
El final de la Vuelta a España quedó marcada por cuestiones extradeportivas. La oleada de protestas llevadas a cabo en Madrid durante el pasado domingo, día de la última etapa, obligaron a su cancelación y desataron una nueva discusión acerca del papel que deben asumir las competiciones deportivas en medio de conflictos internacionales. El detonante de las movilizaciones fue la participación del equipo Israel-Premier Tech, cuya presencia en la carrera suscitó rechazo y protestas en distintos colectivos que convergieron en la capital española la jornada final.
El episodio impulsó a dirigentes políticos y deportivos a pronunciarse sobre la intersección entre deporte y política. Entre ellos, José María Rodríguez Uribes, presidente del Consejo Superior de Deportes (CSD), quien aludió a un ejemplo histórico para contextualizar el debate actual: “Estamos haciendo lo que se hizo con Rusia, o en la Sudáfrica del Apartheid. No estamos hablando de un conflicto menor, que hay muchos en el mundo y el deporte no se paraliza, estamos hablando de un genocidio, de un crimen de lesa humanidad, de los que se llaman imprescriptibles, imperdonables, y, por tanto, el deporte tiene que actuar en consecuencia”. Con estas palabras, el presidente del CSD rememoró el impacto global de las sanciones deportivas durante el régimen segregacionista sudafricano, instando a analizar qué papel debería desempeñar el deporte internacional frente a situaciones contemporáneas. Pero, ¿qué ocurrió con Sudáfrica?
Durante décadas, el deporte había procurado mantenerse al margen de disputas políticas, presentándose como un ámbito donde imperaba la neutralidad. Sin embargo, 1968 irrumpió como un año de cambio. La comunidad internacional, con Sudáfrica en el centro del foco por su política de segregación racial, decidió intervenir a través de condenas formales. El Comité Olímpico Internacional (COI) reforzó este mensaje y decidió suspender a Sudáfrica en 1963, impidiendo su presencia en Tokio 1964.
Tras ello, el organismo volvió a considerar su readmisión, lo que generó controversia y fuertes presiones. El propio presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, intercedió dejando claro su veto a Sudáfrica. La postura de México transmitía el sentir de buena parte de la comunidad internacional, que ya había advertido de posibles boicots si Sudáfrica formaba parte del evento. La exclusión se oficializó el 23 de abril de 1968, cuando se realizó una votación en el seno del COI. De los 71 miembros, una mayoría de 38 optó por vetar a Sudáfrica —una muestra del impacto que la presión social y el contexto internacional tenían en las decisiones deportivas. Más de cuarenta países se habían comprometido públicamente a boicotear los Juegos en caso de que la nación del Apartheid estuviera presente.
Sin embargo, el símbolo más duradero de la edición de 1968 fue el gesto reivindicativo de Tommie Smith y John Carlos, quienes, tras ganar oro y bronce en los 200 metros, levantaron el puño enfundado en un guante negro durante la ceremonia de premiación. Este saludo, conocido como el Black Power, se integró en la historia como ícono de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos.
El veto en el mundo del tenis y del fútbol
Después de que el COI tomara la decisión de excluir a Sudáfrica, la FIFA siguió los mismos pasos y excluyó al país de la Copa del Mundo. El mundo del tenis tampoco se quedó de brazos cruzados. La Federación Internacional de Tenis (ITF) sancionó inicialmente a Sudáfrica, un veto impulsado en gran parte por figuras como Arthur Ashe, reconocido por su lucha contra las políticas del apartheid. Ashe, víctima de trabas burocráticas que le impidieron competir en Johannesburgo, se convirtió en portavoz de un movimiento deportivo que apostaba por la justicia. No obstante, la sanción de la ITF no duró demasiado tiempo. En 1972, Sudáfrica regresó a la Copa Davis. Tras una serie frente a Uruguay, el equipo sudafricano debía viajar a Argentina en la siguiente ronda, pero los locales tuvieron que trasladar el encuentro a Montevideo, dado que el gobierno argentino no permitió la entrada de los visitantes.
Finalmente, fue en 1991 cuando el COI ratificó formalmente la reintegración de Sudáfrica en la familia olímpica, allanando el camino para su regreso en los Juegos de Barcelona 92. Hasta la fecha, todavía no se ha tomado ninguna medida de veto o exclusión de Israel de ningún evento deportivo, sino todo lo contrario. El Comité Olímpico Internacional ha reafirmado su decisión de mantener al país israelí en competiciones olímpicas internacionales. “Cumple con la Carta Olímpica”, han argumentado.
La presidenta del COI, Kirsty Coventry, ha sido la encargada de transmitir esta posición, así como la postura de neutralidad política de la organización. En este sentido, ha destacado: “Tenemos dos Comités Olímpicos Nacionales: el de Israel y el de Palestina, que han sido reconocidos por el COI y gozan de los mismos derechos”. Y ha destacado: “Seguimos trabajando con ellos para intentar mitigar el impacto del actual conflicto en los atletas. Equipos de ambas delegaciones participaron en los Juegos Olímpicos de París y sus atletas convivieron pacíficamente bajo un mismo techo en la Villa Olímpica”.
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