
El Sol está atravesando una fase de máxima actividad y ha comenzado a afectar el funcionamiento de los satélites comerciales, impactando directamente sobre la flota Starlink de SpaceX. Una investigación encabezada por Denny Oliveira, físico espacial del NASA Goddard Space Flight Center, acaba de arrojar luz sobre el fenómeno: la caída de centenares de satélites que, incapaces de contrarrestar las perturbaciones atmosféricas acentuadas por el Sol, terminan reingresando a la atmósfera y quedando destruidos.
Según explican desde Science Direct, el nuevo estudio rastrea la trayectoria de 523 satélites Starlink que descendieron sin control entre 2020 y 2024, época que coincide con el ascenso hacia la cúspide del actual ciclo solar. Según escriben los autores, “mostramos claramente que la intensa actividad solar de este ciclo ya ha tenido impactos significativos en la reentrada de los Starlink”. El fenómeno, añaden, supone “un momento emocionante para la investigación sobre la resistencia aerodinámica orbital”, dado que el número de dispositivos en la órbita baja jamás ha sido tan elevado. Lo mismo acaba por ser hasta positivo: recientemente, expertos han advertido sobre la cantidad de satélites en órbita y la creciente posibilidad de que acaben por impedir la radioastronomía desde la Tierra, eliminando la posibilidad de observar y estudiar el cosmos desde el planeta.
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Ciclo solar y atmósfera inflada: las razones del colapso orbital
El ciclo solar, que dura aproximadamente 11 años, implica cambios magnéticos periódicos en los polos del Sol, materializándose en manchas, fulguraciones y eyecciones de masa coronal. Durante el llamado máximo solar, como el actual (el número 25 desde que se documentan), estas manifestaciones aumentan considerablemente y su energía llega a la atmósfera terrestre.

El principal efecto visible son las auroras boreales, causadas por partículas solares chocando contra el campo magnético del planeta. Pero el estudio recuerda que hay otro impacto menos perceptible: la atmósfera superior se calienta y se “hincha”. Así, la resistencia sobre los satélites en órbita baja crece hasta el punto de alterar su trayectoria, forzando frecuentes maniobras de corrección y provocando, en muchos casos, su regreso prematuro a la Tierra en muchos pedazos.
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Todos los satélites en órbita baja están expuestos a este fenómeno. Sin embargo, SpaceX ha lanzado hasta la fecha 8.873 Starlink desde 2019; 7.669 permanecen en funcionamiento, lo que convierte esta red en un laboratorio único para analizar el impacto del clima solar sobre las misiones comerciales.
Un patrón claro de reentradas y un 2024 histórico
Desde los primeros lanzamientos, los descensos fuera de curso fueron marginales: apenas dos en 2020. El número aumentó a 78 en 2021, llegó a los 99 en 2022 y en 2023 volvió a bajar a 88. La sorpresa llegó en 2024 con 316 reentradas, una cifra sin precedentes. Los investigadores relacionaron estos descensos con las condiciones geomagnéticas existentes, es decir, el grado de efecto solar tangible sobre la Tierra en esos momentos.
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Un hallazgo llamativo es que el 72 % de las reentradas se produjo bajo condiciones geomagnéticas débiles, no durante tormentas extremas, como cabría esperar. Los expertos explican que esto responde al efecto gradual acumulado del arrastre atmosférico: el deterioro orbital sucede de manera silenciosa durante varios meses, y no tanto por una única ráfaga solar demoledora. En cambio, los satélites que caen durante tormentas intensas lo hacen a mucha mayor velocidad.
“Nuestros resultados son prometedores porque apuntan a la posibilidad de usar datos de alta frecuencia de Starlink - determinación precisa de órbitas, densidad neutra, orientación al viento solar y coeficiente de arrastre - para optimizar los modelos de predicción del desgaste orbital durante tormentas geomagnéticas, especialmente en eventos extremos”, expone el equipo.
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Un desafío para el futuro orbital
Aunque, debido a la novedad del fenómeno y la situación, aún existe poca información sobre la relación entre máxima actividad solar y caídas masivas de satélites, este trabajo ofrece pistas para rediseñar estrategias y mitigar el riesgo de colapso orbital en las próximas décadas. Prevenir el descenso de estos aparatos adquiere una importancia crítica, no solo para garantizar la conectividad global, sino para evitar colisiones que puedan desencadenar un temido efecto Kessler: una reacción en cadena de colisiones capaz de transformar la órbita terrestre baja en un vertedero intransitable para nuevas misiones.
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