
La decisión de abandonar la docencia tras casi tres décadas no fue sencilla para Àlex Torío, un profesor de matemáticas de Barcelona que, tras años de vocación y entrega, ha decidido alejarse de las aulas. El desencanto de Torío se ha forjado a lo largo de los años, en los que ha sido testigo de una transformación profunda en la educación secundaria. Según explica a EL ESPAÑOL, la principal causa de su renuncia radica en la disminución del nivel de exigencia hacia los alumnos. “Hoy en día los niños no perciben la exigencia y no se esfuerzan. No sienten que no estudiar tiene consecuencias. Antes les daba (y nos daba) miedo suspender, pero ahora se ha demonizado suspender a los alumnos y eso provoca que no haya esfuerzo. Total, van a aprobar igual…”, afirma el docente.
Formado en la época de la Educación General Básica (EGB), Torío sostiene que los contenidos que los estudiantes dominaban al finalizar la educación obligatoria en su juventud equivalen actualmente a los de cuarto de la ESO. “Se ha estirado dos años la escolarización obligatoria sin aumentar los contenidos”, señala, y añade que, en su especialidad, “el nivel de contenidos que enseñaba con 16 años –ecuaciones, resolución de problemas, trigonometría…–, antes se aprendían con 14”.
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La sobreprotección hacia los estudiantes es otro de los aspectos que inquietan a Torío: “Los tenemos entre algodones y suspenderles o hacerles repetir se considera cruel. Se ha demonizado. Yo he llegado a ver como, a día de hoy, intento poner un 0 a un alumno y el ordenador me lo cambia al 1 por defecto”. A estos factores se suman otros problemas estructurales que, en opinión de Torío, agravan la situación. Uno de ellos es la asignación de materias a profesores que no son especialistas en la disciplina correspondiente. “Ha habido años en que se me ha pedido enseñar Biología o Tecnología. Yo me he sentido falso impartiendo Biología. Obviamente preparé lo mejor posible la lección y además tenía nociones del colegio o la universidad, pero, para mí, en Secundaria las materias las tienen que dar los especialistas en cada campo. En este caso, un biólogo”, reconoce.
Sin tiempo ni docentes para atender la diversidad
La falta de recursos para atender la diversidad en el aula también ha sido motivo de frustración. “Yo tengo 30 alumnos por clase y se me pide que atienda la diversidad. Yo lo hago, pero, por ejemplo, en una clase de Bachillerato tenía que parar para enseñar las tablas a un alumno que había llegado de Pakistán. Está bien hacerlo, por supuesto, pero en ese momento dejaba de dar clase al resto y era un tiempo que perdía. El problema es que el sistema se pone la medalla de que cuida la diversidad, pero en la realidad no se invierte en profesores. Y si no hay presupuesto solo es ser un bienqueda”, lamenta el profesor.
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La introducción de la tecnología en las aulas, lejos de mejorar la atención y el aprendizaje, ha supuesto para Torío el golpe definitivo. “Ha sido el tiro de gracia. Estar delante de 30 alumnos con sus ordenadores y ver que no atienden es triste. Ves como están en YouTube, escuchando música, hablando entre sí por WhatsApp web o Google Docs… Antes el profesor era el centro y se enseñaba, pero ahora es muy difícil”, resumió.
A pesar de la decepción, Àlex Torío valora positivamente su trayectoria y recuerda con satisfacción el impacto que tuvo en algunos de sus alumnos. “He tenido alumnos que han estudiado en Berkeley que me han llegado a escribir: ‘Si no fuera por ti, yo no estaría aquí’. Eso es lo más satisfactorio para un profesor. Ya no tenía ese tipo de alumnos”.
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Ahora, el profesor ha solicitado un año de excedencia, el máximo permitido, y se ha trasladado al campo con la intención de reinventarse profesionalmente. “Me encantaría ser ayudante de cocina, por ejemplo”, comentó. Mientras explora nuevas oportunidades laborales, continúa con su faceta de cantautor y locutor de radio, aunque descarta regresar a la enseñanza en el corto plazo.
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