
Lo de “pasarse la vida trabajando” es algo que le queda muy lejos a Pere Quintana, un hombre que en enero cumplirá 109 años. El catalán nacido en 1917, ha dedicado toda su vida laboral al sector farmacéutico. A sus 108 años ha vivido más de un siglo de la historia de España y sobre todo una jubilación alargada y tranquila.
En una entrevista para La Vanguardia, el hombre ha compartido todos los detalles de su longevidad para concluir que “no hay una fórmula secreta ni mágica para llegar a esta edad”. Desde su casa Barcelona reflexiona sobre la muerte y todas su memorias. “He perdido a muchos amigos y familiares, pero lo he llevado con calma. La muerte forma parte de la vida. Lo importante es quedarse con el cariño que has dado y recibido”.
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Quintana ha vivido más años jubilado que trabajando, y dice en tono irónico que “no soy un buen negocio para el Estado”. Ha pasado 37 años de su vida en la misma farmacia y ahora lleva ya muchos más años sin trabajar.
El amor como prueba de vida
Entre los recuerdos que guarda con más ternura está el de su esposa, con quien compartió una historia marcada por el compromiso. “Mi mujer sufrió un ictus muy joven y yo la cuidé durante 23 años. Fue una época difícil, pero la acepté; el amor verdadero se demuestra en esos momentos”, afirma con serenidad. De aquel matrimonio nacieron cuatro hijos y, a pesar del dolor, nunca perdió la gratitud por haberla tenido a su lado. “El amor no es persecución, es compañía. A mí me enseñó a respetar y a ser un hombre en el sentido más pleno”.
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Ahora, a la pregunta de cuál es la receta, el contesta que estar bien rodeado. El amor lo encuentra en sus hijos, en sus nietos y en las personas que lo acompañan en el día a día. “El cariño cambia de forma, pero no desaparece nunca”, añade. Sus días transcurren entre paseos, conversaciones y recuerdos, con mucha calma. “La moderación y el humor son la mejor receta. Hay que comer poco, preocuparse menos y reírse más, incluso de uno mismo”.
La música, su refugio
La música ha sido la banda sonora de su larga vida. Desde niño la respiró en casa, gracias a un padre tenor y unas hermanas pianistas. “Mi padre se sabía todas las zarzuelas”, recuerda con orgullo. Años más tarde, su amistad con María Canals lo llevó a formar parte de la junta fundadora del célebre concurso de piano barcelonés. “He ido toda la vida al Palau de la Música, cada semana, religiosamente. Ahora ya no oigo bien, pero la música sigue dentro de mí”.
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Su recuerdo más querido tiene también melodía: “Me prometí con mi esposa durante un concierto de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvořák. Salí del Palau y compré mi primer disco, esa misma sinfonía. Cada vez que la escucho, vuelvo a aquel instante”.
Hoy, al borde de los 109, Pere Quintana sigue siendo ejemplo de lucidez y aceptación. “Ser buena persona, evitar los problemas y vivir con serenidad”, resume. “La vida es como la música: hay silencios y notas altas, pero lo importante es no dejar de escucharla hasta el final”.
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