
Más de diez millones de españoles sufren hígado graso y 8 de cada 10 adolescentes con sobrepeso lo padecen, de acuerdo con los datos ofrecidos por la Asociación Catalana de Pacientes Hepáticos. Esta enfermedad, denominada enfermedad hepática por depósito de grasa asociada a disfunción metabólica, consiste en la acumulación excesiva de grasa en las células hepáticas sin que medie un consumo significativo de alcohol.
Lejos de ser un problema aislado, se estima que afecta a entre el 25 % y el 30 % de la población adulta mundial, y su incidencia sigue en aumento debido al sedentarismo, la obesidad, la diabetes tipo 2, la mala alimentación, el colesterol alto, o el síndrome metabólico.
Uno de los aspectos más preocupantes de esta patología es que, en sus fases iniciales, no produce síntomas evidentes. De hecho, la mayoría de las personas que la padecen desconocen su existencia hasta que se la detecta de manera incidental en análisis de sangre o estudios de imagen realizados por otros motivos. Cuando aparecen signos, estos suelen ser leves e inespecíficos, lo que dificulta su diagnóstico temprano. Entre ellos se encuentran fatiga persistente, una vaga sensación de malestar general y molestias en la parte superior derecha del abdomen, donde se localiza el hígado.
Síntomas del hígado graso
De acuerdo con MedlinePlus, en las fases iniciales el hígado graso puede manifestarse con cansancio constante o disminución de la energía, lo que muchas personas atribuyen al estrés, la falta de sueño o la carga laboral. Otros pacientes refieren sensación de pesadez abdominal, que en realidad corresponde a la inflamación del órgano. La Clínica Mayo advierte que estos síntomas suelen ser intermitentes y poco específicos, por lo que no motivan una consulta médica inmediata.
En esta etapa, los exámenes de laboratorio pueden mostrar niveles elevados de enzimas hepáticas, como la alanina aminotransferasa (ALT) o la aspartato aminotransferasa (AST), aunque esto puede no ocurrir en todos los casos. Los estudios de ultrasonido, las tomografías o las resonancias magnéticas suelen ser las pruebas que confirman la acumulación de grasa en el hígado.
Si no se trata, la enfermedad puede progresar hacia una forma más grave conocida como esteatohepatitis no alcohólica (NASH o MASH), en la que además de grasa existe inflamación y daño en las células hepáticas. En este punto, los síntomas pueden volverse más notorios e incluir pérdida de apetito, náuseas, debilidad generalizada y pérdida de peso sin causa aparente.
Cuando el daño hepático progresa hacia fibrosis o cirrosis, aparecen signos más alarmantes, describen los profesionales de Clínica Mayo:
- Ictericia: color amarillento en la piel y los ojos debido a la acumulación de bilirrubina.
- Prurito intenso: picazón generalizada causada por la acumulación de sales biliares.
- Ascitis: acumulación de líquido en el abdomen.
- Edema en piernas y tobillos.
- Arañas vasculares: pequeños vasos sanguíneos dilatados visibles en la piel.
- Enrojecimiento de las palmas de las manos (eritema palmar).
En esta fase, el hígado pierde progresivamente su capacidad para cumplir funciones vitales como metabolizar nutrientes, depurar toxinas y producir proteínas esenciales para la coagulación.
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