
La ocupación ilegal en Francia ha dejado de ser un fenómeno ligado únicamente a viviendas vacías. En los últimos años, los llamados okupas se han diversificado hasta alcanzar espacios insospechados: desde barcos amarrados en puertos hasta piscinas privadas, pasando por campos y zonas boscosas. Una realidad en expansión que, según medios como Capital, está dejando tras de sí propietarios desesperados, daños de cientos de miles de euros y un marco legal que parece ineficaz frente a escenarios tan atípicos.
El bosque como refugio de okupas
Uno de los ejemplos más ilustrativos se encuentra en Ille-et-Vilaine, donde Alain, propietario de un terreno privado, ha visto cómo su campo era okupado en cinco ocasiones por grupos que organizaban raves clandestinas. Según relata, en estos eventos llegaban a concentrarse entre 2.000 y 3.000 personas, con todo lo que ello implica en términos de destrozos y suciedad. Las consecuencias económicas son devastadoras: miles de euros en pérdidas que nadie reembolsa.
Lo más grave, subraya, es la falta de respuesta judicial. Cada vez que interpone una denuncia, el procedimiento termina de la misma manera: con un archivo sin más recorrido. Esta impunidad convierte a los terrenos privados, especialmente bosques y campos apartados, en una especie de “zonas de no-derecho”, donde los propietarios carecen de herramientas efectivas para defender su patrimonio.
El fenómeno del okupa en zonas forestales sigue siendo poco mediático, pero su auge es evidente. Frente a las viviendas urbanas, los bosques ofrecen a los intrusos la ventaja de la discreción y la dificultad para ser detectados, lo que multiplica las posibilidades de ocupación sin consecuencias inmediatas.
Las embarcaciones, en el punto de mira de los okupas
La problemática no se limita al ámbito rural. En París, en el conocido puerto del Arsenal, varios dueños de embarcaciones residenciales han denunciado intrusiones reiteradas. Gérard, que lleva quince años instalado en su barco, sufrió uno de los episodios más graves: un okupa prendió fuego a su vivienda flotante.
“Hacia las cinco de la mañana, una persona se dio cuenta de que salía humo del barco, y fue entonces cuando me avisaron”, explicó al portal Maison & Travaux tras el siniestro. Las pérdidas ascendieron a cientos de miles de euros, un golpe devastador para alguien que había hecho de la embarcación su hogar.
Otros propietarios del puerto confirman que la situación no es aislada. Según su testimonio, muchos okupas acuden de noche a beber y hacer fiesta en los barcos. “Vienen a terminar de beber, y cuando es vino, dejan manchas por todas partes”, relató uno de los afectados.
La presión es tal que en lugares como La Rochelle se ha instalado un PC de Seguridad específico para controlar accesos y reforzar la vigilancia en los puertos deportivos, un reflejo de la tensión creciente entre vecinos y okupas.
Piscinas privadas
Otro de los objetivos de estas ocupaciones son las piscinas privadas, tanto en propiedades particulares como en campings. En teoría, este tipo de intrusiones pueden encajar en la figura penal de allanamiento de morada, lo que conlleva sanciones de hasta tres años de prisión y 45.000 euros de multa.
Sin embargo, la práctica es muy distinta. Según explica la abogada especializada en derecho inmobiliario Pauline Declerck a Maison & Travaux, el gran obstáculo es demostrar quiénes son los responsables: “Estas infracciones pueden entrar en el marco de un allanamiento de morada, pero toda la dificultad en estos casos es obtener la identidad de los okupas“.

La dificultad de identificación, unida a la ausencia de cámaras de seguridad en muchos de estos espacios o a la falta de testigos, convierte en inoperante la aplicación de la ley. Además, los terrenos no edificados, como bosques o campos, escapan a las protecciones jurídicas habituales de las viviendas. En consecuencia, los dueños se ven obligados a asumir de su bolsillo reparaciones que, en algunos casos, alcanzan cifras de seis dígitos.
Aunque Francia dispone de una ley anti-okupación que contempla sanciones severas, su aplicación en estos escenarios resulta ineficaz. La norma está pensada principalmente para viviendas y no se adapta a casos como los de embarcaciones, terrenos o piscinas.
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