
Lauren Barnhill y su esposo se mudaron a la casa de los padres de ella, en Texas, ocho meses después de casarse. Lo cuenta ella en un artículo publicado en Business Insider: “Mis padres aceptaron que nos quedáramos mientras mi esposo completaba una pasantía en una galería de arte local, necesaria para su carrera. Al principio no nos entusiasmaba la idea. ¿Quién quiere volver a mudarse con sus padres justo después de casarse? Pero terminó siendo una de las mejores etapas de nuestra vida”, afirma ella.
Barnhill llevaba seis años sin pasar tiempo en su ciudad natal —más allá de las breves visitas de cortesía en las cortas vacaciones que son habituales en Estados Unidos—, y cuenta que fue como volver a la infancia, aunque desde una perspectiva nueva. “Me alegraba que mi cuarto ya no tuviera el tema de estampado de cebra que me gustaba en la secundaria. Fue gratificante, casi meditativo, ver a mi mamá volver del trabajo, poner su bolso en la cocina y quitarse los zapatos cada día”, relata.
En cuanto a su marido, parece que ‘sobrevivió’ a ese periodo de la mejor manera que pudo. “Estar con mi familia por una estancia prolongada también implicó crear una nueva rutina juntos”, cuenta la mujer. Esa rutina implicaba “ver ‘Las chicas de oro’ en televisión” con su madre y “jugar al dominó” por las noches con su padre. Barnhill admite que estos apasionantes planes supusieron un esfuerzo para su marido. “Mi esposo es naturalmente introvertido, así que me gustaba ver cómo él y mis padres fortalecían su relación. Al finalizar el semestre, mi papá y mi esposo intercambiaban sus libros favoritos y frecuentaban la librería preferida de ambos. Por mi parte, valoré tener tiempo con mis padres para que conectaran conmigo como adulta y no solo como la hija que vivía bajo su techo”.
“Compartir espacio con los padres tiene su dificultad”
No todo fue un camino de rosas, entre intensas partidas de dominó y risas enfrente del televisor viendo la famosa serie, estrenada en 1985. “Decir que esta mudanza fue incómoda sería quedarme corta. Hubo momentos difíciles entremezclados con los buenos”, comenta Barnhill. “Compartir espacio con los padres tiene su dificultad. Mi esposo necesitaba momentos de soledad y en ocasiones no podía tenerlos. Yo también extrañaba mi independencia y deseaba tener control sobre mi entorno. Cuando no es tu espacio y no tienes un lugar dedicado para trabajar desde casa, es fácil sentirse fuera de lugar”.
Pese a todo, la mujer afirma que su relación de pareja salió “fortalecida” de una prueba que rompería muchos matrimonios. La vida en el pueblo les permitió explorar “un nuevo lugar”, ir al cine y a la cafetería local, y dar paseos por el campo. Pese a ello, cuando se cumplió su primer año de casados, por fin se fueron a vivir solos. Los padres, quién sabe si para evitar que la historia se repita, han puesto la casa en venta. “Mientras caminaba por la calle donde crecí, unas lágrimas asomaron al saber que probablemente no volveré a esa casa que me vio crecer y regresar convertida en una persona nueva: casada, enamorada y optimista ante el futuro”, finaliza Barnhill.
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