas, en el terreno ennegrecido no se terminan los problemas: las propiedades físicas y químicas del suelo se ven afectadas; las lluvias de otoño arrastran la ceniza y los contaminantes a los ríos y embalses, perturbando el agua, y la biodiversidad local resulta seriamente comprometida, con la pérdida de hábitats para animales y plantas que tardarán años en recuperarse.
“Los incendios forestales son mucho más que llamas: su impacto continúa y pone en peligro ecosistemas fluviales y los acuíferos que son las reservas estratégicas de agua. El agua puede envenenarse durante años”, advertía hace unos días Mónica Parrilla de Diego, responsable de Incendios de Greenpeace España.
Esto supone un grave perjuicio tanto para la biodiversidad como para el suministro de agua potable en numerosos municipios, tal y como ha comenzado a producirse en varios puntos del país. “Es urgente que las administraciones tomen medidas para evitar que las cenizas lleguen a los ríos y zonas de captación que llegan a imposibilitar la potabilización de suministro de agua”, destaca Parrilla.
De Galicia a Extremadura: los efectos de los incendios en el agua
La turbidez del agua también ha obligado a restringir o desaconsejar el consumo en otros puntos del territorio español, donde los ríos se han teñido de negro. En Jerte, Villar de Plasencia, Oliva de Plasencia, Cabezuela del Valle y Casas del Monte (Cáceres, Extremadura), la Diputación provincial ha tenido que cerrar las captaciones de agua ante la baja calidad del caudal. Así, a través del Consorcio MásMedio, han enviado camiones cisterna de 10.000 litros de agua potable para garantizar el suministro de la población.
También en Vigo de Sanabria (Zamora, Castilla y León) se han enfrentado a problemas de turbidez en el agua, lo que obligó al ayuntamiento a declararla no apta para el consumo humano a finales de octubre y a la Diputación provincial a movilizar palés con agua embotellada para la población.
Tanto en este municipio como en otros como Jarilla (Cáceres), una de las medidas que se han planteado para evitar la erosión y los posibles arrastres de ceniza es la conocida como Helimulch: arrojar paja desde un helicóptero de forma controlada para cubrir el suelo quemado, reducir el impacto de la lluvia y favorecer la regeneración natural de la vegetación en las zonas más afectadas.

Un problema que no termina al apagar las llamas
Además de la perturbación de las masas de agua por la ceniza, los metales y los contaminantes que llegan arrastradas por las lluvias, organizaciones ecologistas como Greenpeace o SEO/BirdLife llevan semanas o incluso meses alertando de otros efectos que dejan los incendios en las zonas calcinadas.
Por ejemplo, se dan procesos de hidrofobicidad (repelencia al agua) en el suelo, lo que supone una menor filtración y recarga de los acuíferos. Esto, sumado a la pérdida de vegetación, incrementa la escorrentía, que es el flujo de agua que circula superficialmente cuando el terreno no puede absorberla.
Así, se ve favorecida la erosión del suelo, el arrastre de sedimentos y cenizas hacia los cauces fluviales y la colmatación de embalses. Además, contribuye a la pérdida de nutrientes esenciales para la regeneración vegetal y puede provocar inundaciones repentinas en las zonas más afectadas. En conjunto, todos estos daños en cascada dificultan la recuperación natural del ecosistema y agravan el deterioro ambiental y económico de las áreas incendiadas.
Por todo ello, es importante la prevención y la protección posterior: cuidando el monte antes de la llegada de la temporada de incendios se reducirán los focos e implementando políticas post-incendio se pondrá en marcha la restauración de los terrenos afectados de una forma más efectiva. El trabajo no termina cuando se apagan las llamas.
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